Hay vídeos que no hacen falta explicar demasiado porque se entienden solos. En este, el poeta José León se planta ante la cámara y, con esa forma suya de decir las cosas —sin prisa, con verdad—, va soltando uno a uno los diez mandamientos del galguero, un canto al respeto, al cuidado del perro y a la humildad dentro y fuera de la competición.

No es la primera vez que su voz se cuela en el corazón de este mundo. José León ha sido invitado a participar en las últimas galas de presentación de la fase final del Campeonato de España de Galgos en Campo, y siempre ha dejado un sabor especial con sus poemas sobre el galgo y el campo, de los que se recuerdan frases como si fueran de toda la vida.

El vídeo, que ya corre de móvil en móvil entre aficionados, tiene algo de sermón antiguo y algo de charla de bar en invierno. No habla desde la superioridad, sino desde la experiencia y desde el amor a lo que describe, poniendo el foco donde duele cuando hace falta: en la envidia, en la soberbia, en el olvido de lo esencial.

Diez versos para recordar qué es ser galguero

En su recitado, José León arranca dejando claro que no pretende dar lecciones vacías. Explica de dónde nace el texto y contra quién va dirigido, sin señalar a nadie, pero advirtiendo a todos los que se apartan del buen camino.

Lo interesante de su propuesta es que no habla solo del perro, ni solo de la liebre, ni solo del trofeo. Habla de lo que hay alrededor: compañerismo, educación, tradición y respeto. De esa manera de estar en el campo que algunos aprendieron mirando a los mayores sin necesidad de manuales.

Y lo hace con un tono que engancha porque no parece escrito para quedar bien, sino para que se cumpla. Por eso el primer mandamiento no va de ganar, ni de criar, ni de competir: va de mirar al otro de frente y tratarlo como a un igual.

Cuidar al galgo, respetar a la liebre y no perder la humildad

A medida que avanza, el poema va metiendo el dedo en las pequeñas trampas del ego. Habla de no dejarse cegar por copas, poder o trofeos; de criar con cariño, como se hacía antes; y de no pretender tener decenas de perros sin tiempo real para trabajarlos como se merecen.

También aparece algo que muchos repiten: la idea de que el galgo no es un objeto, ni un número, ni un resultado. Es un compañero que, cuando gana, lo hace por lo que lleva detrás: dedicación, constancia y manos limpias.

El mensaje final, además, se queda clavado como una espina: no juzgar por una sola carrera, no abandonar la reata a la primera, y recordar que la verdadera grandeza se mide en la visita diaria al corral, no en los aplausos.

El poema al completo

Estos son los mandamientos para todo buen galguero.

Y si tengo que empezar, empiezo por el primero.
Respetar a tu adversario
y que sea tu compañero.

El segundo es claro y bueno:
Criar perros con cariño
como los crió tu abuelo.

Y el tercero, dejar atrás a la envidia.
No esperar todo de ellos.
Que no te ciegue la copa,
ni el poder, ni los trofeos.

El cuarto es más que un deber:
Respetar la cacería,
dejar las liebres crecer,
jugar limpio por los llanos…
no encararte con el juez.

El quinto es una oración.
Compartir el vino y mesa,
por chico que sea el perol,
que el galgo es hacer amigos,
no es solo competición.

El sexto me gusta a mí.
No tirar por tierra a nadie.
Por esto no has de sufrir,
pues el final no es ganar
ni tampoco competir.

El séptimo es un refrán.
Y no hay frase más bonita:
no es más rico el que más tiene,
sí el que menos necesita.
No serán las más ligeras al estirarse del llano,
yo disfruto a mi manera.

Y el octavo es verdadero.
Quien disfruta es quien los cría
y los cuida con esmero.
Presentarlo es meritorio,
pues tienes que saber verlos.
Pero cuando el galgo gana,
tiene un verdadero dueño,
aquel que los vio nacer y los cría de pequeños.

El noveno es de entender.
Si crías veinte o treinta perros,
¿cómo puedes pretender que salgan los galgos buenos?
si tiempo no has de tener para entrenarlos y ponerlos
puestos como debe ser.

Y el décimo, para el final.
En una sola carrera
no pretendas descartar,
no abandones tu reata.
Busca en ella la verdad,
siempre fiel a tu criterio.
Premia ese galgo leal,
que no pase un solo día
sin visitar el corral,
que tu traílla de cuero
sea una cuba de humildad.

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