Cuando se habla de corzos y rebecos, casi siempre se piensa en sus cuernas, en la roseta, en la simetría del trofeo o en esas rarezas que se ven a simple vista. Sin embargo, algunos animales esconden un secreto aún más sorprendente: una piedra bezoar, una joya orgánica formada en su interior que mezcla biología, misterio y siglos de historia.
Aunque este fenómeno es excepcional, en los últimos años se han conocido varios casos en España que han devuelto a primer plano una de las curiosidades más fascinantes del mundo cinegético.
No es un trofeo que se cuelgue en la pared ni uno que se presuma en la junta de carne, pero quien lo encuentra sabe que tiene en sus manos algo poco común, casi irrepetible.
La razón es sencilla: no todos los animales la desarrollan y, además, suele pasar desapercibida si no se revisa con detalle el interior del rumen.
Una joya que se forma en el estómago
La piedra bezoar es una formación que aparece en el sistema digestivo de algunos rumiantes. Se origina a partir de residuos vegetales, pelos, pequeñas piedras o materiales indigeribles que, con el paso del tiempo, van compactándose y creando masas redondeadas con capas concéntricas, muy parecidas a una perla.
La dieta es uno de los factores clave. Cuando el animal consume alimentos ricos en calcio y fósforo, pero pobres en fibra y magnesio, puede alterarse el pH del rumen y favorecer la aparición de cálculos de fosfato de calcio, que actúan como núcleo.
A partir de ahí, el organismo hace el resto: capa tras capa, el cuerpo va envolviendo ese núcleo hasta dar forma a la piedra. Su tamaño, tonalidad y densidad varían, pero todas tienen algo en común: son extremadamente raras en fauna silvestre europea.
Y por si fuera poco, desde hace siglos se les han atribuido propiedades mágicas y curativas.

El hallazgo que sorprendió en el Prepirineo catalán
Uno de los casos más llamativos documentados en España ocurrió en una zona remota del Prepirineo catalán, donde un grupo de cazadores abatió un corzo viejo, con signos claros de edad avanzada y el trofeo cubierto de borra.
Lo inesperado llegó después del disparo. Al mover el animal para hacer las fotografías, observaron una piedra oscura que asomaba por la herida. No era un proyectil ni un resto de hueso: era una piedra bezoar.
El hallazgo fue analizado por el experto en corzo Pablo Ortega, quien lo calificó como el primer caso conocido de este tipo de formación en la especie. La pieza, por su rareza, despertó rápidamente interés entre aficionados a la taxidermia y el coleccionismo.
No era solo una curiosidad anatómica. Era un trofeo distinto, con un aura casi legendaria.

Un sarrio de 20 años y siglos de leyenda detrás
Aquel no fue el único caso. En 2022, el cazador Omar Ceballos compartió en redes sociales que había abatido un sarrio de veinte años en Los Pirineos que también escondía una piedra bezoar en su interior.
La longevidad del animal pudo ser decisiva, ya que estas formaciones necesitan tiempo para desarrollarse y consolidarse.
Estos casos abren una puerta interesante: es posible que muchos cazadores hayan tenido una bezoar delante sin saberlo, especialmente al abatir animales viejos en alta montaña.
La palabra bezoar, de origen persa antiguo, significa ‘antídoto’. En la Europa medieval se utilizaban contra venenos y en el mundo árabe se les atribuían propiedades curativas desde el siglo VIII.
Hoy, algunas bezoares —sobre todo las procedentes de ganado vacuno— se pagan en el mercado a razón de unos 300 euros por cada 100 gramos. Pero en el caso de un corzo o un rebeco silvestre, su verdadero valor no se mide solo en dinero: se mide en rareza, historia y misterio.








