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Fallece Muñona, una de las mejores perras de rehala de Zaragoza, cazadora de grandes jabalíes

Daniel L.V. y Almudena G.P. recuerdan la caza de un gran jabalí en Zuera (Zaragoza) como el último gran agarre de su perra Muñona, fallecida de cáncer.

La ladra arrancó en un barranco cuando la mañana ya estaba avanzada. Era el 21 de diciembre de 2023 y la Rehala El Pilar trabajaba en su coto de Val de Isa, en Zuera (Zaragoza). Daniel L.V. salía al monte como cada jornada acompañado de su mujer, Almudena G.P., aficionada a la caza igual o más que él y encargada habitual de los cachorros de la rehala. Lo que empezaba como una montería más terminó convirtiéndose, según el relato que ambos han querido compartir con Jara y Sedal, en uno de los lances más duros que recuerdan.

Una persecución a contrarreloj por el monte de Zuera

Los perros siguieron al jabalí durante un buen rato. El animal se paraba de vez en cuando y la pareja corría para no perder la distancia, conscientes de que, por el tamaño que intuían en el cochino, cada parada podía significar que repartiera algún peligroso golpe a la rehala. Daniel y Almudena narran la persecución como una carrera constante: el jabalí se detenía, los perros volvían a apretar, y así hasta que el animal buscó refugio en una coscojera, la vegetación cerrada típica del monte bajo aragonés donde los jabalíes suelen plantar cara cuando ya no pueden seguir huyendo.

Allí lo rodearon. Los alanos, perros muy valorados por su fuerza en el agarre, entraron junto a una perra cruzada de villana con dogo para sujetar al animal.

Otra instantánea del gran animal. © D. L. V.

Muñona y villana, heridas en la batalla final

La perra que peor parada salió de la coscojera fue, precisamente, la cruzada de villana con dogo, que sufrió heridas en una extremidad delantera y en la cara. Daniel y Almudena la llevaron al veterinario nada más terminar el lance; según cuentan, la perra se recuperó por completo. Una actitud que deja claro que la atención a los canes no terminaba al abatir al jabalí: revisar a cada perro, curar las heridas y comprobar que toda la rehala volvía sana y salva a casa forma parte, para los rehaleros, de la propia jornada de caza.

En ese agarre final también estuvo Muñona, una perra a la que el joven rehalero tuvo especial apego. Daniel la vio nacer, la crio desde que tenía un día y la tuvo a su lado durante once años, tanto en casa como en el monte. Aquel jabalí de Val de Isa fue, según su testimonio, el último ejemplar de semejante tamaño que la perra llegó a sujetar antes de morir de cáncer hace solo un mes.

Muñona. © D. L. V.

Un jabalí que no se parecía a los anteriores

Daniel ya había cazado grandes jabalíes con su rehala, incluido uno abatido en Agüero (Huesca) que llegó a obtener la medalla de plata. Pero asegura que aquel ejemplar no se parecía en nada al de Zuera, ni por corpulencia ni por el tamaño de sus defensas. El jabalí no llegó a pesarse, así que no existe una cifra verificada, si bien Daniel calcula que rondaría los 120 kilos.

Encuentros parecidos, con jabalíes que convierten el final de la persecución en un pulso directo con la rehala, no son infrecuentes en el mundo de la montería. Nuestra propia hemeroteca recoge la reacción de otro gran ejemplar al verse rodeado por una veintena de perros, así como la caza de un jabalí de grandes colmillos en Tarragona, episodios distintos que ayudan a entender la magnitud de estos lances cuando el animal decide no seguir huyendo.

«Jamás se deja un compañero en el monte»

Para Daniel y Almudena, los perros de la rehala son algo más que compañeros de trabajo. Lo resumen con una máxima que repiten cada vez que salen al campo: todos los que van al monte tienen que volver, y ningún compañero de la rehala se queda atrás. Almudena, que se ocupa especialmente de los cachorros desde que nacen, comparte con Daniel esa manera de entender la caza mayor, en la que el cuidado del perro empieza mucho antes de la jornada y no termina cuando se cobra la pieza.

El recuerdo de Muñona queda así unido para siempre a aquella mañana de diciembre en Val de Isa: la perra que creció con ellos, que acompañó a Daniel en innumerables jornadas de montería y que, en su despedida del monte grande, sujetó al jabalí más corpulento que la pareja recuerda haber cazado con su rehala.

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