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El impacto del meloncillo en la caza menor sigue sin resolverse: la ciencia reconoce que faltan datos concluyentes

Meloncillo. © Shutterstock

Dos estudios científicos recientes admiten que no existen evidencias suficientes para afirmar si el meloncillo (Herpestes ichneumon) perjudica —o no— de forma significativa a especies clave de la caza menor como el conejo (Oryctolagus cuniculus) o la perdiz roja (Alectoris rufa). Mientras tanto, la experiencia acumulada del mundo rural sigue sin una respuesta científica definitiva.

Una expansión real que ha reabierto un viejo debate

La expansión del meloncillo por amplias zonas de la Península Ibérica es un hecho reconocido por la propia comunidad científica. En apenas unas décadas, este mesocarnívoro, históricamente restringido al suroeste peninsular, ha colonizado nuevos territorios hacia el centro y el este, especialmente en regiones como Castilla-La Mancha. Factores como el abandono del medio rural, los cambios en el uso del suelo y el clima más benigno han sido señalados como posibles facilitadores de este avance.

Este proceso, sin embargo, no se ha producido en el vacío. Ha venido acompañado de una creciente preocupación en el mundo rural y cinegético, donde muchos gestores y cazadores aseguran observar una mayor presión depredadora sobre especies ya castigadas como el conejo y la perdiz. Frente a esta percepción, una parte del discurso institucional y académico ha puesto el acento en la falta de pruebas científicas sólidas que respalden ese diagnóstico, alimentando un conflicto que va más allá de lo puramente ecológico.

Un meloncillo comiendo una paloma. © Shutterstock

Qué analizan realmente los dos estudios científicos

Los dos trabajos recientemente publicados por investigadores del IREC —uno en Biological Conservation (2026) y otro en Journal of Wildlife Management (2025)— no se centran en medir directamente el daño ecológico del meloncillo sobre la caza menor, sino en analizar las percepciones sociales y las preferencias de gestión en torno a su expansión.

El primero compara las opiniones de cazadores y no cazadores sobre los impactos positivos y negativos del meloncillo, así como su grado de familiaridad con la especie. El segundo profundiza exclusivamente en el colectivo cinegético, evaluando qué tipo de escenarios de gestión consideran más aceptables en distintas regiones del sur y centro de España.

Ambos estudios son claros en un punto que a menudo se diluye en el debate público: la base científica disponible sobre los efectos reales del meloncillo en la caza menor es muy limitada. Esta afirmación no es una interpretación editorial, sino una constatación explícita recogida en los propios artículos.

Evidencia científica limitada

Los autores reconocen que solo existe un estudio empírico que haya evaluado de manera directa el impacto del meloncillo sobre especies cinegéticas. Ese trabajo apunta a que, bajo determinadas condiciones locales, el meloncillo puede ejercer presión sobre poblaciones de conejo, afectando sobre todo a individuos jóvenes o de tamaño medio, es decir, aquellos con menor valor reproductivo dentro de la población.

Varios meloncillos atacan una pequeña liebre.

Ahora bien, ese mismo estudio no demuestra un impacto generalizado ni estructural a escala regional o nacional. A partir de ahí, los investigadores son prudentes: señalan que no existen datos suficientes para afirmar que el meloncillo sea responsable del declive de la caza menor, pero tampoco existen evidencias que permitan descartar su influencia.

En términos científicos, la conclusión es clara y a menudo malinterpretada: la ausencia de evidencia no equivale a evidencia de ausencia. Es decir, que no se haya demostrado un daño generalizado no significa que el meloncillo sea inocuo, sino que el conocimiento actual es insuficiente para zanjar el debate.

Cazadores frente a no cazadores: una comparación desigual

Uno de los aspectos más llamativos del primer estudio es la enorme diferencia en el grado de conocimiento directo de la especie. Mientras que el 81,9 % de los cazadores identifica correctamente al meloncillo, solo el 7,3 % de los no cazadores es capaz de reconocerlo visualmente. Este dato refleja una desconexión evidente entre una parte importante de la población y la fauna silvestre que habita el medio rural.

Pese a ello, el trabajo compara ambas percepciones como si partieran de un mismo nivel de experiencia. Los no cazadores, que en su mayoría no conviven con la especie ni la identifican, tienden a expresar opiniones neutras o ligeramente positivas, asociando al meloncillo con conceptos amplios como biodiversidad, equilibrio ecológico o naturalidad del paisaje.

Los cazadores, por el contrario, muestran una percepción mayoritariamente negativa, basada en la observación continuada del terreno y en la gestión diaria de los cotos. Para este colectivo, el meloncillo es visto como un depredador eficaz y oportunista que actúa sobre especies ya muy presionadas por enfermedades, sequías y otros predadores.

Los propios autores reconocen que dentro del colectivo cinegético existe una elevada diversidad de opiniones, algo que interpretan como incertidumbre. Sin embargo, esa diversidad también puede reflejar realidades territoriales muy distintas, donde la densidad del meloncillo, la disponibilidad de presas y el contexto ecológico varían de forma notable.

Meloncillo. © Shutterstock

Preferencias de gestión

El segundo estudio, basado en más de 1.000 cazadores de Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha, muestra un consenso claro en un aspecto fundamental: el sector cinegético considera necesario actuar sobre el meloncillo.

La prioridad para los cazadores es la reducción de la abundancia, por delante incluso de frenar su expansión territorial. No obstante, el enfoque cambia según la región. En Castilla-La Mancha, donde el meloncillo es un colonizador relativamente reciente y está catalogado como especie de interés especial, los cazadores priorizan medidas preventivas destinadas a frenar su avance. En Andalucía y Extremadura, donde la especie lleva más tiempo asentada, la demanda se centra en el control poblacional.

Un dato especialmente revelador es que el coste económico de la gestión apenas influye en las decisiones. La mayoría de los encuestados estaría dispuesta a asumir tasas o esfuerzos adicionales si ello se traduce en una reducción efectiva de la presión del meloncillo.

¿Percepción infundada?

Lejos de demostrar que la visión del cazador sea errónea, los propios estudios evidencian que la ciencia aún no dispone de datos suficientes para confirmar o refutar esa experiencia empírica. Presentar el conflicto como un problema de desinformación cinegética simplifica en exceso una realidad mucho más compleja.

Los investigadores advierten del riesgo de gestionar únicamente en base a percepciones, pero también reconocen que la falta de estudios ecológicos sólidos deja el debate en una zona gris. En ese contexto, tanto el alarmismo como el negacionismo parten de una base igualmente frágil.

Un debate abierto que exige más ciencia y menos dogmas

A día de hoy, la única conclusión plenamente respaldada por la evidencia es que faltan datos. El meloncillo sigue expandiéndose, la caza menor continúa en retroceso por múltiples causas, y el papel exacto de este depredador permanece sin cuantificar de forma rigurosa.

Mientras no se desarrollen estudios de campo amplios, comparables y a largo plazo, el debate seguirá abierto. Y en ese escenario, ni la experiencia del cazador puede despacharse como un prejuicio, ni la ausencia de pruebas puede utilizarse para negar cualquier impacto.

La ciencia, por ahora, no ha dictado sentencia. Y reconocer esa incertidumbre es, probablemente, el primer paso para abordar el problema con honestidad.

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