El relevo generacional en el mundo cinegético suele analizarse desde estadísticas, encuestas o informes sociológicos. Sin embargo, pocas veces se escucha la voz directa de quienes, nacidos en plena era digital, han elegido la caza como forma de entender la naturaleza y su propio lugar en ella. Eso es precisamente lo que ha hecho Ignacio Gutiérrez Baiget, un joven de la generación Z que ha compartido con esta redacción una carta personal explicando por qué caza.
En su texto no habla de trofeos ni de cifras, sino de pasión, de esfuerzo y de una conexión con el campo que considera irrenunciable. Lejos de plantearlo como una afición más, Ignacio sitúa la actividad cinegética en el centro de su vida. Una idea que rompe con el estereotipo de una generación supuestamente desconectada del mundo rural y ajena a las tradiciones.
Una reflexión desde dentro
En su carta, el joven reconoce la dificultad de explicar qué significa la caza para él con palabras. Lo intenta desde la emoción, desde la experiencia personal y desde la certeza de que, sin ella, su vida no sería plena. Una afirmación contundente que conecta con una forma de entender el campo que muchos cazadores reconocen como propia.
A lo largo del texto insiste en que la caza no se reduce a disparar ni a colgar trofeos, sino que implica una conexión ancestral con la naturaleza, heredada de generación en generación. Una tradición que, según defiende, solo puede comprenderse plenamente desde dentro.
También reivindica el valor del esfuerzo, de los madrugones, del frío y de volver a casa sin piezas, pero con la satisfacción que solo da una jornada vivida con intensidad y respeto por el animal.
La generación Z también caza
El testimonio de Ignacio desmonta la idea de que los jóvenes viven de espaldas al mundo rural. Su mensaje conecta con otros muchos cazadores jóvenes que ven en la caza una forma de identidad, una manera de estar en el mundo y de relacionarse con la naturaleza desde el respeto y la responsabilidad.
Su texto demuestra que, más allá del debate social, existe una generación que sigue encontrando sentido en la caza libre, vivida como un modo de vida y no como un simple entretenimiento.
A continuación, reproducimos íntegramente la carta escrita por Ignacio Gutiérrez Baiget.
La carta completa
Un modo de vida
A veces me pregunto qué es exactamente para mí la caza, es difícil, casi imposible me parece, responder tal pregunta con meras palabras. Lo cierto es que no lo sé, es algo tan grandioso e importante para mí que cada vez creo con más firmeza que lo es casi todo. Últimamente me planteo qué sentido tendría mi vida sin la caza, y siempre llego a la misma conclusión, y es que no sé qué sería, pero estoy seguro de que no sería una vida plena. Creo que no me equivoco cuando digo que la mayoría de los cazadores sienten la misma pasión que tengo la inmensa fortuna de sentir yo, o al menos eso quiero creer. Los que, por suerte o por desgracia, me conocen, tienen la oportunidad de entender, hasta cierto punto, lo que en estas líneas trato de explicar.
Últimamente me planteo qué sentido tendría mi vida sin la caza, y siempre llego a la misma conclusión.
No se trata ni de lejos solamente de apretar un gatillo o de llenar la pared de trofeos. La caza implica mucho más que eso, implica una antiquísima y muy humana conexión con la naturaleza. La conexión más natural del hombre, la conexión que existe desde que existieron los primeros homínidos y que, gracias a Dios, ha pervivido hasta nuestros días. Jamás, por mucho que lo intentemos, una persona no cazadora será capaz de comprender al completo la inmensidad de la actividad venatoria. Una preciosa tradición que se transmite de padres a hijos, de tíos a sobrinos, de amigos a amigos… Un amor y una pasión por la naturaleza que, extrapolados a cualquier otra actividad, ganan por goleada en cuanto a intensidad y pureza.
Y es que, aunque los cazadores tengamos nuestras diferencias, hay algo que nos une con una fuerza indescriptible, y eso, querido lector, es esa pasión que nos lleva a vivir de esta manera tan difícil de explicar; madrugones en nuestros días de descanso, frío a más no poder, dinero invertido, y todo ello para, cuando se caza en condiciones justas para el animal, irse en la mayoría de casos con las manos vacías a casa, pero siempre con una felicidad y una tranquilidad que no se consigue en ningún otro lado. Y es que la dificultad y los retos, inevitables en la caza verdadera y pura, son lo que hacen a la caza ser lo que es.
Un amor y una pasión por la naturaleza que, extrapolados a cualquier otra actividad, ganan por goleada en cuanto a intensidad y pureza.
Aprovecho para referenciar al célebre escritor vallisoletano Miguel Delibes, el cual, en uno de sus tantos acertadísimos libros cinegéticos, expuso: «Si los hombres no midiéramos las cosas por su tamaño y sí por su dificultad, llamaríamos mayor a la caza de la perdiz y menor a la del elefante». Pues, ¿qué mérito tiene algo si no nos ha llevado ningún esfuerzo?
En resumidas cuentas, la caza es un modo de vida, una manera de entender la naturaleza, la vida, una manera de entenderlo todo. El humano lleva intrínsecamente el instinto cazador dentro de su propia naturaleza, es la actividad más gratificante que el hombre puede llevar a cabo, pues llevando carne a la mesa es como creo firmemente que el hombre se siente humanamente en plenitud. Por muchos años más de caza verdadera, de caza libre.
