Hay una duda que muchos cazadores y aficionados al fototrampeo se hacen cuando llegan al campo y eligen un árbol en un paso querencioso para los animales: ¿a qué altura coloco la cámara? Algunos la sitúan a la altura de su cabeza, otros en lo más alto de tronco para tratar de que los amigos de lo ajeno no la vean… Y no falta quien la coloca donde mejor encuadra el paso, sin pensar demasiado en los centímetros exactos.
Lo que hasta ahora parecía un detalle menor acaba de dejar de serlo. Un estudio científico publicado en febrero de 2026 en la revista Remote Sensing in Ecology and Conservation, bajo el título «Knee height is often right: evaluating device height effects on camera trapping rate», demuestra que la altura influye de forma directa en qué animales detecta —y cuáles pasa por alto— una cámara trampa. No es lo mismo instalarla a 30 centímetros que a un metro. Y esa decisión, aparentemente trivial, puede cambiar de manera notable la imagen real de la fauna que se mueve por un coto.
Un estudio realizado en tres continents
El estudio ha sido liderado por investigadores del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC, centro mixto del CSIC, la Universidad de Castilla-La Mancha y la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha), en colaboración con universidades y organismos científicos de Suecia, Canadá y Sudáfrica. Durante su investigación, analizaron el efecto de la altura de colocación sobre la llamada “tasa de captura” (trapping rate), un indicador muy utilizado en ecología para estimar abundancia relativa, actividad y, en algunos casos, densidad de poblaciones.
Para ello no se limitaron a una prueba aislada, sino que reunieron datos de cinco experimentos realizados en cuatro biomas distintos de Europa, Norteamérica y África. En total, 172 puntos de muestreo en los que siempre se colocaron dos cámaras en el mismo lugar: una baja y otra alta. De este modo, cualquier diferencia en los resultados solo podía atribuirse a la altura, no al lugar ni al modelo del dispositivo.
El conjunto de datos incluyó 49 especies de vertebrados con un rango de pesos extremadamente amplio, desde pequeños mamíferos de apenas gramos hasta grandes ungulados y carnívoros de más de 400 kilos. En el gradiente aparecen especies bien conocidas por el cazador ibérico, como el ciervo (Cervus elaphus), el jabalí (Sus scrofa) o el corzo (Capreolus capreolus), junto a especies de menor tamaño y también aves terrestres.
Los investigadores compararon cuántos eventos registraba cada cámara en función de su altura y del tamaño corporal de la especie. Además, analizaron si las detecciones se producían solo en la cámara baja, solo en la alta o en ambas a la vez. El diseño estadístico fue robusto y permitió evaluar con claridad la interacción entre altura y peso del animal.
La conclusión principal es contundente: la altura importa, y mucho. Las cámaras bajas registran significativamente más eventos de especies pequeñas y medianas. Las cámaras altas, en cambio, tienden a rendir mejor con animales grandes. Y ese patrón no es anecdótico, sino consistente en distintos países, hábitats y comunidades faunísticas.
El estudio subraya además un aspecto clave para la gestión: si se modifica la altura de las cámaras entre campañas o entre zonas, los cambios en la tasa de captura pueden deberse a esa variación metodológica y no a un cambio real en la abundancia de la fauna. En otras palabras, un simple ajuste de centímetros puede simular una bajada o subida poblacional inexistente.
El punto crítico de los 50 kg
Uno de los hallazgos más interesantes es la identificación de un umbral aproximado en torno a los 50 kilogramos de peso corporal. Por debajo de esa cifra, las cámaras bajas (situadas entre 20 y 50 centímetros del suelo) muestran una clara ventaja en número de detecciones. Por encima, esa ventaja se reduce progresivamente y, en especies muy grandes, la cámara alta empieza a ofrecer mejores resultados.
El efecto se hace especialmente evidente a partir de los 100 kilos. En ese rango, que incluye grandes ungulados y carnívoros de tamaño considerable, las cámaras elevadas tienden a registrar más eventos que las colocadas a ras de suelo.
Este patrón tiene lógica biológica. Los animales pequeños se mueven más pegados al terreno, activan con mayor facilidad sensores situados a baja altura y pueden quedar fuera del campo de detección de dispositivos elevados. Por el contrario, los grandes ungulados o carnívoros presentan mayor volumen corporal y altura de cruz, por lo que encajan mejor en el ángulo de detección de cámaras instaladas más arriba.
Además, el análisis de detecciones simultáneas revela otro detalle significativo: las especies pequeñas aparecen con mucha frecuencia solo en la cámara baja, mientras que las grandes son más propensas a quedar registradas por ambas cámaras o incluso exclusivamente por la alta. Es decir, una cámara elevada puede “perder” una parte importante de la actividad de fauna menor.
Implicaciones para caza menor vs mayor
Para el gestor cinegético, esta información es una herramienta práctica porque la altura se convierte en un filtro. Si el objetivo es hacer seguimiento de fauna mayor —corzos (Capreolus capreolus), jabalíes (Sus scrofa), ciervos (Cervus elaphus), gamos (Dama dama), muflones (Ovis orientalis musimon)— y también grandes predadores como el lobo (Canis lupus) o el oso (Ursus arctos), elevar la cámara puede ayudar a reducir la cantidad de registros de especies pequeñas que no interesan para ese propósito concreto. Menos fotos de conejos, menos activaciones por aves terrestres, menos horas revisando tarjetas saturadas de fauna secundaria.
En cambio, si el interés se centra en caza menor o en mesofauna —perdiz roja (Alectoris rufa), becada (Scolopax rusticola), conejo (Oryctolagus cuniculus), liebre ibérica (Lepus granatensis), meloncillo (Herpestes ichneumon)— colocar la cámara demasiado alta puede suponer perder información valiosa. El estudio demuestra que las cámaras elevadas tienden a fallar con mayor frecuencia en la detección de especies pequeñas y medianas.
De este modo, la altura no solo afecta a la cantidad de fotos, sino al perfil de fauna que aparecerá en ellas. Bien utilizada, permite dirigir el esfuerzo hacia el grupo de interés y reducir el “ruido” en los datos.
La altura de la rodilla, la mejor
A la luz de los resultados, la recomendación general para inventarios amplios o seguimientos multiespecie sigue siendo la clásica “altura de rodilla”, es decir, en torno a 30–50 centímetros del suelo. Ese rango ofrece el mejor equilibrio para detectar tanto especies pequeñas como medianas y grandes.
Si el objetivo es priorizar fauna mayor y minimizar registros de menor tamaño, puede ser útil subir la cámara por encima de ese estándar, ajustándola a la altura media del hombro de la especie objetivo cuando se busquen imágenes más completas o identificaciones individuales.
Y, como siempre en el monte, conviene no olvidar la experiencia práctica. Una cámara demasiado baja queda al alcance de la curiosidad —y la dentadura— de ciertos animales. En la redacción de Jara y Sedal sabemos bien que un jabalí (Sus scrofa) puede convertir en chatarra un dispositivo colocado a su altura. Además, cuanto más accesible y visible sea, mayor será el riesgo de robo. Protegerla con caja metálica, cable de acero o sistemas antirrobo puede resultar muy útil.
