La discusión sobre la gestión de los parques nacionales españoles ha vuelto a cobrar fuerza tras las advertencias lanzadas desde Extremadura. El Parque Nacional de Monfragüe, uno de los grandes iconos de la conservación en la península, afronta un escenario cada vez más parecido al de Cabañeros, donde la prohibición de la actividad cinegética ha derivado en un crecimiento descontrolado de ciervos y jabalíes, con efectos visibles sobre el hábitat.
Desde diciembre de 2020, la caza deportiva y comercial está prohibida en Monfragüe, en aplicación de la Ley 30/2014 de Parques Nacionales, que la considera incompatible con estos espacios. Cinco años después, la medida empieza a generar un debate creciente entre los municipios del entorno, el sector primario y distintos colectivos sociales.
La formación Somos Cáceres ha salido ahora a defender abiertamente la caza tradicional como una herramienta necesaria para el equilibrio ecológico, el mantenimiento del paisaje y la supervivencia económica de los pueblos que rodean el parque. Su posicionamiento llega en un contexto marcado por el precedente de Cabañeros, donde Europa ya ha puesto el foco en las consecuencias de un modelo estrictamente prohibitivo.
El aviso desde el entorno rural de Monfragüe
Según Somos Cáceres, la eliminación total de la actividad cinegética tiene efectos directos sobre el empleo, la economía local y el control poblacional de las especies. La formación subraya que la caza tradicional ha convivido durante décadas con el turismo de naturaleza y la conservación de la biodiversidad sin generar conflictos estructurales.
Cristina Redondo, portavoz agraria del colectivo, alerta además de un problema añadido que ya empieza a percibirse en la zona. «Si se caza solo en terrenos públicos los jabalíes y venados se refugiarán en los predios particulares», declara. A su juicio, esta situación no soluciona el problema, sino que lo desplaza y lo agrava, incrementando los daños y el riesgo de superpoblaciones en fincas privadas y áreas colindantes.
El temor es que Monfragüe repita una dinámica ya conocida en otros espacios protegidos, donde la fauna silvestre se concentra en zonas sin gestión efectiva, presionando la vegetación, afectando a la regeneración natural y alterando el equilibrio entre especies.
La dehesa, una construcción humana en riesgo
Otro de los argumentos centrales de Somos Cáceres es la defensa de la agroganadería tradicional como pilar básico de los valores naturales del parque. En este sentido, recuerdan que el paisaje que hoy se protege no es un entorno virgen, sino el resultado de siglos de intervención humana sostenible.
En palabras del propio colectivo, «la dehesa y el paisaje actuales son el resultado de siglos de gestión humana sostenible». Sin esa actividad continuada, advierten, el sistema se degrada y pierde diversidad, algo que ya se observa en áreas con una presión excesiva de ungulados.
Esta reflexión conecta directamente con lo ocurrido en el Parque Nacional de Cabañeros, donde la sobreabundancia de ciervos ha sido señalada como una de las causas principales del deterioro del bosque mediterráneo, hasta el punto de que el caso ha llegado al Parlamento Europeo.
Cabañeros como espejo incómodo
El ejemplo de Cabañeros planea ahora sobre Monfragüe como una advertencia difícil de ignorar. Allí, asociaciones de afectados, científicos y representantes europeos han denunciado que la falta de gestión activa ha convertido el parque en un espacio ecológicamente desequilibrado, con hábitats degradados y una biodiversidad en retroceso.
El temor de los colectivos extremeños es que Monfragüe recorra el mismo camino si no se revisa el modelo actual. La cuestión ya no es solo ambiental, sino también social: pueblos vaciados, fincas dañadas y un territorio que pierde su capacidad de sostener vida y actividad.
Mientras tanto, el debate sigue abierto. Lo que ocurre en Monfragüe empieza a sumarse a una lista creciente de parques nacionales donde la prohibición total, lejos de proteger, parece estar poniendo en jaque aquello que se pretendía conservar.
