El reloj avanzaba a ritmo pausado. Los minutos se convertían en horas y la posibilidad de que su correr llegara al galope era secuestrada por el ansia de querer que el sufrimiento que inundaba la estancia terminase. Me retiré a la habitación de al lado; solo unos metros me separaban de una de las personas más buenas que he conocido, a la que he querido y me ha querido, a la que le debo tanto porque gracias a su existencia vino al mundo mi mayor regalo, mi marido. En la calle, la lluvia golpeaba el suelo y el viento cortaba como el cuchillo mejor afilado de un montero. Cogí en mis manos un álbum familiar que me trasladó al pasado y contemplé la vida de un hombre de campo: veterinario de profesión, caballista y cazador por afición.

Me levanté y me acerqué a tu cuarto. Allí estabas. Al ver tu cuerpo rendido, mi pensamiento voló al Cristo de la Laguna, a esa finca testigo de tus primeros pasos y de los últimos; a ese campo tan tuyo, tan amado, sobre el que reposan preocupaciones y dichas. Te miraba y, cuando mis ojos se fijaban en tu rostro, sabía que allí es donde el sueño te había arrastrado. Se hicieron vivas las imágenes que mis pupilas habían grabado en mi mente hacía pocos minutos, mientras las fotografías se deslizaban por mis dedos, y con mi imaginación me puse a tu vera para revivir nuevamente esos episodios mágicos entre encinas, valles y ganado. Con la escopeta en ristre o con una cayada de apoyo. Con riendas en las manos o con bisturí y aguja.

Tienes quince años. Tu primo te espera con la Vespa arrancada para iros a la Vádima; entre ambos van dos paralelas del doce. Tengo que sentarme sobre el manillar para poder acompañaros. El trayecto que separa el cazadero de la capital charra es de unos cuarenta kilómetros. Antes de llegar a las casas nos detenemos; me pongo detrás de ti y empezamos a cazar al salto. ¡Qué fino eres con la escopeta! ¡Qué grande tu puntería! Hemos recorrido poco más de mil metros y en tu percha ya hay media docena de perdices y, en el morral, otros tantos conejos…

No me ha dado tiempo casi a apearme de la moto cuando ya estoy contigo, subida a la grupa de tu caballo, para emprender la marcha hacia la Peña de Francia. Nos acompañaban dos de tus amigos del alma. El caballo va brioso, y eso que el camino es exigente. Las vistas de la Sierra de Salamanca son impresionantes. Cabras montesas inclinan la testuz a tu paso en señal de respeto. Los buitres sobrevuelan sobre ti, dándote sombra con sus magníficas alas, librándote del fuego abrasador del sol del verano… No quiero bajarme de la bestia, quiero coronar la cima, pero otra imagen se cuela en mi pensamiento: eres tú quien me invita a ello. Quieres que también sea testigo de ese gran día…

A ti te gusta más la caza menor; a la mayor no le has regalado tu tiempo, excepto cuando se caza en casa. Tu escopeta está empavonada. No tienes rifle ni quieres; esa espingarda podría contarnos tantas aventuras… No está acostumbrada a fallar si es tu dedo el que aprieta el gatillo.

Número quince de La Trocha: es tu puesto, el que siempre eliges cuando se da la montería en el Cristo. La mancha está a rebosar de cochinos. A ti te gusta más la caza menor; a la mayor no le has regalado tu tiempo, excepto cuando se caza en casa. Tu escopeta está empavonada. No tienes rifle ni quieres; esa espingarda podría contarnos tantas aventuras… No está acostumbrada a fallar si es tu dedo el que aprieta el gatillo. Hace una hora que se soltaron los perros y ya yacen sobre el valle tres cochinos; dos más se unirán a ellos antes de que los canes se guarden en los remolques. Te llaman por teléfono. Es un perrero: un navajero ha hecho estragos con tres de sus podencos; uno tiene las tripas fuera. Presto acudes. Voy detrás de ti. Con destreza limpias las tripas con agua y desinfectas con aguardiente, que es lo único que tienes a mano. Coses con la maestría que dan años y años de profesión. Nadie da un duro por esa perra, a la que ya ven cubierta de gusanos… Los días pasarán y esa hembra canela estará recuperada para batir nuevas sierras.

Quieres que te acompañe a la laguna a tirar unos patos…, pero no nos da tiempo. Vuelvo a tu dormitorio. Vuelvo a ese presente que ya es pasado cuando escribo estas líneas.

Postrado en la cama, con los ojos cerrados, te acompañábamos. Aguardando el desenlace. Aguardando ese final que muchos temen y maldicen. Ese final que a muchos los lleva a la rebelión y a desenfundar el arma contra aquel que permite que se produzca. Mas los que allí velábamos tus últimas horas no formábamos filas de ese gentío que acoge la vida terrena como infinita y vive de espaldas a la eternidad verdadera. No veíamos traición divina, sino voluntad de Dios. Tu paso hacia la Vida era doloroso y, aunque la fe compartía protagonismo con la parca, las lágrimas y la pena flotaban en la habitación que se iba a convertir en tu sepulcro. El sentimiento era de luto. Aun así, la tristeza estaba doblegada por una alegría interior que solo conocen quienes se saben hijos de Dios.

La oscuridad ya se había adueñado del día cuando inhalaste tu último aliento. Abriste los ojos cuando tu mujer te besó en la frente y tus cinco hijos fueron testigos de tu despedida. Estabas rodeado de tus tesoros; empero, a la muerte se enfrenta uno solo, por mucho que te cojan la mano y te susurren palabras esperanzadoras. Tú lo sabías. No te importaba. Más aún, la recibiste con templanza y sin miedo. No lo habías repetido tantas veces en los últimos días: «Estoy tranquilo, tengo las maletas hechas».

Y ese Cristo de la Laguna, clavado en la cruz, al que acudiste tantas veces —con la cabeza inclinada para escucharte, los brazos abiertos para abrazarte y los pies clavados para esperarte— bajó del madero y salió a tu encuentro para recibirte a las puertas del Cielo.

Descansa en paz, mi querido José María.

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