Volvía de una jornada tranquila, de esas que se alargan sin prisa y dejan olor a campo en la ropa. Pero la carretera le cambió el día —y puede que la vida— en cuestión de minutos. Julio Rodríguez, un chico de 16 años aficionado a la pesca, terminó metido de lleno en el rescate del accidente de trenes ocurrido en Adamuz (Córdoba), cuando aún no habían llegado los equipos de emergencia.
Todo empezó al cruzarse con un coche de policía y una ambulancia. Julio iba con su madre, Elisabet, y un amigo. Los siguieron sin saber muy bien a dónde iban, pensando que se trataba de un siniestro de tráfico. Lo que encontraron al final del camino fue una escena de caos, gritos y confusión junto a las vías.
En ese momento, en vez de darse la vuelta, corrieron hacia el lugar. Bajaron por un terraplén y fueron avanzando hasta donde les pedían ayuda. No había cámaras, ni aplausos, ni tiempo para pensar: solo gente desorientada y un tren convertido en chatarra.
Corriendo hacia el vagón más lejano
Julio lo cuenta sin adornos, como quien aún está intentando digerir lo que vio. «Había muchísima policía, gente corriendo hacia dentro y nosotros fuimos detrás», reconoce el joven en declaraciones que recoge hoy El Mundo. En lo alto de un vagón, un agente iluminaba con una linterna, y la necesidad era urgente: hacía falta gente en un coche situado a casi un kilómetro.
«Por el altavoz le comunicaron que necesitaban gente en un vagón que estaba a casi un kilómetro de distancia», cuenta, «mi amigo y yo fuimos corriendo, llegamos los primeros al último vagón que había en la vía antes del terraplén».
Allí, entre heridos, sangre y una oscuridad que parecía no terminar nunca, el joven se convirtió en enlace improvisado. Ayudó a sacar viajeros, cargó heridos y se quedó hasta el final. Su madre, mientras tanto, vivía el miedo desde fuera, sin poder acercarse del todo, sabiendo que su hijo estaba dentro.
«Bajaban llenos de sangre y dentro había gente muerta, despedazada… personas que murieron delante de él».
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Del rescate al instituto… y a su sueño de pesca
Pese al golpe emocional, Julio asegura que lo que le queda es la sensación de haber hecho lo que tocaba. «Hemos visto cosas que no son bonitas de ver, pero para mí vale más que haya gente viva, que te lo agradezca», afirma Julio.

Al día siguiente volvió al instituto. Sus compañeros y profesores le preguntaban, aún incrédulos. Él, que hasta hace nada era uno más, ahora carga con un recuerdo que no se borra fácilmente.
Y entre todo eso, sigue latiendo una idea sencilla: su pasión. Julio tiene ha reconocido en televisión que tiene su propio canal de YouTube, JuliyonCarp, centrado en la pesca, y que su sueño es ser youtuber de pesca. Sirvan estas líneas para echar una mano a ese joven que decidió poner todo lo que tenía cuando numerosas personas necesitaron de su ayuda.








