Una nube negra amenaza con descargar su llanto. Lágrimas dulces de plañideras es lo que trae. Por favor, que se quede solo en una emoción contenida y algún berrido desgarrador proclamando su poder. Un chaparrón en estos días de final de verano, con calores infernales todavía, solo llevan de la mano la desgracia de melar la bellota. Humedad y calor, mal maridaje hacen. Y con la montanera no se juega… que hay casi cuatrocientos cochinos esperando a coger arrobas gracias al valor nutritivo de este bendito fruto escondido en cascabullos.
Otros motivos, más banales todavía, es el que tienen mis sobrinos de que la tormenta pase de largo. Alejandro quiere darse una vuelta con el Winchester .40-44 de palanca, regalo que me hizo mi padre cuando era una pipiola. Poco uso le debió dar su abuelo José Manuel, a razón de lo poco rayado que está el cañón. Es de finales del S. XIX, una virguería de arma. Se encara con una facilidad enorme, es cómodo y ligero. Loreto quiere que nos demos una vuelta a caballo, de las largas, en las que sales de las cuadras cuando el calor sigue golpeando y regresas a ellas cuando ya bailan las figuras bajo las dos luces de las buenas noches. Y yo quiero… ¿Qué quiero? Que los niños disfruten como locos los días que están con nosotros en casa.
Son las siete de la tarde, el sol ha vencido a la tempestad. Los nubarrones se han disipado y un cielo azul celeste es el techo que nos ampara. Adiós a una tarde de jersey, porche, libro y picoteo que tanto me gusta. Las súplicas de los infantes han tenido más poder; a ellos la lectura les resbala, mal que me pese, y quieren planes más movidos.
Allí, al lado de lo que fue una antigua huerta, aculado contra una vieja pared de piedra medio caída, ahora cubierta de espinos, está un cochino levantado haciéndole cara al can sin salir huyendo
Mientras la benjamina de la familia y la que aquí escribe atusamos los jacos, antes de echarles las monturas, Alejandro se va sin despedirse. Es lo pactado, una partida silenciosa con el rifle al hombro sin que mi braco lo vea. Como Odi huela la pólvora, ya puede estar su dueña a punto de salir a caballo, que vende su alma al diablo para escabullirse de medio rabero con aquel que pueda lanzar un trallazo.
Las féminas iniciamos el paseo en dirección al cercado de la Virgen, un saludo a la Madonna, y a levantar el polvo de los caminos. Con la portera de dos hojas ya cruzada y a poco más de trescientos metros de las caballerizas, Odi se arranca a ladrar como un poseso. Nuestras miradas corren hacia el lugar de donde vienen los gritos de furia del perro. Allí, al lado de lo que fue una antigua huerta, aculado contra una vieja pared de piedra medio caída, ahora cubierta de espinos, está un cochino levantado haciéndole cara al can sin salir huyendo. Contemplamos la imagen de cerca, sujetamos a los corceles, que asustados rebrincan queriendo poner tierra de por medio, y esperamos la embestida del marrano para desaparecer en la espesura mientras el braco intentará frenar un imposible.
Los segundos pasan y allí no sucede nada. Odi ladra al jabalí desde una prudencia peligrosa; este da arreones de dos o tres metros, lanzando sus navajas con la intención de abrir en canal al animal que ha mancillado su siesta. Como un bucle, la escena se repite: la bestia refugiada en las tablas, como un toro manso y herido, con la cara alta, amorrillado, dando arrancadas de medio pelo.
Algo le pasa a ese guarro. Es raro su actuar. Tiene buen tamaño, unos noventa kilos, y un perro solo es poca cosa para él… Algo le pasa…
Visto lo visto, le digo a Loreto: «Quédate aquí de vigía, sigue al cochino si se mueve porque el perro no le va a dejar ir muy lejos, que voy a casa a toda carrera, ato al caballo, cojo un rifle y vuelvo en el coche».
Y la sobrina de nueve primaveras me dice que no, que le da miedo quedarse allí sola y que es ella la que regresa a las cuadras, deja al equino, entra en casa, toma el .30-06 con el visor, un par de balas, la vara y el Nissan —conduce mejor que un adulto, aunque a muchos les sorprenda—.
Me parece bien, su madre no está para prohibir nada, así que es eso lo que hacemos. Vigilante sobre mi alazán veo partir a la que quiero que cace el primer cochino de su corta vida. Entre quién va y quién se queda, hemos telefoneado al adolescente solitario para informarle de lo que está sucediendo. Con las patas largas que tiene el joven y revolucionado por la afición que carga su delgado cuerpo, se echa a correr monte arriba para acudir cuanto antes al lugar donde se va a producir el lance; los ladridos del can lo guían sin tener que molestarme en detallar las coordenadas.
Con Loreto yendo a por el arma y Alejandro acudiendo a la cita, una luz ilumina mi cabeza: la puerta de casa está cerrada con llave… ¡imposible coger el trabuco! Dejo a la fauna sola midiendo sus fuerzas y me aventuro a toda caña en pos de la pequeña. Mi vida ha quedado suspendida en un hilo en el breve trayecto; con el jaco bien arreado, más la querencia a casa, la velocidad que he cogido es digna de podio, un tercer puesto por lo menos. Hasta aquí todo perfecto. Lo malo ha llegado cuando la mano derecha de Hechicero se ha introducido en un pequeño agujero —tapado por el pasto seco— y trastabillado ha salido del encuentro, y yo, que tenía puesta la atención en lo que dejaba atrás y no en el galope, he estado lenta al tirarle de la boca para que se rehiciera… La albardilla ha dejado de ser mi asiento, el cuello del animal se ha convertido en freno, las crines mi herraje, y con los estribos libres como cencerros moviendo sus badajos, he estado a punto de caer al suelo. Menos mal que algo se retiene, después de mis años mozos con horas y horas encima de un jamelgo, y airosa he lidiado con el aprieto; sin apoyos, con las piernas recogiendo su cuerpo, he recuperado el equilibrio llegando a las cuadras de una pieza.
Y reincidiendo en lo ya dicho: algo le pasa a ese guarro. Es raro su actuar. Tiene buen tamaño, unos noventa kilos, y un perro solo es poca cosa para él. Algo le pasa…
Sin perder un segundo nos hemos subido al todoterreno con los trastos necesarios. Allí seguían mano a mano los dos contrincantes, no habían cambiado de tercio ni medio metro. La escena era la misma que siete minutos antes, excepto que había un nuevo espectador: Alejandro ya se encontraba apostado en la barrera de sombra.
Y reincidiendo en lo ya dicho: algo le pasa a ese guarro. Es raro su actuar. Tiene buen tamaño, unos noventa kilos, y un perro solo es poca cosa para él. Algo le pasa…
Es hora de pararse a pensar y ver cómo Loreto puede cazar a la bestia. Los primos se quedan juntos, enfrente de la contienda, con el rifle encima del trípode esperando a que se destape el animal. Alejandro es el custodio de la niña y de las armas —una apoyada en la vara y la de palanca colgada en su hombro— mientras yo bajo por un lateral hacia el cuadrilátero. Mi idea es poder quitar a Odi de allí; con él a escasos metros del cochino no dejo disparar a la infanta ni por todo el oro del mundo, no existe ningún verraco por el que yo ponga en riesgo a mi braco de Weimar, aunque luzca dientes de platino. Llamo al can, que no obedece; está cegado, la afición y el vicio que tiene no le dejan ni escuchar, espuma blanca cae por su boca, ojos de locura son con los que mira; solo se separa de su presa un par de metros cuando el marrano da una acometida. Un cazador con mil batallas apretaría el gatillo sin problema en el momento exacto, pero Loreto es lenta, propio de la edad y la inexperiencia; desde que le dijera que disparase hasta que lo hiciera podría pasar un segundo, un tiempo indiferente para muchas cosas, pero en ese instante, la diferencia entre vida y muerte.
Valiente como Cagancho, confiada como un necio, desnuda ante una embestida, sigo cerca del cochino con la esperanza de atrapar al braco para que la niña abra fuego. Tras tres o cuatro intentos frustrados, el de las cerdas grises parece que reacciona; parece que se ha dado cuenta de que ese espectáculo va por él; parece que se ha percatado de que su vida corre peligro y busca un escape. No lo hace al galope, sino al trote, pero sí lo suficiente rápido para que haya que correr la mano antes del topetazo. Dado que el soldado nominado no puede llevar a cabo la misión por falta de fuerza y maestría, le hace el relevo su primo, que sale tras el cochino antes de que se escurra entre la maleza camino del perdedero… ¿Se lanzará a toda carrera hacia la gatera de arriba poniendo fin a la obra de teatro que ha representado? Porque, ahora sí, huye. Ya era hora, pero allí no ha habido ficción de por medio, no ha sido una actuación gloriosa… Sigue al trote cochinero sin darle velocidad a sus cuatro patas. ¡A ese cochino le pasa algo! Lo he dicho desde el primer momento.
A punto de que la espesura lo oculte para siempre, Alejandro aprieta el gatillo del .44-40, y esa bala, que ya lucía verdín en su vaina reclamando juerga, sale veloz atravesando al bicho. No hace falta apalancar otra vez, aunque lo hace con ilusión el armero. Ha caído fulminado. Feliz del desenlace levanta el Winchester como los Pieles Rojas en señal de victoria. No sé si es consciente de que está en Ituerino y no en el Viejo Oeste. Solo le falta cortarle la boca y levantarla como una cabellera.
Felices los tres por lo vivido iniciamos el ritual post mortem. Antes de que un destral afilado separe los dientes de la víctima del resto del cuerpo, observamos que Odi solo le ha lanzado un par de mordiscos al marrano y no se ha ensañado con la presa como otras veces. No le damos importancia, aunque nos extraña. Con el trofeo ya cortado y guardado con reverencia, sacamos el cadáver del regatón, rodeado de monte bajo, para situarlo en un alto con escasa vegetación y facilitarles a las aves la localización de la manduca.
El sol luce desde hace un buen rato cuando todavía los sueños me arrullan por las Grandes Praderas de Norteamérica: Alejandro, reencarnado en John Wayne; Loreto, a lomos de un apalusa, y una servidora en una diligencia, camino de la conquista de nuevas tierras. Palanqueos de mataindios son los tambores de guerra. Metidos en la refriega, absortos en la contienda, ocultos tras las lonas de una caravana… cuando una voz familiar me devuelve a la realidad. Mi marido me reclama. Son las diez de la mañana.
Impresionada me ha dejado el comportamiento de los animales. He presenciado una auténtica clase de biología y prevención sanitaria sin libro de texto en la mano
Las aves necrófagas no han acudido a dar cuenta de la carne y vísceras del puerco como es habitual. El día pasa y por el alto del cerro no se asoma tampoco ni una triste alimaña. Cuarenta y ocho horas después y el panorama no ha cambiado. Me acerco a visitar ese cuerpo inerte; el calor ha precipitado su descomposición, el hedor que desprende me hace tapar la nariz, al tiempo que una arcada se precipita en mi garganta, y compruebo que hasta los ojos mates siguen en sus órbitas. Ni lo han tocado. Ya decía yo que a ese marrano le pasaba algo. Debía estar enfermo porque ni el más hambriento de los buitres lo desgarra con su pico.
Tercera jornada y algo cambia. Una docena de leonados, con algún milano entre ellos, están posados a unos quince metros del cochino. Lo miran. Lo contemplan. Pero siguen sin meterle mano. Tendría que llegar el quinto día para lanzarse contra el difunto, con saña y con hambre, con furia y ansia, con gula contenida.
Impresionada me ha dejado el comportamiento de los animales. He presenciado una auténtica clase de biología y prevención sanitaria sin libro de texto en la mano. Dejaron pasar el tiempo suficiente hasta que su instinto de supervivencia les dio el visto bueno para llenar sus buches. Ni veinte minutos ha durado el banquete desde que han abierto la veda. El campo ha quedado limpio; los huesos que han dejado, desvestidos como las costillas de un cerdo de matanza, ya se encargará la climatología de ir eliminándolos y convertirlos en nutrientes.
Esta es la historia de ese cochino moribundo, un navajerete que tuvo la suerte de recibir una muerte rápida y sin dolor. Una muerte de valiente. Se libró de morir lentamente a la sombra de un espino, rodeado de moscas y suplicando por un agua que no le llegaba para sofocar esos calores de septiembre. Un cochino que no quedará en el olvido, ya que pasará a formar parte de los trofeos de Alejandro. La vaina de la bala de gracia que le robó el aliento lucirá, junto con los colmillos y amoladeras, en una tabla de madera. Es su primer animal abatido con el Mataindios, nombre un tanto curioso, hoy penalizado por ser políticamente incorrecto, pero que en su apodo lleva inscrita la verdad, la historia reciente de esa vasta tierra donde la gente iba a buscar fortuna. Es el «arma que ganó el Oeste»: miles de indios, y también de yanquis, perdieron la vida a manos de este instrumento. Hoy, gracias a Dios, su finalidad ha cambiado. En nuestras manos se convertirá en el protagonista de más lances de caza. Tiempo al tiempo.
Este es uno de los relatos de los cincuenta que componen el libro Bajo la sombra del sol y la luna, de Cristina Clemares.
