En 2022 se abatieron en España alrededor de 450.000 jabalíes (Sus scrofa). Nunca se habían cazado tantos. Sin embargo, la población sigue creciendo. Esta aparente contradicción es el punto de partida del artículo firmado por Christian Gortázar, David Relimpio, Nicolás Urbani y Jorge R. López-Olvera, publicado el 28 de febrero de 2026 en la revista científica European Journal of Wildlife Research.

Los autores plantean una idea clara: la caza es una herramienta imprescindible, pero por sí sola no basta para revertir la tendencia demográfica de la especie. Y no solo por razones biológicas, sino también por obstáculos normativos, logísticos y sociales que limitan su eficacia.

Obstáculos que frenan la eficacia de la caza

El estudio señala que el potencial de la caza recreativa para controlar poblaciones no está plenamente explotado. En España, como en otros países europeos, existen limitaciones regulatorias que condicionan su rendimiento: temporadas cerradas, restricciones en el número de cazadores y perros en las monterías, cupos o prohibiciones en espacios naturales protegidos que, en la práctica, pueden actuar como reservorios.

A ello se suman las limitaciones tecnológicas. La normativa sobre armas y patrimonio natural restringe el uso de herramientas que podrían aumentar la eficacia, como silenciadores, fuentes de luz artificial o determinados dispositivos electrónicos de visión nocturna o térmica. En escenarios de control intensivo, estos medios son considerados útiles por los investigadores, especialmente cuando se busca minimizar la dispersión de los animales.

Existen además obstáculos logísticos. La comercialización o el autoconsumo de carne de caza exige infraestructuras adecuadas —salas de manipulación, cámaras frigoríficas, centros de recogida— que no siempre están disponibles o suficientemente desarrolladas. Aunque en los últimos años se han impulsado iniciativas para valorizar la carne de caza, los autores apuntan que las administraciones aún no han dotado al sector de soluciones innovadoras que faciliten su integración en el mercado.

Por último, entran en juego factores sociales y culturales: la inercia de prácticas tradicionales, la reticencia a modificar métodos de caza, el deseo de conservar la especie como recurso cinegético o la presión del activismo contrario a la caza, que complica el respaldo político a medidas más intensivas. Todo ello conforma un escenario en el que aumentar el control poblacional mediante caza recreativa sostenida resulta complejo.

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Un cazador observa un jabalí recién abatido. © Israel Hernández

Cuando la caza sí funciona: la gestión reactiva

El artículo distingue entre dos grandes escenarios. El primero es la gestión reactiva ante brotes de enfermedades como la peste porcina africana (PPA). En estos casos, la eliminación intensa y localizada puede contribuir de forma significativa al control del foco.

Los autores explican que en áreas núcleo afectadas puede ser preferible el sacrificio profesional y métodos “silenciosos” —como trampas con posterior sacrificio o tiradores con visión térmica— para evitar la dispersión de animales. También mencionan la creación de “zonas blancas” de entre 6 y 20 kilómetros alrededor de los focos, lo que implica abatir miles de ejemplares en poco tiempo.

En estos escenarios concretos, la reducción drástica y rápida de densidades sí ha demostrado ser útil para contener brotes puntuales, según la literatura científica citada en el trabajo.

El dato científico clave

El problema surge cuando se pasa del control puntual a la gestión preventiva a gran escala. El jabalí es una especie con alta capacidad reproductiva. Estudios previos citados por los autores indican que puede mantener el crecimiento poblacional incluso cuando se elimina hasta el 50% de los individuos cada año. Para provocar un descenso sostenido serían necesarias tasas de mortalidad superiores al 60% de forma continuada.

Ni la caza recreativa ni la depredación natural alcanzan de forma estable esos niveles en la mayoría de territorios europeos. Y aunque se incrementara el esfuerzo, mantenerlo en el tiempo supondría un reto enorme en recursos humanos y económicos.

El trabajo pone como ejemplo la evolución española. Entre 1990 y 2022, la superficie forestal creció un 34% y los cultivos de regadío un 24%, mientras que el censo de ovejas descendió un 43%, pasando de 24 a 14 millones. Más bosque y más cultivos implican más alimento y refugio; menos ganado extensivo supone menos competencia por recursos.

En paralelo, las capturas anuales de jabalí pasaron de 32.000 en 1985 a 450.000 en 2022, una cantidad catorce veces superior. Y eso pese a la reducción del número de cazadores. La metáfora es sencilla: si el campo produce más comida y cobijo, el “grifo” que alimenta la población está cada vez más abierto. Aunque el “desagüe” —la caza— funcione, no logra compensar ese caudal creciente.

Pareja de jabalíes
Pareja de jabalíes. © Shutterstock

Más allá de la mortalidad

Los autores concluyen que el modelo actual, centrado casi exclusivamente en aumentar la mortalidad, no compensa los factores ambientales y sociales que favorecen la expansión del jabalí. Para lograr un control efectivo y sostenible habría que actuar también sobre los seis grandes motores demográficos que identifican: caza, depredación y enfermedades por un lado; calidad del hábitat, disponibilidad de alimento y competencia con otras especies por otro.

Eso implicaría cambios profundos en políticas agrarias y ambientales, un terreno que suele quedar fuera del alcance directo de los gestores de fauna y de las autoridades sanitarias.

La conclusión es que la caza actual es necesaria pero insuficiente si actúa sola. Sin abordar el contexto rural que favorece el crecimiento del jabalí, cualquier incremento del esfuerzo cinegético seguirá siendo insuficiente.

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