La investigación científica sobre la longevidad ha encontrado en los perros un aliado inesperado pero extremadamente valioso. Miles de animales de compañía participan ya en los mayores ensayos clínicos realizados hasta la fecha con el objetivo de comprobar si es posible retrasar el envejecimiento mediante un medicamento. No se trata únicamente de alargar la vida, sino de hacerlo preservando la salud y la calidad de esos años extra. Los científicos confían en que los datos obtenidos permitan, en un futuro, trasladar parte de estos avances al ámbito de la medicina humana.

En estos momentos hay dos grandes estudios en marcha en Estados Unidos que, aunque siguen estrategias muy diferentes, persiguen el mismo objetivo. Entre ambos suman más de 2.000 perros que están siendo monitorizados durante varios años en condiciones de vida reales, conviviendo con sus propietarios y sometidos a controles veterinarios periódicos. Este enfoque convierte a los perros en un modelo de estudio especialmente interesante, ya que comparten entorno, hábitos y exposición ambiental con las personas, algo que no ocurre con los animales de laboratorio tradicionales.

Dos ensayos clínicos con enfoques distintos

El primero de estos proyectos se denomina STAY y está impulsado por la empresa biotecnológica Loyal. En él participan alrededor de 1.300 perros atendidos por más de 70 clínicas veterinarias repartidas por todo el país. Los animales reciben diariamente una pastilla experimental diseñada para reproducir en el organismo los efectos positivos de la restricción calórica, una de las intervenciones que más consistentemente ha demostrado retrasar el envejecimiento y mejorar la salud en diferentes especies animales.

El segundo estudio, conocido como TRIAD, forma parte del Dog Aging Project, una iniciativa académica y sin ánimo de lucro que evalúa el efecto de la rapamicina, un fármaco utilizado desde hace décadas en medicina humana. En este ensayo participan cerca de 850 perros de gran tamaño, a los que se administran distintas dosis del medicamento o un placebo. Si los resultados observados previamente en ratones se repiten, los investigadores estiman que la esperanza de vida de los perros podría aumentar hasta un 30 %, una cifra que ha despertado un enorme interés en la comunidad científica.

Perro de caza con una perdiz roja.
Perro de caza con una perdiz roja. © Israel Hernández

La rapamicina, una molécula clave en la investigación del envejecimiento

La rapamicina es una sustancia descubierta en bacterias del suelo de la isla de Pascua, también conocida como Rapa Nui, y se utiliza desde hace años como inmunosupresor, especialmente para prevenir el rechazo de órganos trasplantados. Sin embargo, más allá de su uso clínico tradicional, se ha convertido en uno de los compuestos más prometedores en el estudio de los mecanismos biológicos del envejecimiento debido a su capacidad para actuar sobre procesos celulares fundamentales.

Su principal mecanismo de acción consiste en inhibir la proteína mTOR, un regulador central del crecimiento celular, el metabolismo y la inflamación. Al modular esta vía, la rapamicina reduce la inflamación crónica asociada a la edad y activa la autofagia, un sistema de reciclaje celular que permite eliminar componentes dañados y mantener el equilibrio interno del organismo. Según los investigadores, esta combinación de efectos podría explicar por qué el fármaco ha logrado aumentar la longevidad y mejorar la salud en múltiples modelos animales.

En el ensayo TRIAD, los perros reciben rapamicina o placebo durante un año sin que ni los veterinarios ni los propietarios sepan qué tratamiento recibe cada animal, lo que garantiza la objetividad de los resultados. Tras ese periodo, se realiza un seguimiento adicional de dos años. Hasta ahora, los investigadores no han detectado efectos adversos significativos y sí han observado mejoras en la función cardíaca, especialmente en el ventrículo izquierdo, una de las estructuras del corazón que más se deteriora con la edad.

Por qué los perros son un modelo ideal

Uno de los principales motivos por los que los científicos han apostado por los perros es que su ciclo vital permite obtener resultados en plazos relativamente cortos. Aunque la equivalencia no es exacta, se suele aceptar que un año de vida de un perro puede compararse, de forma aproximada, con unos siete años humanos. De este modo, un ensayo de tres o cuatro años en perros equivaldría, en términos biológicos, a varias décadas de seguimiento en personas.

Además, a diferencia de los animales de laboratorio, los perros presentan una enorme diversidad genética y viven en entornos reales, con dietas, rutinas y niveles de actividad muy variados. Esto hace que los resultados obtenidos sean más representativos y útiles para comprender cómo podrían funcionar estos tratamientos en una población humana igualmente diversa.

mueren 27 perros caza ferry
Setter inglés. © Shutterstock

¿Cuántos años más podrían vivir?

Aunque todavía no existen respuestas definitivas, las estimaciones se basan en los resultados obtenidos en otras especies. En ratones, la rapamicina ha logrado aumentos de la vida media que oscilan entre el 15 % y el 30 %. Aplicado a perros con una esperanza de vida de unos diez años, ese incremento supondría entre uno y tres años adicionales, una diferencia muy significativa en términos de calidad y duración de vida.

Si se extrapola ese mismo porcentaje a los humanos, el impacto sería enorme. Un aumento del 15 % en una esperanza de vida media de 80 años equivaldría a unos 12 años más, mientras que un incremento del 30 % supondría hasta 24 años adicionales. En el escenario más optimista, la vida media podría superar con holgura los 100 años, aunque los investigadores insisten en que estas cifras deben interpretarse con extrema cautela.

Prudencia y expectativas de futuro

Los expertos recuerdan que el hecho de que un tratamiento funcione en perros no garantiza automáticamente que vaya a hacerlo en humanos. La rapamicina, por ejemplo, puede comportarse como un inmunosupresor dependiendo de la dosis, lo que plantea riesgos para un uso prolongado en personas sanas. Además, aunque el envejecimiento de los perros comparte similitudes con el humano, no es idéntico desde el punto de vista biológico.

Aun así, estos ensayos representan un paso decisivo en la investigación de la longevidad. Permiten estudiar el envejecimiento en animales que viven en condiciones reales y no en entornos artificiales, ofreciendo datos mucho más cercanos a la realidad. Si los resultados se confirman, los perros podrían convertirse en los primeros beneficiarios de una nueva generación de medicamentos destinados a frenar el paso del tiempo y, con ello, abrir una puerta hasta ahora reservada a la ciencia ficción.

Síguenos en discover

Sobre el autor