La recuperación del lince ibérico es uno de los mayores logros de conservación en Europa. Andalucía cuenta actualmente con 836 ejemplares censados, una cifra impensable hace apenas dos décadas, cuando la especie estaba al borde de desaparecer. Como profesional que trabaja en el campo, celebro este éxito, pero también creo que debemos reflexionar sobre cómo se está gestionando su seguimiento en libertad.
El pasado mes de marzo se vivió un momento histórico en Dehesa Matallana, en Lora del Río (Sevilla). Allí se liberaron dos linces ibéricos, Wando y Wadala, en un corredor ecológico clave que conecta Sierra Morena con el valle del Guadalquivir. Este tipo de actuaciones permiten consolidar la expansión de la especie y reforzar la conectividad entre poblaciones.
Sin embargo, junto a estos avances también surgen preocupaciones entre quienes trabajamos a diario en el terreno. Una de ellas tiene que ver con el uso de collares GPS en estos animales.
Un depredador salvaje, no un animal doméstico
El lince ibérico es un depredador territorial y extremadamente ágil. Su supervivencia depende de su capacidad para moverse con rapidez entre la vegetación, acechar a sus presas y desenvolverse sin obstáculos en su territorio.

Por eso considero que un lince salvaje no puede llevar collares grandes. No estamos hablando de un perro ni de una vaca. Es un felino adaptado a la libertad, a la discreción y al movimiento constante.
El peso y el tamaño de algunos dispositivos pueden generar fricción, incomodidad o limitaciones en sus movimientos, lo que podría afectar a la captura de presas o a su comportamiento natural. También existe el riesgo de engancharse en vegetación o sufrir accidentes durante sus desplazamientos.
«La ciencia y la tecnología deben proteger al lince, no comprometer su vida salvaje».
Tecnologías que respetan la vida salvaje
Hoy en día contamos con herramientas tecnológicas que permiten estudiar y proteger a la fauna salvaje sin interferir directamente en el animal.

Existen microdispositivos subcutáneos, sensores remotos, cámaras trampa inteligentes o drones de seguimiento que permiten obtener información valiosa sobre movimientos, comportamiento o uso del territorio.
Estas soluciones combinan innovación científica y respeto por el bienestar animal, y en mi opinión deberían tener cada vez más protagonismo en los programas de seguimiento.
«Si queremos conservar al lince, debemos proteger su comportamiento natural».
El trabajo silencioso en el campo
La recuperación del lince ibérico no sería posible sin el trabajo diario de cazadores y Guardas Rurales de Caza. Somos quienes pasamos horas en el campo vigilando hábitats, detectando problemas y colaborando con proyectos científicos.

Nuestro trabajo incluye la vigilancia del territorio, la prevención del furtivismo, el control de fauna y la colaboración con agricultores y administraciones. Es una labor constante que muchas veces pasa desapercibida.
A pesar de ello, con frecuencia se cuestiona este trabajo desde fuera del campo.
«A pesar de su esfuerzo, su trabajo sigue siendo poco reconocido, mientras algunos colectivos animalistas difunden críticas infundadas».
Conservar sin perder la esencia salvaje
El regreso del lince ibérico es un logro colectivo que debemos celebrar y proteger. Pero también debemos asegurarnos de que las medidas que utilizamos para estudiarlo no comprometan su libertad ni su comportamiento natural.
Wando y Wadala ya recorren su nuevo territorio en libertad. Nuestra responsabilidad ahora es garantizar que la ciencia, la tecnología y la experiencia de campo trabajen juntas para proteger a la especie sin alterar su esencia salvaje.
«Quien realmente protege al lince es el profesional que está en el campo, no quien lanza críticas desde un escritorio».
Por Víctor Villalobos Torres, Guarda Rural de Caza y Técnico en Seguridad y Medio Ambiente.








