El lince ibérico ha protagonizado una de las recuperaciones más espectaculares de la fauna europea. En 2025, el censo coordinado por el MITECO arrojó 2.663 ejemplares en la Península Ibérica, un 10,9% más que el año anterior y casi el doble que en 2021, cuando la población total rondaba los 1.365 individuos. La especie se distribuye ya en 18 poblaciones entre España y Portugal, con Castilla-La Mancha y Andalucía como principales núcleos, y el programa de reintroducciones sigue abriendo nuevos territorios. Para quien gestiona un coto en el sur o el centro peninsular, la pregunta ya no es si el lince puede aparecer, sino qué hacer cuando aparece.
Lo que nota el guarda cuando llega el lince
El primer aviso suele llegar por las cámaras de fototrampeo. Una silueta inconfundible, esas orejas y esas patas largas, cruzando un encame o bordeando una gazapera a las tres de la madrugada. Después vienen los rastros en barro fresco cerca de los bebederos, algún encame con pelo corto y olor a felino, y la sensación de que algo ha cambiado en el monte. Los guardas que trabajan en cotos con presencia estable de lince describen un patrón que la ciencia ha confirmado: los zorros y los meloncillos se vuelven más esquivos, cambian sus rutas habituales y reducen su actividad en las zonas donde el felino campea. No desaparecen de golpe, pero su presión sobre nidos y gazaperas baja de forma perceptible.
Esa dinámica tiene respaldo científico sólido. Un estudio publicado en la revista Biological Conservation por investigadores del IREC, la Estación Biológica de Doñana, la Fundación CBD-Hábitat y la Universidad de Oviedo, con apoyo de la Junta de Extremadura y el MITECO, analizó la reintroducción del lince en el Valle de Matachel, en Badajoz. Los resultados fueron contundentes: la abundancia de zorros y meloncillos cayó aproximadamente un 80% tras la llegada del felino, y el consumo total de conejo por parte de toda la comunidad de carnívoros se redujo un 55,6%. La consecuencia directa fue la recuperación del conejo y la perdiz roja en las zonas ocupadas por el lince. Dicho de otra manera: aunque el lince también caza conejos, los zorros y meloncillos que desplaza mataban bastante más. En Jara y Sedal hemos analizado en detalle este estudio y sus implicaciones para la gestión cinegética.
Un segundo trabajo, publicado en el Journal of Nature Conservation con participación de la Fundación Artemisan, comparó cuatro cotos en el entorno de Mértola (Portugal), dos con linces reproductores y dos sin presencia confirmada. Los cotos con lince mostraron mayores poblaciones de perdiz roja y conejo y menor presión de depredadores oportunistas. Los propietarios y gestores entrevistados durante el estudio señalaron que el lince no interfería con las prácticas habituales de manejo: siembras, puntos de agua, aporte de alimento o control de predadores con escopeta seguían funcionando con normalidad. Cuando hay lince, el monte trabaja de otra manera, y quien lo gestiona a diario lo nota antes que nadie.
Por qué los cotos son clave en la supervivencia del lince
La Estrategia para la Conservación del Lince Ibérico del MITECO lo dice sin rodeos: la actividad cinegética en cotos de caza mayor y menor debe ser compatible con el mantenimiento de poblaciones de lince y de conejo. Pero esa compatibilidad no es una imposición unilateral: el mismo documento propone fomentar una gestión cinegética sostenible e incluso estudiar incentivos económicos para infraestructuras de mejora de hábitat, como vivares y siembras, que benefician tanto a la caza menor como al felino. La Estrategia II va más lejos y contempla acuerdos con propietarios de fincas, sociedades de cazadores y gestores de cotos, con el objetivo de reconocer e incentivar a quienes han sabido conservar linces o su hábitat.
Tiene todo el sentido. Un coto bien llevado es exactamente lo que el lince necesita: mosaico de vegetación, conejo en densidad suficiente, agua disponible y poca presión humana en los momentos críticos. Las siembras, los majanos, los puntos de agua y el control ordenado de predadores que muchos cotos ya hacen para su caza menor son, al mismo tiempo, las mejores inversiones para que el lince encuentre el territorio adecuado. Las líneas de acción oficiales incluyen reintroducciones, refuerzos poblacionales, colonización de áreas aledañas e intercambio genético entre núcleos, y todo eso requiere territorios funcionales. Los cotos que mantienen conejo y estructura de hábitat suman en ese mapa. Hemos seguido de cerca procesos de reintroducción recientes, como los de Castilla y León, que ilustran cómo esa colaboración sobre el terreno se traduce en ejemplares liberados y territorios nuevos colonizados.
El caso de los cazadores de Azuaga, en Badajoz, es uno de los ejemplos más citados de cómo la gestión cinegética activa puede atraer al lince y beneficiar al coto al mismo tiempo. Lo contamos en detalle en este reportaje: mejora del hábitat del conejo, fototrampeo sistemático, coordinación con la administración y una apuesta clara por la gestión sostenible que acabó convirtiendo el acotado en territorio lincero. No es un caso aislado ni una casualidad.
Cómo convivir en la práctica: lo que hay que tener en cuenta
Si el lince aparece en tu coto o si quieres favorecer su presencia, el primer paso es siempre el conejo. Mejorar vivares, hacer siembras, mantener puntos de agua y gestionar la vegetación para crear refugio son actuaciones que ya conoces y que aquí cobran doble sentido. La Estrategia del MITECO contempla expresamente estudiar incentivos para este tipo de infraestructuras, así que merece la pena documentar bien lo que se hace y compartirlo con los técnicos de fauna cuando te lo soliciten.
Antes de acometer cualquier actuación específica, consulta con tu consejería autonómica. La normativa varía entre comunidades, y en zonas con presencia de lince puede requerirse autorización previa para determinadas mejoras de hábitat, cambios en cerramientos o actuaciones sobre colonias de conejo. Lo mismo aplica al control de predadores: las modalidades autorizadas, los métodos y los períodos dependen del plan autonómico correspondiente. Coordínate con los agentes de medio ambiente y, si hay proyectos de reintroducción activos en tu zona, con los equipos técnicos de esos programas. Así te aseguras de cumplir la ley, optas a posibles ayudas y, sobre todo, haces las cosas bien desde el principio.
En cuanto a la caza, el objetivo es que la actividad sea compatible, no que desaparezca. Ajustar calendarios, delimitar áreas de tranquilidad en periodos sensibles como la cría, y coordinar batidas o ganchos con la guardería son decisiones que no restan calidad cinegética y sí evitan molestias innecesarias al felino. El fototrampeo, los transectos de rastros y los cuadernos de campo del guarda son herramientas que ya deberías tener y que aquí adquieren un valor añadido: te permiten ver la evolución real del acotado y aportar datos concretos a la administración cuando te los pidan.
El Estado pagaba por matarlos: un apunte histórico
Para entender dónde estamos, conviene saber de dónde venimos. El lince ibérico llegó al borde de la extinción por una combinación de factores: pérdida de hábitat, declive del conejo, atropellos, furtivismo y, durante décadas, una política administrativa que lo clasificaba directamente como alimaña a exterminar. El reglamento de la Ley de Caza de 1902 incluyó al lince entre las especies recompensables, y en 1903 los ayuntamientos pagaban 3,75 pesetas por cada ejemplar muerto, según recoge el artículo 69 de ese reglamento. En Jara y Sedal hemos documentado esa recompensa y su contexto histórico.
El sistema se institucionalizó aún más con el Decreto de 11 de agosto de 1953, que creó las Juntas Provinciales de Extinción de Animales Dañinos y Protección a la Caza. Esas juntas organizaban planes de lucha contra las alimañas, distribuían venenos, lazos y cepos, y pagaban a los alimañeros por cada pieza presentada. El lince figuraba en la lista junto a zorros, lobos, rapaces y otros depredadores. Las juntas estuvieron activas hasta bien entrada la década de los sesenta, y su actividad dejó una huella profunda en las poblaciones de fauna silvestre de toda la Península. Hemos contado también quiénes eran los alimañeros y en qué contexto social y económico operaban.
Cargar esa historia sobre las espaldas de la caza deportiva actual sería tan injusto como inexacto. Aquella persecución era una política de Estado, financiada con fondos públicos y ejecutada en un contexto social y económico radicalmente distinto. La caza legal contemporánea no solo no tiene nada que ver con aquello, sino que, como demuestran los estudios y los propios programas oficiales, es hoy parte fundamental de la solución. Hemos explicado en profundidad por qué es erróneo culpar a los cazadores españoles del declive histórico de las especies amenazadas. El marco legal y científico actual es otro, y el objetivo es conservar al felino integrándolo en la gestión real del territorio, también en los cotos.
La Estrategia II del MITECO lo recoge con claridad: hay que incentivar y premiar a quienes han sabido conservar linces o su hábitat. Esa es la vía inteligente: reconocer lo que funciona sobre el terreno y reforzarlo con técnica, presupuesto y seguridad jurídica. El sector cinegético lleva años haciendo ese trabajo, a menudo sin que nadie lo cuente. Ya va siendo hora de que se cuente.
En resumen: tener lince en tu coto es una oportunidad. Prestigia el acotado, puede ayudar a modular la presión de mesodepredadores sobre conejo y perdiz, y te abre la puerta a trabajar codo con codo con la administración. Con conejo, cobijo y coordinación, la convivencia no solo es posible, sino que puede ser rentable para el monte y para quien lo gestiona. Como siempre en el campo, el secreto está en la gestión diaria, en documentar lo que se hace y en tener al guarda con los ojos bien abiertos.
