Salir al campo, contemplar una ladera cubierta de árboles y pensar que ese paisaje ha llegado hasta nosotros sin que nadie lo haya tocado. Esa imagen de una naturaleza intacta es precisamente la que cuestiona Alba Troya, divulgadora con formación en gestión forestal y una de las caras de @leyendoelmonte. Su reflexión pone el foco en una confusión que condiciona cómo se perciben las actuaciones sobre nuestros montes.
En un vídeo compartido en su cuenta de Instagram, Troya explica que desconocer la historia del paisaje puede llevar a interpretar cualquier intervención humana como un daño. El fragmento corresponde a su participación en el I Congreso de la Ingeniería de Montes en la Comunidad de Madrid.
El monte que vemos también tiene una historia
«Mola mucho ir al monte y pensar que… es un monte virgen y que no hay intervención», comienza la divulgadora. A partir de esa percepción, recuerda que los territorios que hoy contemplamos han atravesado distintas etapas históricas y han soportado aprovechamientos mucho antes de que existiera la preocupación ambiental actual.
En su intervención menciona a los romanos y a la Armada Invencible para ilustrar esa larga relación entre las sociedades y los recursos forestales. También recuerda que se han cometido excesos y que la ecología ocupaba el último lugar entre las prioridades de muchas de aquellas actuaciones. El paisaje actual, sostiene, es una herencia de todo ese proceso.
Ahí sitúa el origen del rechazo automático a actuar sobre el monte: «Si la gente piensa que… que la naturaleza es así, que es virgen, cualquier intervención parece una agresión». Bajo esa mirada, se juzga la actuación presente sin tener en cuenta las transformaciones que dieron forma al entorno que se quiere conservar.
De Fuenlabrada a la divulgación sobre el campo
Troya es de Fuenlabrada y nació en 1999. Comparte el proyecto ‘Leyendo el monte’ con Guille, de Leganés. Sus primeros pasos consistieron en fotografiar e identificar plantas; después incorporaron vídeos para acercar el conocimiento del entorno a públicos de distintos niveles.
Sus contenidos han abordado cuestiones como la relación entre ganadería y conservación, la pesca del salmón, el comportamiento de los visitantes en la naturaleza y el estado del Mar Menor. El hilo conductor es ayudar a comprender lo que se observa en el campo y la relación entre las actividades humanas y los ecosistemas.
La pregunta es cómo gestionar esa herencia
La publicación que acompaña al vídeo insiste en que los montes actuales son el resultado de siglos e incluso milenios de gestión y aprovechamientos. Para Troya, conocer esa trayectoria permite plantear la conservación desde una perspectiva distinta: entender qué hemos recibido y cómo actuar para mantenerlo.
Su conclusión resume ese cambio de enfoque: «La cosa no es si hay que tocar o no, la cosa es cómo hacerlo». La divulgadora invita así a abandonar la imagen del monte como un escenario ajeno a la historia humana y a situar la gestión de esa herencia en el centro del debate.
La Mesta y los siglos en los que el monte también era pasto
Mucho antes de que existiera el debate actual sobre la gestión forestal, los montes españoles ya formaban parte de una economía que dependía de sus recursos. El Honrado Concejo de la Mesta, creado en 1273 por Alfonso X y desaparecido en 1836, fue durante más de cinco siglos una institución fundamental para la ganadería trashumante de Castilla. Los rebaños recorrían las cañadas entre los pastos de verano y los de invierno, y el acceso a esas superficies tenía una enorme importancia económica.
Durante la Edad Media y la Edad Moderna, el pastoreo, las cortas y el uso del fuego para favorecer los pastos modificaron la vegetación en distintos lugares. La historia forestal recoge episodios de degradación asociados a la presión sobre el territorio, pero la actividad ganadera también ha contribuido a mantener pastizales y espacios abiertos. Muchos de los paisajes que hoy valoramos se entienden precisamente a través de esa relación histórica entre el ganado y el monte.
Los árboles que se buscaban para construir barcos
La construcción naval fue otro de los grandes motores del aprovechamiento forestal. Durante los siglos XVI y XVII y comienzos del XVIII, los bosques de territorios como Navarra y Cantabria suministraron madera para las flotas que comunicaban España con sus posesiones de ultramar. Los árboles eran una materia prima estratégica para construir y reparar los barcos, y su aprovechamiento dejó huella en esos montes.
En el siglo XVIII, esa relación se plasmó en medidas como la Ordenanza de Montes de Marina de 1748 y en reconocimientos destinados a localizar y cuantificar los árboles útiles para la construcción naval. La búsqueda de madera para la Armada competía con las necesidades de las poblaciones rurales. Los montes estaban sujetos a decisiones políticas, intereses económicos y conflictos por su uso, muy lejos de esa imagen de naturaleza ajena a la intervención humana.
Mendizábal y Madoz: las desamortizaciones que cambiaron la propiedad del monte
El siglo XIX trajo otra transformación decisiva: las desamortizaciones. La de Mendizábal, iniciada en 1836, impulsó la venta de bienes eclesiásticos y alteró la propiedad de numerosas fincas. Para entender lo ocurrido con los montes públicos resulta especialmente importante la de Pascual Madoz, aprobada en 1855, que puso en venta bienes de distintas instituciones, incluidos terrenos de los ayuntamientos.
Durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX, aquel proceso siguió transformando la propiedad forestal. En Granada, por ejemplo, sus consecuencias sobre los montes han sido estudiadas para el periodo 1855-1924. La historia de esas ventas ayuda a comprender que la situación actual de nuestros montes depende también de decisiones sobre la propiedad, los derechos de uso y los intereses económicos de cada época.
También hubo decisiones para salvar los montes de la venta
Frente a la desamortización de Madoz de 1855, se consiguió que determinados montes públicos quedaran exceptuados de la venta por su importancia para el interés general. En 1859 se elaboró la Clasificación General de los Montes Públicos y, en 1862, se estableció un catálogo de montes exceptuados de la desamortización, antecedente del actual Catálogo de Montes de Utilidad Pública. La protección de esos terrenos fue una decisión humana que también ha condicionado el paisaje que recibimos.
Desde el último cuarto del siglo XIX, la preocupación por la degradación de los montes impulsó trabajos de restauración y repoblación. A comienzos del XX, la creación del Servicio Hidrológico Forestal dio paso a una etapa de recuperación de la cubierta forestal con fines protectores. A la historia de aprovechamientos y transformaciones se sumó así otra de recuperación del arbolado. Esa sucesión de usos, ventas, protecciones y restauraciones da contenido a la idea que destaca Troya: el monte que vemos hoy tiene una historia, no ha llegado así a nuestros días sin ninguna intervención y es una herencia que debemos saber gestionar.








