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Una joven caza en Cuenca un animal que es una rareza poco habitual en la naturaleza: una hembra de corzo con cuerna

Candela Chacón localizó hace casi un año a esta peculiar hembra de corzo y decidió observarla antes de cazarla. Su objetivo era comprobar si podía reproducirse y conocer mejor un ejemplar que presentaba una anomalía poco habitual: el desarrollo de cuerna en una hembra.

Candela Chacón con la corza cazada.
Candela Chacón con la corza cazada. © Candela Chacón

Candela Chacón tiene 24 años y lleva más de media vida ligada a la caza. Se crio en un pequeño pueblo de la Alcarria conquense y comenzó a acompañar a su padre cuando tenía apenas 12 años. Lo que inicialmente era una forma de pasar más tiempo junto a él acabó convirtiéndose, con los años, en una parte fundamental de su vida. «Empecé a cazar a los 12 años con el único propósito inicial de pasar tiempo con mi padre y poco a poco me fue invadiendo este duende que nos llena de nerviosismo y anhelo», explica a Jara y Sedal. Después llegaron nuevas amistades, más jornadas en el campo y un interés creciente por conocer en profundidad los animales que cazaba.

Quienes siguen a Candela en su cuenta de Instagram, @candelachacon_, están acostumbrados a verla compartir algunas de sus experiencias cinegéticas y el resultado de jornadas protagonizadas por extraordinarios corzos, ciervos y otras piezas de caza mayor. Detrás de muchas de ellas, explica, existe una dedicación que va bastante más allá del momento del disparo. «En los últimos años mi afición se ha transformado en una forma de vida. Salgo al campo casi todos los días del año en todos los ratos libres que tengo; si no es a adiestrar a mis perros, es a intentar aprender más sobre los cérvidos», cuenta.

Precisamente esa dedicación le permitió protagonizar recientemente una de las experiencias más singulares que recuerda: la caza de una corza que había desarrollado cuerna.

Diez meses siguiendo a una corza diferente

Candela y sus acompañantes localizaron al animal hace aproximadamente diez meses. La peculiaridad saltaba a la vista: a diferencia de lo habitual en el corzo europeo (Capreolus capreolus), aquella hembra presentaba crecimiento de cuerna. En esta especie la cuerna es propia de los machos, aunque la aparición de estructuras similares en hembras está documentada científicamente. Un trabajo realizado sobre una población de corzos del sureste de Noruega encontró distintos tipos de excrecencias craneales en hembras y constató que eran más frecuentes en algunos grupos de edad. Sin embargo, solo una de las hembras estudiadas, un 1,3 %, llegó a desarrollar lo que los investigadores clasificaron como una verdadera cuerna.

Candela comenzó entonces a buscar información sobre aquella anomalía. «Me puse a investigar y descubrí que la cuerna que le salía era por un problema hormonal», relata. La literatura científica confirma que el desarrollo de la cuerna está estrechamente regulado por las hormonas sexuales y que alteraciones de ese equilibrio pueden provocar crecimientos anómalos en hembras de especies de cérvidos que normalmente carecen de ella.

Sin embargo, la presencia de cuerna por sí sola no permite determinar qué alteración concreta sufría este ejemplar. Se han descrito científicamente corzas con fenotipo externo femenino y alteraciones del desarrollo sexual, incluidos ejemplares XX con tejido ovárico y testicular. Por ello, sin un estudio veterinario, hormonal, histológico o genético del animal de Candela no es posible saber cuál fue la causa exacta.

Candela muestra la peculiaridad de la corza.
Candela muestra la peculiaridad de la corza. © Candela Chacón

Decidió esperar para comprobar si criaba

Esa incertidumbre llevó a la cazadora a tomar una decisión: no abatirla inmediatamente y dedicar tiempo a observar su comportamiento. «Ante la duda decidí ir prestándole ratos para averiguar si en esta ocasión el ejemplar que tenía ante mí podía dotarme de más riqueza aportando genes en el coto […] o bien poderla tener de cerca formando parte de una historia más que contar», recuerda.

Durante esos meses estuvo pendiente especialmente de cualquier indicio que demostrara que la corza había criado o participaba normalmente en el celo. No lo encontró. «Para mi desgracia no pude observar corcino ni que durante el celo le prestara atención ningún macho, así que decidí que era momento de ir a por ella», explica.

Una vez tomada la decisión, comenzó la parte que tantas veces conocen los recechistas: aquel animal que hasta entonces no había resultado especialmente desconfiado dejó de aparecer. «Como suele pasar, con rifle en mano no era capaz de ubicarla cuando de normal no era un animal muy asustadizo», cuenta Candela. Pasó tanto tiempo sin localizarla que llegó a temer que hubiese sido víctima de furtivismo. Hasta que un día volvió a verla.

La cazadora se encontraba sentada en la parcela donde la corza acostumbraba a hacer buena parte de su vida cuando el animal apareció tranquilamente y comenzó a rumiar. Esta vez estaba a su alcance. «No dudé, monté mi Spartan, me tumbé y, aunque se encontrase de pecho, no era un lance difícil. No estaba a más de 120 metros. Un lance certero a donde deduje que se encontraba su corazón y mi amiga cayó sobre su sombra», relata.

Terminaban así casi diez meses de observaciones.

Una corza todavía más sorprendente de cerca

Después de tanto tiempo siguiéndola, Candela pudo por fin contemplar de cerca al animal que tantas jornadas había dedicado a observar. Y fue entonces cuando descubrió que su aspecto era incluso más peculiar de lo que había imaginado. «Al acercarme aluciné. Su cuerna era todavía más extraña de lo que me esperaba y me asomé a ver si tenía alguna parte reproductora masculina por si era un caso de intersexualidad o hermafroditismo, pero no pude apreciar nada», explica.

A simple vista, por tanto, se trataba de una hembra de corzo con una cuerna extraordinariamente desarrollada, una anomalía poco habitual que convirtió aquel rececho en uno de los más especiales que Candela recuerda. Aunque la comprobación visual realizada no permite descartar una alteración del desarrollo sexual. Existen casos científicos de corzos con apariencia externa femenina en los que las anomalías gonadales únicamente se descubrieron mediante necropsias, estudios histológicos y análisis genéticos. Uno de ellos correspondía incluso a un animal genéticamente XX que presentaba genitales externos femeninos y, al mismo tiempo, tejido testicular y ovárico.

Terminaban así casi diez meses de seguimiento de una corza que había despertado su curiosidad desde el primer momento. Un animal diferente, conocido y observado durante buena parte del año y que finalmente ha pasado a formar parte de esas historias de caza que difícilmente se olvidan.

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