Los grandes incendios sufridos este verano en España han dejado miles de hectáreas calcinadas y a numerosos animales sin refugio, alimento ni agua. Muchos han muerto entre las llamas y los que consiguieron escapar afrontan ahora otro problema: sobrevivir durante las semanas posteriores en un territorio parcialmente arrasado, con charcas secas, vegetación quemada y muchos de sus recursos habituales destruidos por el fuego.
Ante esta situación, algunas organizaciones animalistas han vuelto a centrar buena parte de su respuesta pública en reclamar restricciones contra la caza. A través de boletines enviados por correo electrónico, artículos, campañas de firmas y mensajes dirigidos a las administraciones presentan a los animales supervivientes como víctimas que, después de haber escapado de las llamas, quedarían ahora amenazadas por los cazadores. Una de esas campañas llega incluso acompañada de una imagen creada mediante inteligencia artificial mientras su responsable asegura haber dado de comer «con mi propia mano» a corzos afectados por los incendios de Ávila y Madrid, aunque el mensaje no aporta fotografías que documenten ese supuesto encuentro con los animales.
La diferencia aparece cuando se compara ese activismo desde una pantalla con lo que está ocurriendo sobre el terreno. Mientras unos envían correos electrónicos para pedir firmas, los cazadores están comprando comida, cargando remolques, llenando depósitos, reparando bebederos, transportando agua y entrando una y otra vez en los montes afectados para hacer llegar esos recursos hasta la fauna superviviente. No se trata de una actuación aislada ni de dos vídeos concretos, sino de una movilización que se está repitiendo en diferentes puntos de España de forma masiva.

Toneladas de alimento y miles de litros de agua
En Ávila, la movilización de los cazadores ha permitido poner en marcha una red de ayuda para las zonas afectadas por los incendios. La Delegación Provincial de Caza de Ávila, integrada en la Federación de Caza de Castilla y León, ha coordinado la llegada de alimentos y su posterior distribución sobre el terreno mediante voluntarios, vehículos y maquinaria. Entre las aportaciones recibidas llegó incluso un tráiler cargado con 25.000 kilos de patatas destinado a alimentar a los animales de las zonas castigadas por el fuego.
Pero descargar 25 toneladas de alimento en un punto de almacenamiento es solamente el comienzo del trabajo. Después hay que repartirlo. Para ello hacen falta personas que carguen los vehículos, remolques capaces de entrar por caminos forestales, combustible y horas de trabajo para llevar las patatas hasta los lugares donde ciervos, corzos, jabalíes y otras especies puedan encontrarlas. A esa ayuda se suman paja, forraje, pienso, pan duro, frutas, comederos, bebederos, bidones y depósitos de agua. La propia Federación habilitó además una cuenta bancaria para sufragar transportes y otras necesidades generadas por la emergencia.
En la Sierra de Grazalema ocurrió algo similar después del incendio declarado en julio. Varias sociedades de cazadores reunieron más de 2.000 kilos de alimento para auxiliar a la fauna de la zona afectada. La ayuda comenzó con 400 kilos de maíz, 1.000 kilos de tacos de pienso para vacuno y piedras de sal, a los que posteriormente se sumaron otros 700 kilos de semilla multicereal aportados por la Sociedad de Caza de Olvera. Sociedades de Villaluenga del Rosario, Villamartín, Puerto Serrano, Benaocaz, Ubrique, Prado del Rey y Olvera participaron en una movilización cuyo objetivo era seguir suministrando comida hasta que regresaran las lluvias y comenzara a recuperarse la vegetación.
También en la Comunidad Valenciana los clubes de caza han vuelto a desempeñar esa labor después de los incendios. Los cazadores de Nules-La Vilavella y Betxí repusieron agua en los bebederos y distribuyeron alimento después del incendio de la Vall d’Uixó. En Betxí participaron cerca de cuarenta integrantes del club, mientras que en Nules-La Vilavella los trabajos se coordinaron con Protección Civil y el Ayuntamiento. Semanas antes, tras el incendio de Soneja y Azuébar, los cazadores de Azuébar ya habían distribuido 250 kilos de alimento y 400 litros de agua.
Ese es el contexto en el que deben entenderse también los dos vídeos que acompañan esta noticia. No constituyen una excepción, sino otro ejemplo de un trabajo que se está realizando en numerosos cotos después del paso de las llamas. En este caso, en Extremadura.
@jose.real.murillo
«Los animales necesitan agua y nosotros estamos aquí»
En el primero de los vídeos puede verse a dos cazadores llenando una charca situada junto a una zona quemada. Uno de ellos muestra a cámara la superficie afectada por el incendio y deja claro que allí no se cazará durante esta temporada. «Esta finca, por supuesto, este año no se va a cazar», explica antes de resumir por qué, pese a ello, han vuelto: «Los animales necesitan agua y nosotros estamos aquí».
Días antes ya habían acudido hasta esa misma zona para llevar comida. «La semana pasada o la otra le echamos la fruta […] y esta semana le estamos echando agua», relata mientras una manguera vierte agua en una charca que estaba prácticamente seca. Su objetivo, explica, es mantener el trasvase el tiempo suficiente para que pueda aguantar durante las próximas semanas: «Vamos a estar aquí hasta que coja bastante agua, a ver si puede ya aguantar todo el verano».
El propio cazador resume después el sentido de la actuación con una frase sencilla: «Nosotros lo único que queremos aportar es agua para los animales». Habían comprobado que la charca se estaba agotando y regresaron para llenarla después de haber llevado alimento anteriormente. No habrá caza en esa parte de la finca, pero eso no significa que quienes gestionan el terreno vayan a abandonarla hasta la siguiente temporada.
El segundo vídeo muestra precisamente una de aquellas entregas de comida. En las imágenes aparecen los cazadores descargando un remolque lleno de fruta destinada a los animales. «Aquí echando para que refresquen los animales. Vamos echando un refresco hoy, a ver si pasan estos calores», explica uno de ellos mientras comienza a vaciarse la carga. La cantidad tampoco es testimonial: «Ya hemos descargado un viaje y ahora estamos aquí descargando este otro», señala mientras cientos de kilos de fruta van cayendo sobre el terreno.
La escena permite responder de una forma especialmente gráfica a uno de los argumentos repetidos estos días por determinados colectivos animalistas. Dicen que después de sobrevivir a las llamas los animales quedan a merced de los cazadores. En parte tienen razón, aunque no en el sentido que pretenden transmitir. Quedan a merced de que sean esos cazadores quienes regresen con un remolque de comida, llenen una charca antes de que se seque, compren pienso, paguen combustible o recorran los caminos quemados para comprobar dónde hace falta agua.
Cazadores que renuncian a cazar pero no abandonan el monte
La ayuda tampoco consiste únicamente en aportar recursos materiales. En las zonas más dañadas hay sociedades de cazadores que ya han decidido voluntariamente no cazar durante una larga temporada para permitir que las poblaciones afectadas se recuperen. Es el caso de cazadores de La Adrada, en Ávila, que además de participar en las tareas de suministro han anunciado que dejarán descansar los terrenos después de los incendios.
La idea es sencilla: que no haya caza no significa que deje de haber gestión. De hecho, durante las semanas posteriores al incendio aumenta el trabajo. Hay que localizar los lugares donde permanecen los animales, vigilar los puntos de agua, reponer el alimento y, cuando sea posible, favorecer que la fauna se desplace desde las superficies completamente calcinadas hacia otras zonas próximas donde todavía encuentre refugio y vegetación.
En Madrid, la Federación Madrileña de Caza también puso sus recursos a disposición de la Administración y de los municipios afectados, planteando actuaciones como instalación de comederos y bebederos, regeneración del hábitat, censos y vedas voluntarias. En Guadalajara, la Asociación de Titulares de Cotos de Caza impulsó una plataforma en la que participan ayuntamientos, cazadores, agricultores, ganaderos y apicultores para coordinar ayudas y contribuir a la recuperación de los municipios afectados.
Es decir, mientras desde determinados colectivos se presenta como principal solución enviar mensajes a las administraciones para exigir prohibiciones, en el mundo cinegético se están movilizando personas, maquinaria, dinero e infraestructuras para hacer frente a las consecuencias del incendio desde el primer momento.
@jose.real.murillo
Una ayuda que existe mucho antes de que arda el monte
Hay además otra diferencia fundamental. La estructura que permite a los cazadores reaccionar después de un incendio no se crea cuando las llamas aparecen en los informativos. Existe durante todo el año. Sociedades y gestores cinegéticos mantienen caminos, balsas, charcas, comederos y bebederos, realizan desbroces, conservan accesos y aportan agua y alimento durante los meses más duros del verano.
Según los datos recogidos en la información publicada anteriormente por Jara y Sedal, las 1.400 sociedades federadas de Andalucía mantienen más de 40.000 puntos de agua y 28.500 comederos. Durante los tres meses más duros del verano distribuyen más de 20 millones de litros de agua y cerca de 2,9 millones de kilos de alimento, con un coste estimado superior a 5,3 millones de euros. Y esa cantidad no incluye las horas de trabajo, los desplazamientos, el combustible, los vehículos o la maquinaria aportados por socios, guardas y voluntarios.
Además, alrededor del 80 % de las especies que utilizan esos bebederos no son cinegéticas. La red mantenida por las sociedades de cazadores sirve también a aves, pequeños mamíferos, reptiles y otras especies silvestres que encuentran en esos puntos un recurso fundamental durante las sequías y las olas de calor.
Esto es importante porque explica por qué, cuando arde un monte, los cazadores no necesitan empezar desde cero. Ya conocen el terreno, ya mantienen infraestructuras y ya disponen de personas capaces de organizar rápidamente una respuesta. El incendio multiplica las necesidades, pero no crea de repente su compromiso con el territorio.
Desde el móvil frente a quienes pisan las cenizas
Esa es probablemente la diferencia que mejor resume lo ocurrido durante estas semanas. Las campañas animalistas necesitan un ordenador o un teléfono móvil: redactar un correo electrónico, crear una petición, enviar un enlace, publicar un mensaje o incluso generar una imagen mediante inteligencia artificial. Después presentan esas acciones como una defensa de los animales y aprovechan la devastación causada por los incendios para volver a señalar a la caza como una amenaza.
Sobre el terreno, la ayuda funciona de otra manera. Hace falta comprar toneladas de comida y después moverlas. Hace falta llenar una cuba y conducir hasta una charca. Hace falta cargar sacos, reparar bebederos, descargar remolques, pagar combustible y volver varios días después para comprobar que los animales siguen teniendo agua. Hace falta, en definitiva, pisar las cenizas.
Eso es precisamente lo que muestran los dos vídeos que acompañan esta noticia y lo que están demostrando las actuaciones desarrolladas en Ávila, Grazalema, Valencia, Madrid, Guadalajara, Badajoz y otros lugares afectados por los incendios. No existe una fotografía artificial capaz de sustituir ese trabajo.
Mientras algunos se presentan como defensores de los animales desde una pantalla y utilizan los incendios para lanzar una nueva campaña contra la caza, quienes están recorriendo los montes quemados siguen siendo los propios cazadores. Unos piden firmas. Los otros ponen remolques, vehículos, depósitos, alimento, agua, combustible, dinero y horas de trabajo.
Y cuando el correo electrónico deja de ser noticia, ellos todavía tienen que volver al monte para llenar otra vez los bebederos.








