La amenaza se convirtió en realidad. La borrasca con nombre propio, que ni recuerdo ni me interesa, jugó sus cartas; creía que tenía la mano vencedora, creía que iba a amedrentar a los hombres dejándolos en casa, al calor del hogar, y mirando su poder a través del cristal. ¡Qué equivocada estaba! No contaba con que un puñado de valientes le plantaría cara. La mirarían a los ojos y le dirían: «Aquí estamos, ¿quién dijo frío?».
La mañana apareció gélida, como gélida había sido la noche. Un manto blanco cubría la superficie. El cielo lucía un color pardo donde el sol quedaba oculto. Nubes preñadas, deseosas de vaciarse y enviar a la tierra su fruto en forma de copos de nieve. Nubes escondidas entre la sierra, impidiendo la visibilidad, sin ganas de volar alto.
Dudas y precauciones atormentan al capitán de montería. Hace meses que se fijó la fecha de la cacería. Difícil es aplazarla: compromisos adquiridos, rehalas en otros lares y el mayor de los obstáculos, el anfitrión que nos convoca parte a las Américas a llevar la caza de España.
Los mensajes llegan a los móviles, la comunicación es en directo, los guardas mandan la realidad del paisaje, hasta que un “pa’lante” es la sentencia
Una avanzadilla se desliza por la sierra; es necesario comprobar in situ si es posible el acceso, el coronar la cuerda, el batir la mancha. La incertidumbre golpea, la duda se quiere convertir en certeza y suspender la montería. Los mensajes llegan a los móviles, la comunicación es en directo, los guardas mandan la realidad del paisaje, hasta que un “pa’lante” es la sentencia.

Aldeanueva de la Sierra es el punto de reunión. La hora ha sido retrasada y el encuentro es a las 10:30 horas de la mañana. Las damas y los caballeros allí presentes vamos a por todas; otros se han caído del cartel. Ropas de abrigo nos protegen, la elegancia de los atuendos queda cubierta por prendas dispuestas a luchar contra la intemperie. El campo está precioso: lo contemplas y lo admiras al mismo tiempo, a la vez que un escalofrío recorre el cuerpo. Estamos en Salamanca, en la Sierra de Francia, donde la reciedumbre va cosida a los genes de la gente que la habita.
La sensación térmica da respeto: –8 °C en mi postura; los que coronan el monte, que se aten los machos.
Las armadas parten. Se pide prudencia. Los hielos pueden ser peligrosos. La temperatura no va a superar en ningún momento los 0 °C en los puestos de abajo, lugar en el que me encuentro; en la cuerda, ni imaginármelo. La sensación térmica da respeto: –8 °C en mi postura; los que coronan el monte, que se aten los machos.
La suelta se lleva a cabo. Los perreros son héroes batiendo el monte. Los perros se hunden en los bajos, el manto blanco los atrapa como un cepo de dimensiones infinitas. La caza empieza a levantarse, busca los perdederos. Los tiros llegan a mis oídos; parecen más lejanos de lo que la realidad nos separa, la nieve amortigua el estruendo.
El viento de cara choca contra mi frente y mis mejillas. Y de repente la veo: una cochina trota entre los pinos, silenciosa es su huida, la alfombra que pisa es su aliada.
Los minutos pasan completando las horas. Dos tazas de caldo bien caliente atemperan mi espíritu. Voy bien preparada, mi cuerpo no se estremece; solo mi faz pide clemencia. El viento de cara choca contra mi frente y mis mejillas. Y de repente la veo: una cochina trota entre los pinos, silenciosa es su huida, la alfombra que pisa es su aliada. Gorra, capucha, orejeras y cuello polar quieren esclavizar mis movimientos a la hora de encararme; mi ansia y afición los doblegan. Con el rifle atornillado a mi hombro y la vista sumergida en el visor, la sigo entre los troncos hasta encontrar el lugar propicio para enviarle una misiva de muerte.

La alegría me da la mano. Mía ha sido la victoria. La felicidad que desprendo calienta mi cuerpo. El lance ha sido de ensueño, en un entorno de una belleza difícil de describir. Gracias, querido Alfonso Sánchez-Fabré, por regalarme esa jornada de caza inolvidable.









