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Un padre y su hija van a una humilde montería de jabalí en un puesto muy difícil y se llevan una sorpresa

Padre e hija e imagen del cortadero donde cazaron los cuatro jabalíes.

Las monterías de pueblo siguen siendo, en muchos rincones de España, el reflejo más fiel de la caza mayor tradicional. Jornadas organizadas con medios modestos, precios contenidos y puestos donde no hay margen para la relajación, pero que de vez en cuando dan bonitas sorpresas. Ese fue el escenario en el que se desarrolló esta montería celebrada el 7 de diciembre en la finca Cinta Centinela, en el municipio cordobés de Valsequillo, con un precio de 280 euros por puesto, y en la que participaron Sandra Morales y su padre Ramón. Monte cerrado, cortaderos estrechos y visibilidad muy limitada marcaron una jornada en la que cada lance exigía atención constante y rapidez de reacción.

Un puesto sucio y exigente desde el primer momento

El puesto que ocuparon padre e hija no era precisamente agradecido. «Era un puesto muy sucio, de cortadero y sin apenas visibilidad. Había que estar muy atento y fino», explica la cazadora a Jara y Sedal. Nada más colocarse comenzaron a notar movimiento en el monte, aunque los primeros animales no rompieron por su postura.

La situación cambió con la suelta de los perros. Las realas empezaron a apretar y los jabalíes (Sus scrofa) comenzaron a buscar salida por los cortaderos. «Cuando soltaron los perros, uno de los primeros lances fue el nuestro», relata. Una cochina salió al cortadero y les ofreció la primera oportunidad de la mañana. Una oportunidad que no dejaron escapar.

Poco después, otro jabalí apareció prácticamente pegado al cortadero, sin llegar a cruzarlo, y fue abatido por su padre. La montería seguía avanzando y, tras un cambio de colocación dentro del mismo puesto, llegaron nuevas oportunidades. «Hasta que mi padre me cambió el sitio y el siguiente ya lo pude tirar yo», explica. El balance final fue de cuatro jabalíes abatidos entre los dos, en una mañana intensa y bien aprovechada.

Padre e hija con el resultado de la montería. © JyS

El equipo empleado en una montería de cortadero

En cuanto al material utilizado, la cazadora portaba un Remington del calibre .30-06, mientras que su padre utilizaba un Browning del .300 Win. Mag. En este tipo de puestos cerrados, la óptica no era imprescindible. «En este tipo de puesto no hacía falta visor, aunque mi padre siempre lo lleva», señala.

La dificultad no estaba tanto en el equipo como en la colocación, la rapidez del lance y la capacidad de interpretar por dónde podía romper la res, algo habitual en monterías de monte espeso y sin grandes tiraderos.

Una afición compartida desde la infancia

La historia tiene además un marcado componente familiar. La protagonista explica que su vínculo con la caza viene de muy lejos. «Desde muy pequeñita. No dormía por la noche de antes por si no me levantaba mi padre para ir a cazar», recuerda.

Con 14 años se sacó el permiso de armas y comenzó a cazar con una repetidora del calibre 20, con la que estuvo hasta los 28 años, acudiendo incluso a monterías. Más tarde, su padre le regaló el rifle con el que caza actualmente, consolidando una afición compartida durante toda una vida.

Hoy, ya como madre de dos hijas, sigue encontrando en el campo un espacio propio. «La caza para mí, aparte de un hobby, es paz y tranquilidad. El estrés del día a día me lo quita el campo», concluye. Una jornada sencilla que resume a la perfección lo que siguen representando muchas monterías de pueblo: tradición, familia y caza vivida desde dentro.

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