La intensificación agrícola y el uso generalizado de productos fitosanitarios llevan años situándose en el centro del debate sobre la conservación de la fauna ligada al campo. En ese contexto, un interesante trabajo científico aportó un dato especialmente preocupante: durante la época de siembra, la perdiz roja ingiere mayoritariamente semillas tratadas con plaguicidas, convirtiendo esta práctica agrícola en una vía directa de exposición a sustancias tóxicas.
El estudio fue desarrollado por el Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC) y se centró en analizar qué comen realmente las perdices en los meses de mayor actividad agrícola. Para ello, los investigadores examinaron el contenido digestivo de 194 ejemplares cazados en otoño e invierno, coincidiendo con el periodo de siembra de cultivos herbáceos.
Los resultados pusieron cifras a una sospecha que llevaba tiempo sobre la mesa. Las semillas de siembra no solo estaban presentes en la dieta de estas aves, sino que representaban más de la mitad del alimento ingerido en ese periodo crítico, cuando la disponibilidad de recursos naturales es menor.
Semillas tratadas, una amenaza silenciosa
Tal y como demostró este trabajo, el 50,7% de la dieta de la perdiz roja durante la siembra estaba compuesta por semillas agrícolas. Dentro de ellas, los cereales de invierno como trigo y cebada fueron claramente dominantes, alcanzando el 42,3% del total ingerido. Se trata, precisamente, de cultivos cuyas semillas suelen ir recubiertas con fungicidas e insecticidas antes de ser sembradas.

El análisis químico de los contenidos digestivos confirmó que esta ingesta no era inocua. Un 33% de las perdices analizadas presentaban restos de plaguicidas, con la detección de siete fungicidas y un insecticida diferentes. El más frecuente fue el tebuconazol, presente en el 19% de los ejemplares, una sustancia ampliamente utilizada en el tratamiento de semillas.
Los investigadores constataron además una relación directa entre el consumo de semillas de cereal y la presencia de estos compuestos, señalando a las semillas tratadas como una de las principales rutas de exposición a plaguicidas para las aves granívoras del medio agrícola.
Efectos sobre la reproducción y el papel del paisaje
Este trabajo no partía de cero. Estudios experimentales previos del propio IREC ya habían demostrado que la ingestión continuada de semillas tratadas podía provocar efectos tóxicos crónicos sobre la reproducción de la perdiz roja. Al cruzar esos datos con la dieta real observada en campo, los científicos concluyeron que los niveles de exposición detectados eran suficientes para generar impactos negativos en escenarios reales.

El estudio también puso el foco en el paisaje. En zonas con mayor diversidad de hábitats, presencia de vegetación natural y paisajes en mosaico, el consumo de semillas tratadas y, por tanto, la exposición a plaguicidas, fue sensiblemente menor. Un dato que refuerza la importancia de la diversificación del entorno agrícola como herramienta de conservación.

En conjunto, esta investigación dejó claro que el uso de semillas blindadas, especialmente las tratadas con tebuconazol, supone un riesgo real para la perdiz roja y otras aves granívoras, y que la gestión del paisaje debe ser una prioridad si se quiere reducir ese impacto invisible pero persistente.








