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Más de 27 millones para agua y bebederos: así ayudan los cazadores a la fauna cada verano

Un guarda de coto de caza rellena un bebedero. © Israel Hernández

Cuando el verano alcanza su momento más duro, miles de charcas, balsas y bebederos repartidos por los cotos españoles se convierten en auténticos refugios para la fauna. Detrás de buena parte de ellos se encuentra el trabajo de sociedades, titulares, gestores y cazadores que los construyen, limpian, revisan y rellenan durante los meses en los que el agua escasea en el campo.

La magnitud económica de esta labor queda reflejada en el Estudio del impacto económico, social y ambiental de la actividad cinegética en España en el año 2023. Según sus datos, los titulares y gestores de cotos destinaron 17,88 millones de euros a la gestión de puntos de agua, mientras que los organizadores de cacerías aportaron otros 9,24 millones.

La suma supera los 27 millones de euros en un solo año. Una cifra que permite dimensionar una tarea que habitualmente pasa inadvertida, a pesar de resultar decisiva durante los episodios de calor extremo y sequía que afectan a buena parte de España.

Bebederos que sostienen la vida en el campo

Estos puntos de agua no están destinados exclusivamente a perdices, conejos, liebres, corzos, ciervos o jabalíes. A ellos también acuden aves protegidas, pequeños mamíferos, reptiles, anfibios e insectos, especialmente en aquellos territorios donde las fuentes naturales se secan o resultan insuficientes durante el estío.

Dos cachorros de lince ibérico beben agua en un punto de agua. © Shutterstock

Su mantenimiento exige mucho más que colocar un depósito en el monte. Los cazadores deben transportar el agua, comprobar que los sistemas funcionan, retirar sedimentos, reparar conducciones y evitar que los recipientes puedan convertirse en trampas para los animales más pequeños. En numerosos casos, estas tareas se repiten durante todo el verano y se realizan con medios propios.

Además, la disponibilidad de agua puede condicionar la distribución de los animales dentro de un territorio. Una red adecuada de bebederos reduce los desplazamientos en busca de recursos y ayuda a evitar que la fauna se concentre únicamente alrededor de los escasos puntos naturales que permanecen activos.

Cazadores creando una charca para la fauna. © FCCV

Las necesidades cambian según cada especie

Las necesidades hídricas varían dependiendo del tamaño, el metabolismo, la alimentación y la capacidad de adaptación de cada animal. Como referencia general, algunas estimaciones sitúan el consumo diario alrededor de los 100 mililitros de agua por cada kilo de peso vivo, aunque esta cifra puede cambiar notablemente entre especies y en función de las temperaturas.

El corzo, por ejemplo, presenta un metabolismo acelerado y suele necesitar beber con cierta frecuencia. El ciervo y el jabalí pueden espaciar más sus visitas, aunque el agua también cumple otras funciones. Los baños de barro permiten al jabalí refrescarse y combatir los parásitos externos, mientras que los grandes herbívoros necesitan recuperar el líquido perdido durante las jornadas de mayor calor.

Especies como el muflón, la cabra montés o el arruí están mejor adaptadas a ambientes secos y pueden necesitar menos agua que otros ungulados de tamaño similar. Sin embargo, esa capacidad no elimina su dependencia de los puntos de abastecimiento durante periodos prolongados de sequía.

Una perdiz roja calmando su sed en un punto de agua. © Shutterstock

Una ayuda decisiva para la caza menor

La perdiz roja, el conejo y la liebre pueden obtener una parte importante del agua que necesitan a través de la vegetación y los alimentos que consumen. Incluso son capaces de soportar varios días sin beber directamente, pero la ausencia prolongada de agua termina afectando a su estado físico, a la reproducción y, sobre todo, a la supervivencia de las crías.

Por ello, los bebederos resultan especialmente importantes durante la primavera y el verano, cuando los pollos de perdiz y los animales jóvenes afrontan temperaturas elevadas y encuentran cada vez menos humedad en el entorno. Su diseño también debe permitir un acceso seguro y contar con rampas o superficies que eviten ahogamientos.

Los más de 27 millones de euros invertidos cada verano por los cazadores muestran que esta labor no es una actuación aislada, sino una parte habitual de la gestión cinegética. Una inversión silenciosa, acompañada por incontables horas de trabajo, que mantiene agua disponible para la fauna cuando el campo más la necesita.

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