Un estudio científico realizado con cazadores españoles acaba de poner datos sobre una cuestión que suele aparecer rodeada de prejuicios: qué entienden los propios cazadores por una gestión sostenible de los cotos. Y la respuesta desmonta una de las ideas más repetidas en el debate público sobre la caza. Según esta investigación, los participantes no situaron en primer lugar únicamente la obtención de capturas o la satisfacción personal de la jornada, sino criterios directamente vinculados a la conservación del medio natural, como el estado de las poblaciones cinegéticas, la gestión del hábitat y el mantenimiento de especies silvestres y autóctonas.

El trabajo, titulado Understanding how resource users perceive and negotiate sustainability is essential for designing legitimate conservation governance, analiza las preferencias de 621 cazadores españoles —241 de caza mayor y 380 de caza menor— ante un posible sistema voluntario de certificación de sostenibilidad para la gestión cinegética. La investigación, basada en un experimento de elección discreta, pidió a los participantes que valoraran distintos escenarios de certificación construidos sobre siete criterios: conservación de las poblaciones cinegéticas, genética silvestre y autóctona, ausencia de especies exóticas, mejora de la fauna no cinegética, gestión del hábitat, beneficios socioeconómicos locales y satisfacción del cazador.

El sistema al que se refiere el estudio sería una certificación voluntaria para cotos de caza, basada en auditorías independientes y en una serie de criterios de sostenibilidad. Su objetivo no sería sustituir la normativa actual, sino acreditar con información verificable qué terrenos aplican una gestión responsable en aspectos como la conservación de las poblaciones, la mejora del hábitat, la genética silvestre y autóctona, la fauna no cinegética o los beneficios para el medio rural.

El estudio parte de una idea cada vez más presente en el sector: la caza no solo debe estar regulada, sino que también debe ser capaz de demostrar con transparencia cuando se gestiona de forma responsable. En España, donde existen más de 32.000 cotos registrados y la actividad cinegética se extiende por cerca del 85% del territorio nacional, combinando modelos sociales, privados, abiertos, cercados, intensivos y extensivos, esa cuestión tiene una importancia creciente.

La conservación aparece entre las grandes prioridades

Los resultados muestran que los cazadores consultados valoraron especialmente los criterios ecológicos. Entre los aspectos mejor puntuados figuran la conservación de las poblaciones de especies cinegéticas, la gestión del hábitat, la promoción de especies silvestres y autóctonas con genética salvaje y el mantenimiento o mejora de la fauna no cinegética. Todos los criterios analizados superaron el 7 sobre 10 en importancia, pero esos elementos relacionados con la conservación se situaron entre los más destacados.

La conclusión resulta especialmente relevante porque cambia una imagen muy extendida fuera del mundo rural. El estudio no presenta la conservación como un añadido externo a la caza, sino como una condición que los propios cazadores asocian a la continuidad, la calidad y la autenticidad de la actividad cinegética. Dicho de otro modo: para muchos de los encuestados, un coto sostenible no es solo aquel en el que hay piezas que abatir, sino aquel en el que las poblaciones se mantienen sanas, el hábitat conserva su funcionalidad y la gestión evita prácticas que puedan comprometer el futuro del recurso.

Esa visión aparece tanto en la caza mayor como en la caza menor, aunque con matices. En la caza mayor, la preocupación por el equilibrio de las poblaciones y la gestión responsable se vincula a especies como el ciervo (Cervus elaphus), el jabalí (Sus scrofa), el corzo (Capreolus capreolus), el gamo (Dama dama), la cabra montés (Capra pyrenaica) o el rebeco (Rupicapra rupicapra). En la caza menor, el estudio conecta especialmente con la situación de especies como el conejo de monte (Oryctolagus cuniculus), la perdiz roja (Alectoris rufa) o la liebre ibérica, cuya evolución depende en gran medida de la calidad del hábitat, la presión agrícola, la depredación, las enfermedades y la gestión cotidiana de los terrenos.

Sostenibilidad sí, pero no como imposición

La investigación introduce, además, un matiz importante. El apoyo de los cazadores a la certificación sostenible no es incondicional. Los autores señalan que la aceptación aumenta cuando esa certificación se percibe como una forma de reconocer prácticas que ya se están realizando correctamente, aportar transparencia y diferenciar a los cotos bien gestionados. En cambio, genera más reservas cuando se plantea como una imposición externa, un coste añadido o una herramienta desconectada de la realidad del campo.

Ese punto es clave para entender el alcance del estudio. Los cazadores no rechazan la sostenibilidad; lo que cuestionan es que se convierta en una etiqueta vacía, en una carga administrativa o en una medida que no reconozca el esfuerzo de quienes ya gestionan el territorio con criterios responsables. La certificación, según plantea el trabajo, puede tener sentido si sirve para aportar confianza, combatir la opacidad y distinguir modelos de gestión. Pero difícilmente será aceptada si se interpreta como una corrección moral impuesta desde fuera del sector.

El estudio también recuerda que la caza recreativa en el sur de Europa ha experimentado procesos de intensificación, con prácticas como cerramientos, alimentación suplementaria, control de depredadores, sueltas de animales criados en granja o gestión orientada a incrementar artificialmente los resultados de caza. Algunas de esas prácticas generan debate no solo fuera del sector, sino también entre los propios cazadores, especialmente cuando afectan a la autenticidad de la experiencia, a la genética silvestre o a la imagen social de la actividad.

El hábitat y la genética salvaje pesan más de lo que muchos creen

Uno de los aspectos más significativos del trabajo es la importancia concedida a la gestión del hábitat. Este criterio aparece entre los más valorados, aunque no todos los cazadores perciben que se esté cumpliendo adecuadamente en sus terrenos habituales. En el caso de la caza menor, menos de la mitad de los encuestados consideró que la gestión del hábitat estaba suficientemente atendida en su coto, lo que apunta a una preocupación muy extendida en el sector: sin hábitat, no hay futuro para muchas especies tradicionales.

La genética salvaje y autóctona también ocupa un lugar destacado. Este punto resulta especialmente sensible porque conecta con uno de los debates de fondo de la gestión cinegética: la diferencia entre conservar poblaciones silvestres y producir animales para sostener artificialmente las capturas. La valoración positiva de este criterio indica que muchos cazadores no solo quieren abundancia, sino autenticidad. Es decir, poblaciones naturales, adaptadas al territorio y gestionadas con criterios que no comprometan su origen ni su viabilidad a largo plazo.

La fauna no cinegética aparece igualmente dentro del marco de sostenibilidad analizado. Este aspecto amplía el foco más allá de las especies cazables y sitúa la gestión cinegética dentro de un contexto ecológico más amplio. Un coto sostenible no puede medirse únicamente por sus resultados de caza, sino también por su capacidad para mantener biodiversidad, hábitats funcionales y relaciones equilibradas entre especies.

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