La caza no solo proporcionó alimento al ser humano: contribuyó decisivamente a desarrollar su inteligencia. Así lo demuestra un estudio publicado en la revista Science Advances, que aporta la primera evidencia directa del uso de flechas envenenadas hace 60.000 años en el sur de África. El hallazgo no solo adelanta decenas de miles de años el empleo documentado de venenos en la caza, sino que refuerza una idea clave: la actividad cinegética fue uno de los motores del desarrollo cognitivo humano.
El trabajo ha identificado restos químicos de alcaloides tóxicos de origen vegetal en puntas de flecha microscópicas —microlitos— halladas en el yacimiento de Umhlatuzana Rock Shelter, en Sudáfrica. En concreto, los investigadores han detectado buphanidrina y epibuphanisina, compuestos que proceden de una planta venenosa bien conocida en la región, Boophone disticha.

Lo relevante no es solo la presencia del veneno, sino lo que implica su uso. Estas flechas no estaban diseñadas para matar al animal de forma inmediata. El impacto producía una herida leve, suficiente para introducir el tóxico en el torrente sanguíneo. La pieza huía y podía recorrer varios kilómetros antes de debilitarse, obligando al cazador a seguir su rastro durante horas o incluso días.
Este tipo de caza requería algo más que destreza física. Exigía planificación, control del tiempo, conocimiento del comportamiento animal y una comprensión abstracta de procesos invisibles, como la acción retardada del veneno. En palabras de los autores, se trata de una forma de acción “a distancia y fuera de la vista”, un claro indicador de pensamiento complejo y memoria de trabajo avanzada.
La caza como escuela de inteligencia
El estudio subraya que los cazadores del Paleolítico no poseían conocimientos químicos formales, pero sí un saber empírico extremadamente refinado. Sabían identificar plantas tóxicas, extraer sus principios activos, conservarlos, dosificarlos y aplicarlos correctamente en sus armas. También comprendían cómo reaccionaría la presa tras el disparo y qué estrategia de seguimiento resultaría más eficaz.
Este conjunto de habilidades apunta a sistemas de transmisión cultural, aprendizaje social y acumulación de conocimientos a lo largo de generaciones. Para los investigadores, la caza con veneno no es solo una técnica de subsistencia, sino una prueba tangible de la complejidad cognitiva alcanzada por los primeros humanos modernos.

Una tecnología ancestral que también aparece en España
Lejos de ser una rareza africana, el uso de venenos en armas de caza aparece recogido de forma explícita en la tradición cinegética europea y, de manera muy clara, en la española. Los tratados clásicos no solo describen animales y artes de caza, sino también plantas y sustancias utilizadas para potenciar la eficacia de flechas y ballestas.
Uno de los ejemplos más conocidos es la llamada Yerba de Ballestero, identificada con el nombre científico de Helleborus foetidus. Esta planta tóxica es citada en diversas obras de los siglos XVI y XVII como ingrediente empleado para envenenar puntas destinadas a la caza.
En Origen y dignidad de la caza (1634), uno de los tratados cinegéticos más influyentes del Siglo de Oro, se explica el uso de determinadas hierbas venenosas aplicadas a las armas arrojadizas, una práctica que se describe como parte del conocimiento técnico del cazador y no como un recurso excepcional.
De la Prehistoria a los tratados clásicos
La continuidad resulta evidente. En ambos casos encontramos cazadores que dominan su entorno, identifican plantas peligrosas, comprenden sus efectos y las integran en una estrategia cinegética compleja. La caza aparece así no como un acto impulsivo, sino como una actividad profundamente ligada a la inteligencia humana.
Hoy, cuando la caza es a menudo juzgada desde parámetros ajenos a su historia, la ciencia y los textos clásicos coinciden en recordarnos que fue una de las grandes escuelas del pensamiento humano. Mucho antes de que existieran los libros, los cazadores ya sabían que para sobrevivir no bastaba con disparar: había que comprender la vida.








