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Un ganadero de Cádiz explica cómo se las apañan para hacer una radiografía a un toro bravo de 500 kilos

El toro bravo antes de ser radiografiado. © Instagram

Hacer una radiografía a una persona resulta relativamente sencillo, si obviamos las largas listas de espera de la Seguridad Social. Conseguirla de un toro de lidia de alrededor de 500 kilos, criado en campo abierto y al que no es posible acercarse como a cualquier otro animal doméstico, obliga a desplegar todo un operativo en mitad del campo para poder meterle mano. Así que… ¿cómo se hace? Un vídeo difundido en redes sociales por la ONG Cultural Joselito «El Gallo» muestra cómo se las apañan para hacerlo en la ganadería Torrealta, ubicada en Medina Sidonia (Cádiz).

Las imágenes permiten conocer desde dentro uno de esos trabajos veterinarios que rara vez trascienden fuera de una ganadería. En este caso, el objetivo es averiguar qué lesión presenta uno de los toros en una extremidad. Pero antes de pensar siquiera en sacar la máquina de rayos X hay que resolver un pequeño inconveniente: acercarse al paciente sin que el paciente decida acabar prematuramente con la consulta.

Una máquina de radiografías en mitad del campo

«¿Sabías que a los toros también se le hacen radiografías? Hoy os contamos cómo lo hacemos. El primer paso es dormir al paciente. Si no, es imposible acercarse», explican en el vídeo. Y no parece necesario dar muchas más explicaciones. Con un toro bravo de semejante tamaño, aquello de pedirle que apoye la pata y permanezca inmóvil unos segundos no entra exactamente dentro de las opciones disponibles.

Una vez sedado, llega el turno de los primeros miembros del equipo, que se acercan con prudencia para comprobar que todo marcha según lo previsto. «Los primeros valientes se acercan al toro y comprueban que todo va según lo previsto. Se realiza el montaje de la máquina portátil de las radiografías. Y comenzamos. En el campo los utensilios son un poco rudimentarios», continúa la narración.

Y ahí empieza la parte más llamativa. Porque no hay una sala de radiología, una camilla hidráulica ni un toro dispuesto a colaborar con los veterinarios. Hay campo, un animal de media tonelada tumbado en el suelo y un equipo portátil que toca colocar como buenamente permiten las circunstancias. Algo bastante alejado de la imagen habitual que cualquiera tiene de una radiografía.

Los profesionales van situando el aparato alrededor de la extremidad dañada para obtener imágenes desde varios ángulos. Una sola fotografía del hueso no basta para saber exactamente qué ocurre. «Realizarlas en distintas posiciones nos da mucha más información sobre la lesión», explican en la grabación.

Así, moviendo la máquina y buscando diferentes proyecciones mientras el toro permanece sedado, los veterinarios consiguen hacerse una idea mucho más precisa del daño. Todo ello, además, sin tener que trasladar al animal a una instalación convencional, algo que en el caso de un toro bravo añadiría todavía más complicaciones a una situación que ya tiene unas cuantas.

El diagnóstico: una fractura de la primera falange

Después de colocar, mover, ajustar y repetir las radiografías llega por fin el momento de saber qué tiene el animal. Y el resultado no es precisamente una pequeña contusión. «El diagnóstico es fractura de la P1», señala la voz que acompaña al vídeo. La P1 es la primera falange o falange proximal, uno de los huesos de la parte inferior de la extremidad. Localizada la fractura, ya no quedan muchas más pruebas que hacer allí mismo. Toca recoger el improvisado equipo de radiología y devolver al paciente a la realidad.

«Toca despertar al toro. La única solución, esperar», explican en el vídeo mientras el animal comienza a recuperarse de la sedación. A partir de ahí entra en juego algo para lo que no hay máquina portátil que valga: el tiempo. Habrá que comprobar cómo evoluciona la fractura y si el hueso consigue consolidarse correctamente mientras el toro permanece en el campo.

El vídeo muestra así una escena que pocas veces ve el aficionado y que ayuda a entender hasta qué punto puede complicarse algo tan aparentemente cotidiano como hacer una radiografía cuando el paciente tiene cuatro patas, ronda los 500 kilos y pertenece a una raza seleccionada precisamente por su bravura.

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