Hay una frase que circula año tras año entre cazadores, blogs cinegéticos y páginas de citas literarias, y que resume mejor que ninguna otra el porqué del amor del escritor vallisoletano al monte. Se atribuye sin excepción a Miguel Delibes, y aparece reproducida lo mismo en recopilaciones de pensamiento como en páginas o blogs con textos cinegéticos, condensando en una sola línea su idea de la caza como algo anterior a cualquier justificación deportiva.
Un pensamiento que encaja con toda su obra
La frase condensa, mejor que ninguna otra, la idea central de Delibes: la pérdida de contacto con la naturaleza, la desconexión de la sociedad urbana respecto al campo y la certeza de que salir a cazar responde a un impulso más antiguo que cualquier justificación deportiva o alimentaria.
Delibes no escribió sobre caza como quien añade una temática más a sus novelas. La caza fue, en su propia definición, el terreno donde aprendió a hablar como los castellanos de los pueblos, y de ese aprendizaje salieron personajes que van del protagonista de Las ratas al señor Cayo de El disputado voto. En Diario de un cazador (1955), la obra con la que ganó el Premio Nacional de Literatura, Lorenzo —un bedel de instituto— cuenta su vida y sus domingos de caza con un lenguaje popular que convirtió el libro en referencia de toda una generación de lectores ligados al medio rural.
A partir de ahí llegó una producción cinegética extensa: La caza de la perdiz roja (1963), El libro de la caza menor (1964), Con la escopeta al hombro (1970) —que él mismo definió, en el prólogo de esa obra, como una liberación de «los condicionamientos que rigen el resto de mi actividad literaria»—, La caza en España (1972) y Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (1977).
A ellos se suman Las perdices del domingo (1981) y El último coto (1992), este último ya con la mirada puesta en el deterioro de la actividad que había conocido de joven: la masificación, el furtivismo y la pérdida de hábitats. Y es que Delibes fue un cazador activista que se adelantó a su tiempo al reflejar en sus libros el estado y la evolución del campo, la naturaleza y la caza en España. Quien quiera profundizar en este catálogo puede consultar el repaso de diez libros de Delibes relacionados con la caza y el campo que recoge Jara y Sedal, o la selección más breve de seis obras cinegéticas esenciales del escritor publicada con motivo de su centenario.
Biología, ética y literatura: tres capas de la misma defensa
Lo interesante de esta frase es, además, que condensa tres capas del pensamiento de Delibes sobre la caza documentadas de forma independiente. Hay una capa biológica: la idea de que el ser humano lleva inscrito un impulso hacia el monte que la vida urbana ha ido apagando, algo que reaparece en distintas entrevistas y prólogos suyos sobre el placer físico de cazar. Hay una capa literaria: la caza como fuente de personajes, de vocabulario y de situaciones narrativas, que él resumió con una fórmula ya clásica sobre no ser un escritor que caza, sino al revés.
Y hay una capa ética, la más pública de las tres, que formuló en su discurso de ingreso en la Real Academia Española el 25 de mayo de 1975, titulado El sentido del progreso desde mi obra y editado después como libro con el título Un mundo que agoniza. En ese texto defendió sin rodeos que «todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo cuanto signifique alterarlo esencialmente es retroceder», según recoge la propia Real Academia Española en su portal de obras académicas. Ya entonces, tres décadas antes de su muerte, Delibes llevaba abandonada la caza mayor por convicción propia, aunque siguió defendiendo la sostenibilidad de la caza menor tradicional frente a la cría intensiva en granjas, una distinción que sigue siendo relevante para cualquier debate actual sobre gestión cinegética.
De Valladolid al campo, sin salir del periodismo
Nacido en Valladolid en 1920 y fallecido en la misma ciudad en 2010, Delibes construyó su relación con el campo desde una biografía que mezcló periodismo y literatura casi sin costuras. Dirigió El Norte de Castilla, el periódico donde antes había sido columnista, y ese oficio le dio el mismo instrumento que después usó en sus novelas: la atención al detalle, al habla concreta de la gente y al paisaje que la rodeaba. La caza, para él, no fue una afición aparte de esa mirada periodística, sino la puerta de entrada a una Castilla que de otro modo no habría conocido con la misma profundidad: las cuadrillas de los domingos, los perros, los pueblos pequeños y sus costumbres alimentaron tanto sus artículos como sus novelas.
De ese contacto salió una obra que no romantizó el campo ni escondió su dureza. Escribió sobre pobreza y abandono rural con la misma convicción con la que defendió la riqueza cultural de los pueblos castellanos, y esa doble mirada —crítica y afectuosa a la vez— es quizá lo que mejor explica por qué esta frase sobre el placer de salir al monte sigue sonando tan suya.
Un pensamiento que el sector cinegético sigue citando
Casi dieciséis años después de su muerte, la figura de Delibes continúa siendo un referente para el mundo rural y cinegético español, y no solo en círculos literarios. Perfiles de organizaciones de caza en redes sociales lo recuerdan con frecuencia como pionero de una defensa de la naturaleza «basada en el respeto», y asociaciones y colectivos cinegéticos reivindican su figura como la de alguien que unió sin contradicción el amor por el campo, la defensa de las especies y el ejercicio de la caza tradicional. Para el cazador de hoy, esa vigencia no es solo nostalgia literaria: en un momento en que la actividad cinegética afronta debates sobre gestión, sostenibilidad y percepción social, la figura de Delibes ofrece un argumento poco frecuente, el de alguien que defendió la caza tradicional y la conservación del medio natural como dos caras de la misma convicción, sin necesidad de elegir entre ellas. Esa doble lealtad explica en buena parte que esta frase siga reproduciéndose sin descanso.
