Hay inventos que, aunque pasen siglos, conservan intacta su lógica. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con una trampa para ratones que data de 1427 y que aparece retratada en una obra del pintor flamenco Robert Campin. Un creador de contenido la replicó pieza a pieza y comprobó, con imágenes, que el mecanismo funciona como si se hubiese diseñado ayer.
La escena original se encuentra en el Tríptico de la Anunciación, donde puede verse el artefacto sobre el banco de trabajo de José, esposo de María y padre de Jesús. Sin necesidad de entrar en demasiadas interpretaciones, lo llamativo es que aquel objeto aparentemente doméstico ha saltado del cuadro a la realidad con total eficacia.
El responsable del experimento es un youtuber llamado Woods, que decidió construirla y probarla en un entorno real. Y no en cualquier lugar: la instaló en su granero, un espacio que, según él, parecía estar invadido por ratas y ratones.
Del taller de José al granero del youtuber
En el cuadro, la trampa se integra como un elemento más del taller, casi como si fuera un detalle anecdótico. Sin embargo, algunos estudiosos han visto en ella una lectura simbólica potente: «La cruz se considera una trampa para el diablo, con la carne de Cristo como cebo».
Sea o no esa la intención del pintor, lo cierto es que el diseño llamó tanto la atención de Woods que decidió replicarlo y resolver una duda sencilla: si en el siglo XV ya se usaba, ¿podría seguir funcionando hoy?
Tras fabricarla, la colocó en su granero y preparó el experimento con cámaras de fototrampeo, buscando registrar cada movimiento sin interferir en el comportamiento de los animales. Y lo más llamativo es que no tuvo que esperar demasiado.
Según se describe, apenas pasa un rato cuando el primer roedor se aproxima y acciona el mecanismo, demostrando que la trampa no solo es operativa, sino también sorprendentemente rápida.
Una trampa “extremadamente sensible”
Más allá del valor histórico o curioso del montaje, Woods insiste en un detalle clave: su eficacia. Según el propio Woods se trata de una trampa extremadamente sensible. Más que cualquier otra de las que ha probado.
Esa sensibilidad es, precisamente, lo que marca la diferencia respecto a otros modelos más modernos: cualquier mínimo contacto la dispara. Y en un escenario como el de un granero con actividad constante de roedores, eso se traduce en resultados casi inmediatos.
El experimento, además, deja una idea flotando en el aire: quizá no todo lo antiguo es torpe o rudimentario. A veces, la ingeniería más simple —madera, cuerda y un mecanismo bien pensado— sigue siendo tan efectiva que no necesita mejoras.
