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En 1889 un español se propuso repoblar Sierra Espuña disparando semillas de pinos a escopetazos: lo logró

Ricardo Codorníu. Al fondo, recreación del Morrón de Espuña en 1897 y en la actualidad. © Elaboración propia

Cuando un ingeniero de montes sube a pie hasta el pico más alto de una sierra y no encuentra ni un solo pino, algo ha ido muy mal. Eso fue lo que se encontró Ricardo Codorníu el 19 de marzo de 1889 al coronar el Morrón de Espuña, en Murcia. Había nevado y el paisaje era desolador.

En sus apuntes dejó una conclusión que marcaría el resto de su carrera: había que repoblarlo todo. Décadas de tala, pastoreo excesivo y consumo de madera habían dejado las laderas de Sierra Espuña sin vegetación. Sin árboles ni matorral que retuviera el suelo, el agua de las tormentas bajaba arrastrando tierra y piedras. Aquello no era solo un problema paisajístico: era una bomba de relojería hidrológica apuntando directamente al valle del Guadalentín.

La riada que encendió la alarma

El detonante llegó antes de que Codorníu pisara la sierra. La riada de Santa Teresa, en octubre de 1879, causó cientos de muertos entre Lorca y Murcia. Según datos recogidos por el Ayuntamiento de Alhama de Murcia, la catástrofe se cobró 761 vidas, aunque otras fuentes elevan la cifra por encima del millar. Aquel desastre fue el empujón definitivo para que, en 1888, se creara la Comisión de Repoblación de la Cuenca del Segura, el organismo encargado de intervenir en las vertientes más degradadas antes de que volviera a ocurrir algo parecido.

La comisión la formaron tres ingenieros: José Musso, Juan Ángel de Madariaga y el propio Codorníu. Un estudio de la Universidad de Murcia sitúa el inicio de los trabajos bajo la dirección de Musso, con Codorníu asumiendo el proyecto desde diciembre de 1895 y Madariaga como colaborador. El mismo estudio cifra la superficie efectivamente repoblada en más de 3.256 hectáreas, con unos 4,3 millones de árboles plantados. La cifra de 5.084 hectáreas que suele circular corresponde en realidad a la extensión declarada Sitio Natural de Interés Nacional en 1931, bastante mayor que la superficie realmente plantada.

Diques antes que árboles

Lo primero que hicieron los ingenieros no fue plantar, sino ordenar el agua. Si las laderas seguían erosionándose, cualquier plantón recién nacido acabaría arrastrado ladera abajo con la primera tormenta. Los trabajos arrancaron en junio de 1891 con la construcción de 240 kilómetros de caminos y sendas, once casas forestales, dos almacenes y 144 kilómetros de diques en ladera, entre los que se repartieron 420.000 pequeños bancales de contención, además de dos grandes diques reguladores.

Codorníu definió aquella labor con una frase que resume bien el propósito real de la obra: estaban «creando suelo» donde antes solo había roca desnuda y arrastre. Con el terreno preparado, llegó el turno de los viveros. Se instalaron siete en total, con el Vivero Central de Levante, en Huerta Espuña (Murcia), como pieza principal: 378 bancales regados mediante dos balsas y 1.400 metros de canales. En sus primeros cinco años de funcionamiento, ese vivero llegó a suministrar seis millones de coníferas y 850.000 frondosas. Codorníu dedicó casi dos años previos a estudiar qué especie convenía en cada ladera según altitud y orientación, un trabajo de planificación que explica por qué hoy Sierra Espuña parece un bosque natural y no una repoblación artificial.

Ricardo Codorníu durante una plantación de pinos carrascos en Sierra Espuña en 1898. © Ramón Melgares / Archivo General de la Región.

Las escopetas que sembraban pinos

En los cortados y pendientes donde no llegaban los operarios ni las mulas, los trabajadores cargaban piñones en el cañón de escopetas y trabucos y disparaban hacia el lugar exacto donde querían que germinara un pino. Más del 90% de esas semillas acababan devoradas por pájaros, hormigas y roedores antes de arraigar, así que el rendimiento era bajo. Un técnico de la Confederación Hidrográfica del Segura llegó a comparar aquel procedimiento con la siembra actual mediante drones, salvando las distancias tecnológicas.

Imagen del río Espuña, en el siglo XIX. © Archivo General de la Región.

Conviene, no obstante, no quedarse solo con la imagen pintoresca de la escopeta, que fue muy útil en zonas de difícil acceso, si bien el grueso de la repoblación se hizo a lomos de mula, transportando plantones de vivero hasta cada parcela y colocándolos a mano uno por uno. Las escopetas fueron el último recurso, reservado para los rincones verdaderamente inaccesibles.

Una brigada realiza hoyos para llevar a cabo la reforestación. © Archivo General de la Región.

De 3.200 hectáreas a un parque de 17.804

Lo que plantó la Comisión de Repoblación fue solo el germen de lo que hoy existe. En 1978 Sierra Espuña fue declarada Parque Natural, y en 1992, mediante la Ley 4/1992, pasó a ser Parque Regional con sus actuales 17.804 hectáreas, más de tres veces la superficie que llegó a repoblarse directamente. El conjunto montañoso completo supera incluso las 25.000 hectáreas. La figura de protección permitió blindar también las zonas colindantes que no habían sido objeto de la intervención original.

El arruí, un cazadero que llegó por avión

El animal más conocido de la sierra no es autóctono. El arruí o muflón del Atlas (Ammotragus lervia) es un caprino del norte de África que fue introducido en Sierra Espuña en 1970 con fines cinegéticos, procedente de ejemplares de los zoológicos de Fráncfort y Casablanca. Su adaptación fue tan rápida que en apenas tres años su población obligó a declarar, en 1973, la Reserva Nacional de Caza de Sierra Espuña, hoy Reserva Regional de Caza, con 14.183 hectáreas repartidas entre los municipios de Alhama de Murcia, Totana y Mula.

La historia posterior del arruí ha sido más accidentada que la de los pinos. En 2016 el Tribunal Supremo dio la razón a un recurso presentado por Ecologistas en Acción y confirmó la inclusión de la especie en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, lo que llevó a suspender la caza deportiva en la reserva y a sustituirla por abatimientos ejecutados por agentes medioambientales. Jara y Sedal documentó en su momento cómo se llevaban a cabo esos trabajos de control, incluyendo instrucciones internas de la Consejería murciana para priorizar el abatimiento de hembras y crías, tal y como recogió este medio en un reportaje sobre la gestión del arruí en Murcia.

La Federación de Caza de la Región de Murcia sostiene desde hace años que el arruí debería considerarse una especie exótica naturalizada y no invasora, apoyándose en una reforma legal de 2017 que permite su aprovechamiento cinegético en las zonas donde ya estaba presente antes de 2007. Bajo esa base normativa, la web oficial de Cazaypesca de la Región de Murcia explica que la gestión del arruí se ampara en el artículo 64 ter de la Ley 42/2007, que habilita su control mediante caza en las áreas de distribución anteriores a esa fecha. Pese a ese marco legal, la propia administración regional reconoce en su web que, desde 2014, sigue sin resolverse si la caza deportiva volverá a autorizarse en la Reserva Regional o si el control continuará en manos exclusivas de los agentes medioambientales. Para quien gestiona un coto en el entorno de la sierra, esa indefinición administrativa se traduce en años de incertidumbre sobre si el arruí es un recurso cinegético, un problema a erradicar o ambas cosas a la vez según el año y el Gobierno de turno.

Más allá del arruí: un mosaico de endemismos

El cambio de paisaje que impulsó Codorníu creó, de paso, el hábitat de una fauna variopinta. Entre las aves, la presencia de búho real y águila real motivó la declaración de Sierra Espuña como Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA), y la propia web del parque destaca también la presencia de la alondra de Dupont.

A eso se suman dos singularidades que no se encuentran en ningún otro lugar: una subespecie exclusiva de ardilla, la ardilla de Espuña, y una mariposa endémica, la Aricia morronensis, cuyo nombre rinde homenaje al propio Morrón.

Un modelo que se exportó a toda España

La repoblación de Sierra Espuña no se quedó en una anécdota local. Sirvió de precedente directo para el Servicio Hidrológico-Forestal, creado en 1901, que extendió metodologías similares a otras cuencas españolas. El propio Codorníu repobló también las dunas de Guardamar (Alicante) e impulsó la Fiesta del Árbol, además de tener que desmentir rumores pueblo por pueblo para explicar que aquella intervención beneficiaba a los jornaleros de la zona.

Codorníu, a la derecha con un sombrero en la mano, supervisando una plantación en la Fiesta del Árbol en Espinardo (Murcia) en 1906.

Murió en 1923 sin llegar a ver el resultado final de su obra; había pedido que lo convirtieran en un pino plantado en la sierra, mirando hacia la Cartagena donde nació. Hoy el centro de visitantes del parque lleva su nombre y el vivero de Huerta Espuña sigue en funcionamiento. El reto no ha desaparecido con el paso de los años.

En la Región de Murcia se reforestan actualmente unas 50 hectáreas al año, una cifra modesta frente a los incendios que han golpeado la zona en los últimos meses, incluido uno reciente en marzo. El bosque que Codorníu imaginó con escopeta y mula sigue necesitando, 135 años después, la misma vigilancia constante que exigió entonces.

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