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La caza, el motor esencial de la vida

Dos leones dando caza a un búfalo. © Shuttestock

Edmond Husserl (1859-1938), uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, propuso el método fenomenológico como modo de alcanzar la esencia de las cosas, a la que llamó reducción eidėtica.

Propone como forma correcta de aproximarse a la realidad aplicar la suspensión fenomenológica, que consiste en hacer mera descripción de lo observando, es decir, no es un método dialéctico pues ni valora, ni interpreta –eso contaminaría la observación–, simplemente la describe. Un fenomenólogo no somete a crítica lo que ve, no interviene, hace una suspensión de juicio reinterpretando la epojé de sabio escéptico que, consciente de la imposibilidad de conocer la verdad, sencillamente no se posiciona.

Aplicado a la caza el método fenomenológico el curioso observador que les escribe deduce que su sentido natural es ser el perpetum mobile sobre el que descansan los sistemas biocenóticos de este planeta, donde para que estos no colapsen unos seres vivos deben apoderarse de otros por la fuerza, matarlos y utilizar sus cuerpos como combustible. Así pues, lo que definimos como caza, fenomenológicamente, es una actividad dialéctica, natural, de totalidad distributiva por la cual en ser vivo mata a otro y se alimenta de él

Lo que olvida la corrección política es que esta sofisticada armonía natural, esta perfecta y engrasada maquinaria se mantiene por la prosaica vía digestiva. El lobo sólo es cordero digerido.

Peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos en todas sus posibles combinaciones están en permanente dialéctica a través de la caza, donde su esencia –reducción eidética– es que la sofisticada entropía de la presa se transforma en combustible manteniendo con ello a su predador y el sistema. 

Diodoro Cronos, filósofo megárico del siglo IV a. C. fue el primero en circunscribir la posibilidad a la existencia. Es decir, en este mundo sólo es posible lo que existe o ha existido. La Tierra ha sufrido cinco grandes extinciones: Orvídico, Devónico, Pérmico, Triásico y Cretácico. La vida desaparece o disminuye periódicamente por distintas circunstancias, pero vuelve a resurgir repitiendo su inicial modelo heterótrofico.

Es decir, nuestro planeta es un planeta caza. En el Jurásico, el T. Rex predaba sobre Ceratópsidos y Alosaúridos con la misma finalidad que 60 millones de años después lo hace el león sobre cebras o antílopes: ¡alimentarse! La caza se rebela así como el motor esencial de vida.

Lo que olvida la corrección política es que esta sofisticada armonía natural, esta perfecta y engrasada maquinaria se mantiene por la prosaica vía digestiva. El lobo sólo es cordero digerido. La caza es vida, lo que implica una muerte necesaria en un inexplicable carrusel cuyos principios y propósitos nos desbordan.

       
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