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El olivo más antiguo de la península ibérica tiene 3.350 años y aún da aceitunas: nació hacia 1300 a. C.

El olivo más antiguo de la Península Ibérica.

Hay árboles que son historia viva, y este lo es de una manera que cuesta procesar. La Oliveira do Mouchão, un olivo que crece en el lugar de Cascalhos, en la parroquia de Mouriscas, dentro del municipio de Abrantes, lleva en pie más de tres milenios. La Universidad de Trás-os-Montes e Alto Douro (UTAD) lo dató en 3.350 años mediante un método científico no destructivo desarrollado específicamente para olivos veteranos, y desde entonces figura como el árbol más antiguo de Portugal y el olivo más longevo conocido de toda la Península Ibérica. El Instituto da Conservação da Natureza e das Florestas (ICNF) lo clasificó como Árbol de Interés Público en 2007 y lo incluye en su registro de Árboles Monumentales de Portugal.

Quien se acerque a Mouriscas, un pueblecito del centro de Portugal a solo 100 kilómetros de la frontera con España, encontrará un ejemplar de casi ocho metros de altura con un tronco de perímetro superior a seis metros y una base que supera los trece metros de circunferencia. El corazón del árbol está hueco, lo suficiente para que una persona pueda permanecer de pie en su interior. Ese hueco, lejos de ser una debilidad, es la marca de los siglos: la madera central se degrada, pero la corteza y el cambium siguen vivos, siguen empujando savia y siguen, año tras año, cuajando aceitunas. Produce dos variedades: una parte del árbol da aceituna galega, una de las más apreciadas en Portugal; la otra mantiene su origen bravio, más resistente. Esa dualidad tiene explicación histórica: el ejemplar es un olivo gallego injertado sobre un pie silvestre, una técnica que los fenicios introdujeron en la Península hace más de dos mil años.

Cómo se data un árbol sin corazón

El método clásico de datación de árboles consiste en contar los anillos de crecimiento del tronco. Con un olivo milenario eso es imposible: el interior está hueco o tan degradado que no quedan anillos legibles. El investigador José Luís Lousada, del Departamento Forestal de la UTAD, tardó cinco años en desarrollar y depurar un sistema alternativo basado en modelos matemáticos que relacionan la edad estimada con parámetros medibles del tronco: diámetro, altura, perímetro a distintas alturas y geometría general del fuste. El método, registrado como patente portuguesa (NP 104183), no requiere extraer muestras ni dañar el árbol. Lousada aplicó el certificado a la Oliveira do Mouchão el 28 de septiembre de 2016, y la cifra resultante fue 3.350 años. Algunos medios han manejado estimaciones superiores, de más de 3.700 años, pero la referencia académica oficial sigue siendo la de la UTAD. Como toda estimación en árboles con corazón ausente, el resultado incorpora márgenes de incertidumbre; lo que no admite duda es que estamos ante un ejemplar extraordinario.

El mundo que vio nacer este árbol

Si tomamos la datación de la UTAD como referencia, el árbol echó raíces en torno al año 1325 antes de Cristo. Era plena Edad del Bronce Final en la fachada occidental de la Península Ibérica. La región del Tajo medio estaba entonces poblada por comunidades agroganaderas que ya conocían la metalurgia, trabajaban el bronce y modelaban un paisaje que empezaba a parecerse, muy de lejos, al que hoy reconocemos. No había ciudades, no había escritura en estas latitudes, no había los pueblos prerromanos que la historiografía posterior identificaría con nombres propios. Los lusitanos, los vettones y los demás pueblos del occidente peninsular que Roma encontraría siglos más tarde son hijos de la Edad del Hierro, del primer milenio antes de Cristo: llegaron después, cuando este olivo ya llevaba varios siglos dando aceitunas a orillas del Tajo.

Eso no significa que el árbol no los conociera. Si la datación es correcta, la Oliveira do Mouchão fue testigo de la llegada de los fenicios a la costa atlántica, de la expansión de los pueblos indoeuropeos por el interior peninsular, de la consolidación de los lusitanos como pueblo guerrero que resistió a Roma durante décadas bajo el mando de Viriato, y de la posterior romanización que transformó toda la cuenca del Tajo. Sobrevivió a visigodos, a la llegada del islam, a la Reconquista, a los siglos medievales y a la expansión atlántica portuguesa. Cada una de esas épocas dejó huella en el paisaje que rodea Mouriscas; el árbol las atravesó todas sin moverse.

El nombre que lleva hoy tiene un origen más reciente y más humilde: a principios del siglo XX, los pescadores de la zona se reunían bajo sus ramas al comienzo de la temporada de pesca antes de bajar al Tajo a disputarse el mouchão, la isleta de arena donde estaba el mejor puesto de pesca. El árbol más antiguo de la Península lleva el nombre de una costumbre de pescadores de hace cien años. Hay algo muy ibérico en eso.

Un patrimonio que estuvo a punto de perderse

La historia de la Oliveira do Mouchão incluye un episodio que da vértigo: el árbol estuvo a punto de acabar convertido en leña. Formaba parte de un pequeño olivar privado, fue donado a la iglesia como pago de una promesa y más tarde salió a subasta. Nadie sabía entonces lo que tenía delante. Fue la clasificación como Árbol de Interés Público en 2007 la que le dio protección legal y visibilidad. Antes de esa intervención, las raíces estaban al aire, la base era una cavidad abierta donde la gente se refugiaba de la lluvia o jugaba a las cartas, y el suelo alrededor estaba compactado por el paso de personas y animales. Los técnicos del ICNF recomendaron construir un muro perimetral a la altura de la copa y rellenar con tierra fresca para cubrir las raíces expuestas. Esa intervención, sencilla en apariencia, fue decisiva para la salud del árbol.

En 2020 quedó segundo en el concurso nacional portugués Árbol del Año, y en 2022 fue candidato al concurso europeo. La región de Mouriscas tiene además una tradición viva ligada al aceite: sobrevive allí una fábrica que aún produce seiras y capachos, los útiles de los antiguos lagares. El olivo más antiguo de la Península no es solo un ejemplar botánico singular; es el eje de una cultura rural que sigue en pie.

Para quien recorra el monte ibérico con ojos de gestor o de cazador, árboles como este son referencias del paisaje que van mucho más allá de la botánica. Un olivo milenario crea microhábitat: su tronco hueco da cobijo a aves insectívoras, murciélagos y pequeños mamíferos; su copa densa ofrece sombra y refugio; su fruto alimenta a tordos, zorzales y otras especies que cualquier cazador conoce bien. Son piezas del mosaico mediterráneo que no se improvisan ni se reponen: cuando desaparecen, tardan siglos en ser sustituidos, si es que alguna vez lo son. Cuidarlos es, también, gestión de monte.

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