Los perros no solo han sido compañeros del ser humano durante milenios, sino que su relación podría remontarse mucho más atrás de lo que la ciencia había establecido hasta ahora. Una nueva investigación sitúa su presencia junto a los humanos hace casi 16.000 años, en pleno Paleolítico superior, reescribiendo así parte de la historia de la domesticación animal.
Durante décadas, los científicos habían fijado en unos 10.900 años la antigüedad de los primeros perros domésticos. Sin embargo, el análisis genético de restos fósiles está cambiando por completo ese marco temporal. Las nuevas evidencias no solo amplían el origen de esta relación, sino que también arrojan luz sobre el papel que pudieron desempeñar estos animales en las primeras sociedades humanas.
El hallazgo parte de dos estudios publicados en la revista Nature, en los que equipos internacionales han analizado ADN extraído de restos de cánidos del Paleolítico. Esta metodología permite diferenciar con mayor precisión entre lobos y perros, algo que hasta ahora suponía uno de los principales obstáculos en este tipo de investigaciones.
Un cachorro de hace 15.800 años cambia todo
Uno de los descubrimientos más relevantes procede de un fragmento de cráneo hallado en Pinarbasi, en la actual Turquía. Según los investigadores, pertenece a un cachorro que vivió hace unos 15.800 años. «Este perro vivió hace 15.800 años en Pinarbasi, en la actual Turquía, en Anatolia central. Su ADN procede de un fragmento de cráneo. Probablemente se parecía a un pequeño lobo. Era una cría de unos pocos meses, probablemente hembra», describe Laurent Frantz, de la universidad Ludwig Maximilian de Múnich.
Este hallazgo supone la evidencia genética más antigua conocida hasta la fecha y adelanta en unos 5.000 años la presencia de perros junto a los humanos. Además, los científicos han identificado restos similares en diferentes puntos de Europa, como Reino Unido, Alemania, Italia o Suiza, lo que indica que estos animales ya estaban ampliamente distribuidos entre las comunidades de cazadores-recolectores.
A pesar de ello, aún existen muchas incógnitas sobre su función. Los investigadores plantean que pudieron servir para la caza, la vigilancia o incluso como apoyo emocional, aunque no en el sentido actual. «No sabemos exactamente cuál era el papel de estos perros. ¿Cazar, servir de alarma…? También se puede suponer que existía un vínculo entre las personas y sus perros, especialmente los niños», añade Frantz.
Un vínculo más antiguo y sin migraciones
El segundo estudio profundiza en el origen de estos animales mediante el análisis de más de 200 genomas de cánidos antiguos. Sus conclusiones apuntan a que los perros que acompañaron a los primeros agricultores europeos ya descendían directamente de los que convivían con los cazadores-recolectores miles de años antes. Este dato resulta especialmente llamativo porque rompe con el patrón observado en los humanos. Mientras que la expansión agrícola implicó grandes migraciones y mezclas genéticas, en los perros no ocurrió lo mismo. «Esa fue la gran sorpresa», explica el biólogo Anders Bergström.
Todo apunta a que la diferenciación entre los perros europeos y asiáticos se produjo antes de la llegada de la agricultura y probablemente fuera del continente europeo. Aun así, los científicos reconocen que todavía falta una pieza clave para completar el puzzle. «El origen de los perros -probablemente una mezcla de dos tipos de lobos grises- sigue siendo un misterio fascinante», afirma el genetista Pontus Skoglund.
La investigación abre nuevas vías para comprender cómo se forjó uno de los vínculos más antiguos entre especies. Y aunque el origen exacto siga sin resolverse, lo que sí parece claro es que la relación entre humanos y perros es mucho más profunda y antigua de lo que se pensaba.
