La caída de Ÿnsect supone el final abrupto de uno de los proyectos más ambiciosos de la industria alimentaria alternativa en Europa. Durante años fue presentada como una solución sostenible para reducir la dependencia de la soja y la harina de pescado, pero la realidad económica acabó imponiéndose a un relato construido a base de expectativas y financiación.
La empresa francesa se convirtió en un símbolo del nuevo modelo agroindustrial impulsado desde Bruselas, alineado con los objetivos climáticos y la economía circular. Sin embargo, tras una década de actividad y una expansión acelerada, el proyecto no logró consolidar un mercado capaz de absorber sus costes.
La noticia de la liquidación judicial ha generado un fuerte impacto en el sector agroalimentario europeo, no solo por la magnitud del fracaso, sino por el volumen de dinero público comprometido y por el mensaje que deja sobre los límites del crecimiento basado en subvenciones.
Un gigante levantado a golpe de inversión
Ÿnsect llegó a captar más de 600 millones de dólares en financiación pública y privada. Entre sus apoyos figuraron fondos de impacto, grandes inversores institucionales y nombres mediáticos como la Coalición FootPrint impulsada por el actor Robert Downey Jr., que promocionó la compañía durante la Super Bowl de 2021.
Ese flujo constante de capital permitió a la empresa crecer a gran velocidad y levantar una estructura industrial descomunal. El problema fue que los ingresos nunca acompañaron al ritmo del gasto. En su mejor ejercicio, en 2021, la facturación apenas alcanzó los 17,8 millones de euros, una cifra insuficiente para sostener una maquinaria diseñada para escalar sin freno.
Para 2023, las pérdidas acumuladas superaban los 79 millones de euros. La proteína de insectos, especialmente en el sector de los piensos, no ofrece márgenes capaces de absorber procesos industriales tan caros, por muy verde que sea el discurso que los envuelve.
Una estrategia sin un mercado definido
Aunque el debate público se centró a menudo en el rechazo cultural al consumo de insectos, la alimentación humana nunca fue el eje real del proyecto. Desde sus inicios, Ÿnsect fue saltando entre la acuicultura, los piensos, la comida para mascotas y, de forma secundaria, el consumo humano.
Esa indefinición se acentuó en 2021 con la compra de la neerlandesa Protifarm. El entonces consejero delegado, Antoine Hubert, reconoció que ese segmento no superaría el 10–15% de los ingresos, justo cuando la empresa necesitaba volumen, estabilidad y precios competitivos.
La apuesta más arriesgada llegó con Ÿnfarm, una gigantesca planta en el norte de Francia presentada como la mayor granja de insectos del mundo. El proyecto consumió cientos de millones antes de demostrar su viabilidad, convirtiéndose en un lastre definitivo.
Cuando la economía real impone su ley
Los intentos de reconducir la situación llegaron tarde. Cambios en la dirección, cierres de plantas y despidos no lograron salvar una estructura pensada para un crecimiento que nunca se materializó. Finalmente, la empresa entró en liquidación y sus activos han salido a la venta.
Desde el ámbito académico, el profesor Joe Haslam, del IE Business School, resume el problema con claridad: «Europa financia ideas, pero fracasa sistemáticamente al industrializarlas», en referencia a otros proyectos fallidos como Northvolt, Volocopter o Lilium.
El desplome de Ÿnsect no implica necesariamente el final del sector, pero deja una advertencia clara. Ni el dinero público ni el discurso verde garantizan el éxito si el mercado, los costes y la demanda no encajan.
