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Aventuras de caza salvaje: Tras las huellas del oso negro americano en la Montañas Rocosas

No hay otro lugar en el mundo en el que en una gasolinera te vendan una licencia de caza y un precinto de oso por menos de 200 de dólares para, acto seguido, internarte con tu rifle en tierras públicas, sin guías ni intermediarios. Esto sólo sucede en Estados Unidos, donde tienes a tu disposición cientos de miles de hectáreas para vivir una experiencia salvaje y única... como esta.

El cazador, frente a un gran oso negro abatido. © Pedro Ampuero
El cazador, frente a un gran oso negro abatido. © Pedro Ampuero
Publicado: 15 de octubre de 2022 / Actualizado el: 2022/10/15 - 16:57

Una llamada un mes antes de la apertura de la temporada de caza primaveral en Estados Unidos me hizo cambiar de planes y subirme rápidamente a un avión. La oportunidad era demasiado buena para dejarla pasar: adentrarme junto a tres amigos en una de las zonas salvajes de las Montañas Rocosas.

El plan consistía en internarnos en las Montañas Rocosas –una mítica cadena montañosa de cerca de 5.000 kilómetros que se extiende por la cara oeste de Norteamérica desde la Columbia Británica (Canadá) hasta Nuevo México– equipados con comida para 12 días, tres balsas y nuestros rifles en busca de grandes y viejos osos negros. No se me permite compartir nuestro punto de partida por la competencia brutal entre los cazadores de los terrenos públicos, pero digamos que fue… en medio de la nada. 

Así es el oso negro americano

El oso negro americano (Ursus americanus) es una de las subespecies más abundantes de entre todas las de plantígrados de Estados Unidos. Los machos pueden llegar a medir 2,87 metros de longitud y pesar entre 60 y 28o kilos; las hembras, 2,55 metros y entre 40 y 180. Su hábitat se extiende desde el norte de Canadá y Alaska hasta las mesetas del centro de México. Es un animal que prefiere vivir en los bosques y las montañas, ya que es ahí donde encuentra su comida y puede ocultarse con facilidad, sobre todo a la hora de hibernar. Los vegetales constituyen el 75% de su alimentación (como hierbas, bayas y frutos), mientras que la parte de proteína animal la cubre con la carroña, insectos, pequeños animales y, cómo no, con truchas, salmones y cangrejos de río.

Pedro observa la zarpa del oso.
Pedro observa la zarpa de un oso. © Pedro Ampuero

El fin de la hibernación

Los osos negros de las zonas de alta montaña empiezan a salir de sus escondites en abril. Han pasado unos seis meses sin moverse, con su ritmo cardíaco rebajado de 40-50 latidos por minuto a ocho, sin comer, beber, orinar o defecar. Durante este tiempo consumen la mayor parte de la grasa extra que ganaron antes de hibernar, pero su pérdida de fuerza muscular es tan sólo la mitad de la que perderíamos nosotros en las mismas condiciones.

Los primeros 21 días fuera de la madriguera se muestran bastante lentos, ya que su cuerpo se acostumbra a la actividad. Por esta razón es fundamental calcular bien el tiempo para llegar a las zonas en las que salen los nuevos alimentos y la hierba, ya que las temperaturas aumentan y los osos empiezan a mostrarse más activos para recuperarse de la hibernación.

Su dieta está compuesta en un 85% por vegetación, aunque también devoran animales recién nacidos o que han muerto durante el invierno. Esta primavera ha llegado un poco tarde. La hierba y la nueva vegetación ya han comenzado a brotar, y las colinas tienen un color más pardo de lo habitual. Las temperaturas, más frías, y la lluvia tampoco han ayudado, ya que a los osos les gusta el sol y las temperaturas más cálidas que suele traer la primavera en esta época del año. 

El grupo de cazadores, al completo.
El grupo de cazadores, al completo. © Pedro Ampuero

Después de una extenuante caminata nos enfrentamos a nuestro primer vadeo. A principios de mayo, a medida que la nieve empieza a derretirse, los profundos cañones albergan poderosos arroyos imposibles de cruzar sin una embarcación. Llevamos tres balsas autohinchables y autovaciables, pero aunque cruzamos el río sin problemas, tanto Brady como yo estamos empapados de cintura para abajo, con los pantalones y las botas totalmente llenos de agua. ¡Nos ha ido de maravilla!

Mientras nos dirigimos por un sendero hacia nuestro primer campamento mi ojo capta movimiento en la colina que está frente a nosotros. Rápidamente confirmamos con los prismáticos que se trata del primer oso, uno viejo de color chocolate –existe una amplia gama de tonalidades, desde el negro oscuro hasta el rubio claro pasando por muchos otros tonos–. Nos preparamos cuando el animal se echa a menos de 200 metros de nosotros.

Con el catalejo comprobamos que parece un viejo macho que merece la pena. No pongo pegas a que uno de mis colegas lo intente, prefiero recechar estas montañas durante más tiempo para valorar realmente lo que estoy cazando, aunque tenga que dejar pasar una oportunidad tan buena. Brian se coloca detrás del rifle y esperamos a que el oso se levante. Nuestro objetivo aguarda a otro joven que está justo encima de él, en un árbol, y no tiene prisa. Está esperando a que su cena baje en algún momento. –suelen comerse a los más jóvenes y a los cachorros–. Después de una hora se levanta ofreciendo a Brian un buen disparo que él aprovecha. Sólo corre unos metros antes de caer.

El compañero de cacería, con su oso.
Brian, con su oso. © Pedro Ampuero

La colocación del disparo en un oso es diferente que, por ejemplo, en los ciervos. Sus órganos vitales están un poco más retrasados y un cuerpo tan peludo puede engañar fácilmente. Por ello es muy importante que, en lugar de buscar la pata, apuntemos en la mitad de su cuerpo, tanto en altura como en longitud, buscando sus puntos vitales. Si lo logramos morirá muy rápido; de lo contrario puede llegar a recorrer distancias muy lejanas. 

El primer oso negro

La luz se desvanece rápidamente mientras preparamos nuestras balsas para cobrar el oso. Nos espera una larga noche. Cruzamos el río, escalamos el acantilado donde cayó el animal, lo despellejamos, recogemos toda la carne y la grasa, bajamos, cruzamos a la otra orilla y volvemos a nuestro campamento base en la más absoluta oscuridad. Nadie habla. Nuestras mochilas cargan unos 60 kilos de equipo y carne. El día ha sido agotador, y alrededor de las 3:00 horas nuestros cuerpos se quedan sin combustible. Nos dejamos caer en medio del sendero, sacamos nuestros sacos y nos dormimos bajo las estrellas. Montar la tienda es demasiado trabajo. Mañana será otro día.

Pedro prepara su mochila tras llenarla de carne.
Pedro prepara su mochila tras llenarla de carne. © Pedro Ampuero

Una pesada carga

El comienzo del viaje ha sido inesperado. Con todavía tres precintos por colocar, y después de guardar la carne en una bolsa seca bajo el agua para que se mantenga bien fría, seguimos avanzando hacia un nuevo territorio. Los inviernos en las montañas rocosas son duros y la densidad de animales, baja. Las previsiones meteorológicas del dispositivo satélite no son prometedoras. Las frías temperaturas, la lluvia y la nieve hicieron que el camino de nuestra caza tomara una dirección completamente diferente. 

Una buena condición física es obligatoria en cacerías con mochilas pesadas y largas jornadas de senderismo. La ración individual y diaria de comida pesa alrededor de un kilo –unas 3.500 kilocalorías– para diez días de caza más dos extra si fuera necesario; el rifle, el visor, el bípode y la munición, unos seis; telescopio y trípode, tres; además, refugio, saco de dormir, colchón, estufa, equipo para la lluvia, chaqueta y pantalón aislantes de plumón, guantes, gorro, calcetines extra, camisa y bóxers, sistema de cocina, botiquín, GPS de alcance, cuerda, bolsas para la carne, faro, baterías, equipo de cámara, balsa, agua de mochila… Casi 40 kilos de carga. Filmar y documentar las cacerías es gratificante, pero también muy pesado. Es cierto que cada día que comes la mochila se aligera… ¡hasta que abates un oso y tienes que empaquetarlo!

La carne del oso cazado, lista para su consumo.
La carne del oso cazado, lista para su consumo. © Pedro Ampuero

Cada mañana cargamos todo el campamento en nuestras mochilas y nos movemos para explorar un nuevo país. No hay que mirar atrás, sino seguir siempre adelante para descubrir nuevos valles y cuencas. Nos cuesta localizar a los osos. Vemos algunas hembras con crías y ejemplares jóvenes, pero los viejos adultos no se ven por ninguna parte. Les gusta el clima cálido… y está cayendo nieve, lluvia y granizo. Nuestras esperanzas empiezan a desvanecerse poco a poco, y el séptimo día de nuestra cacería decidimos dividirnos en dos equipos. Ryan y Brady irán por un lado y Brian y yo por otro. Se nos acaba el tiempo y tenemos que cubrir aún más terreno. Totalmente cargados, dedicamos un día entero a llegar a un valle completamente distinto en el que mis amigos habían encontrado éxito en el pasado. 

No es necesario despertarse muy temprano, ya que estos plantígrados suelen empezar a moverse a media mañana. Podemos intentar localizarles desde la tienda y no tardamos en ver un pequeño oso joven. Ya están en pie. Comprobamos el viento, ganamos altura y empezamos a explorar el valle. Los terrenos nuevos proporcionan emoción y nuevas esperanzas. Los osos no son difíciles de avistar en terreno abierto, pero hay que estar constantemente vigilando ya que con la vegetación aparecen y desaparecen de un vistazo. Cada 200 metros nos detenemos y observamos, hasta que de repente Brian ve uno a unos dos kilómetros. A través del catalejo me da tiempo a ver cómo se acuesta tras unos arbustos. Parece bastante grande, así que no lo dudamos: puede ser la única oportunidad que tengamos antes de que termine el viaje.

Pedro con la pesada carga que portaba a sus espaldas. © Pedro Ampuero

Una nueva oportunidad

Nos apresuramos antes de que el animal se detenga y nos colocamos en posición a 250 metros. Es un juego de paciencia. Mientras esperamos que se levante la excitación y una montaña de pensamientos alteran mi sistema digestivo y necesito ir rápidamente al baño. La Ley de Murphy. Tan pronto como estoy haciendo mis cosas el oso comienza a alejarse. Me apresuro a volver a mi mochila, me preparo, encuentro a mi objetivo y aprieto el gatillo. El 6,5 Creedmoor hace su trabajo y tras una corta carrera cae por un acantilado.

El autor, con el oso cazado.
El autor, con el oso cazado. © Pedro Ampuero

Después de un día y medio empaquetando la carne del viejo y flaco animal que tanto nos ha costado cazar alcanzamos nuestro destino final con una mochila de 52 kilos a nuestras espaldas. Encendemos un fuego: sólo queda probar el sabor del éxito preparándola en su propia grasa. El resto se la quedará Brian, pues la carne de oso enlatada es una de las favoritas de su familia. 

Detalle de los colmillos del viejo oso negro.
Detalle de los colmillos del viejo oso negro. © Pedro Ampuero

Reconozco que la caza de osos negros nunca ha estado en lo más alto de mi lista, pero después de diez días tras ellos y 153 kilómetros recorridos a pie en un terreno desagradable y escarpado siento un gran respeto por ella. No es la especie, sino el lugar y la forma de ganar la partida a un animal lo que más me atrae. Es difícil superar una cacería con mochila compartida con amigos y, además, en un terreno libre.

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