Icono del sitio Revista Jara y Sedal

Un joven ingeniero agrícola encuentra una ingeniosa salida para la lana que los ganaderos no pueden vender: usarla en cultivos para producir más con menos agua

Raoul Ferrer en una imagen tomada durante el desarrollo de su estudio.

Durante siglos, la lana formó parte de la economía más elemental del mundo rural. Se esquilaba, se vendía y servía para completar los ingresos de muchas explotaciones ovinas. Hoy, sin embargo, en demasiados pueblos se ha convertido en una carga más para el ganadero, que sigue obligado a esquilar sus ovejas por bienestar animal, pero que muchas veces no encuentra comprador para un material que antes tenía valor y ahora se acumula en sacas, naves y almacenes.

El problema es serio. En España se generan cada año más de 20.000 toneladas de lana, con comunidades como Extremadura, Castilla y León, Andalucía, Castilla-La Mancha o Aragón entre las grandes productoras. Pero el mercado se ha hundido hasta el punto de que algunas lanas ya ni siquiera se recogen porque no compensa el transporte, la manipulación ni los costes asociados. La lana merina, la de más calidad, llegó a pagarse antes de la pandemia a más de dos euros el kilo; hoy, según explicaba recientemente el lanero salmantino Juan Antonio Cuesta, apenas se mueve entre los 15 y los 20 céntimos.

En Macotera, en la provincia de Salamanca, Cuesta conserva uno de los pocos negocios laneros que siguen trabajando con lana española. Allí reconoce que acumula unas 570 toneladas, cuando en una situación normal debería tener entre 30 y 40. La pérdida del mercado chino, que durante años absorbió buena parte de la lana española, y la competencia de países como Australia, Nueva Zelanda o Sudáfrica han dejado al sector en una situación límite: hay lana, hay ovejas y hay ganaderos, pero falta una salida rentable.

En ese escenario, una idea aparentemente sencilla ha empezado a llamar la atención de agricultores y técnicos: utilizar esa lana que nadie quiere como cobertura natural para los cultivos.

Una cubierta natural para proteger la tierra

Raoul Ferrer, ingeniero técnico agrícola y especialista en agricultura regenerativa, lleva varios años investigando el uso de lana de oveja como acolchado agrícola. La técnica consiste en colocar la fibra sobre el suelo, alrededor de las plantas o sobre las líneas de cultivo, para proteger la tierra del sol, conservar la humedad y reducir los cambios bruscos de temperatura que sufren las raíces cuando el suelo queda completamente desnudo.

Lo interesante de la propuesta es que no parte de una transformación industrial compleja ni de un producto artificial, sino de aprovechar las propias características físicas de la lana. Es una fibra porosa, deja pasar el aire y el agua, absorbe humedad, actúa como aislante térmico y, cuando se degrada lentamente, incorpora materia orgánica y nutrientes al suelo. En otras palabras, lo que para el ganadero se había convertido en un residuo sin salida puede comportarse en el campo como una protección natural frente a algunos de los grandes problemas de la agricultura mediterránea.

Ferrer decidió comprobarlo con ensayos en distintas parcelas y con sensores capaces de medir en tiempo real lo que ocurría bajo la cobertura. Su trabajo final de máster, titulado Estudi de l’ús de la llana com a material per a l’encoixinat del sòl analizó el comportamiento de la lana en olivos y lechugas, comparando suelos cubiertos con lana frente a suelos desnudos y registrando la evolución de la humedad, la temperatura y el desarrollo de los cultivos.

Olivos jóvenes con más vigor

Una de las pruebas se desarrolló en la finca Verd Camp Fruits, en Cambrils, donde Ferrer trabajó con olivos jóvenes plantados en octubre de 2023. Parte de las líneas de cultivo se cubrieron manualmente con lana, mientras que otras quedaron sin cobertura para poder comparar la evolución de las plantas en condiciones similares.

Los sensores mostraron que el suelo protegido con lana mantenía la humedad de manera más estable, especialmente durante los meses previos a los riegos intensivos de verano. También se apreció una menor oscilación térmica en la zona cubierta, algo especialmente relevante en árboles jóvenes, cuyo sistema radicular todavía se encuentra en fase de establecimiento y es más vulnerable a los extremos de calor y sequedad.

La diferencia no quedó solo en los datos de los sensores. Con el paso de los meses, los olivos que crecían con lana alrededor mostraron un desarrollo más vigoroso que los situados sobre suelo desnudo. La cobertura parecía ofrecer justo lo que necesita una planta joven en un clima cada vez más irregular: humedad más constante, menos agresión térmica y un suelo menos expuesto a la degradación.

Lechugas con menos agua en pleno verano

El ensayo más controlado se llevó a cabo en los campos de prácticas de la Escola d’Enginyeria Agroalimentària i de Biosistemes de Barcelona, en Castelldefels. Allí se prepararon dos bancales de lechuga con las mismas variedades, el mismo sistema de riego por goteo y condiciones de cultivo comparables. Uno se cubrió con lana y el otro se mantuvo sin ningún tipo de cobertura.

Durante los primeros días, ambos bancales recibieron riegos de adaptación para favorecer el arraigo de las plantas. A partir de ahí llegó la diferencia. Entre el 9 de julio y el 2 de agosto, el bancal cubierto con lana no necesitó nuevos aportes de agua, mientras que el bancal desnudo tuvo que regarse en varias ocasiones para evitar que el suelo perdiera demasiada humedad.

Los sensores ayudaron a explicar lo que se veía en el campo. Bajo la lana, la humedad descendía poco a poco, de forma acompasada con el consumo del cultivo. En el suelo descubierto, en cambio, cada riego provocaba una subida rápida de humedad que desaparecía con mucha más velocidad por efecto de la evaporación. Lo mismo ocurría con la temperatura: mientras el suelo desnudo sufría variaciones más acusadas, la zona protegida con lana se mantenía dentro de un rango mucho más estable.

Esa estabilidad terminó reflejándose en la cosecha. Las lechugas cultivadas bajo la cobertura de lana alcanzaron mejores pesos en las dos variedades estudiadas, lo que permitió producir con menos riegos y, al mismo tiempo, obtener un desarrollo igual o superior al del bancal sin cobertura.

Almendros que crecen mucho más en apenas cuatro meses

Los resultados más llamativos llegaron después, en los ensayos realizados en almendro joven en Alcañiz, Teruel, donde Ferrer trabaja junto al Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón. En mayo de 2025 colocó lana alrededor de varios almendros jóvenes y dejó otros sin cobertura para comparar su evolución.

Cuatro meses más tarde, en septiembre, la diferencia era evidente. Los almendros protegidos con lana habían alcanzado un tamaño muy superior al de los que crecieron sobre suelo desnudo, pese a tratarse de la misma variedad, con el mismo suelo y el mismo régimen de riego. La variable que cambiaba era la presencia de esa cubierta natural alrededor de la planta.

En zonas áridas como esa, donde el suelo puede alcanzar temperaturas extremas durante el verano, la lana funciona como una barrera que protege la tierra del sol directo y ayuda a conservar la humedad disponible durante más tiempo. En plantaciones jóvenes, esa protección puede ser decisiva, porque no se trata solo de crecer más deprisa, sino de superar los primeros meses sin que la planta entre en estrés.

También responde cuando llega el exceso de agua

La investigación también dejó una conclusión interesante durante el segundo ciclo de lechuga, cuando las lluvias asociadas a la DANA de otoño de 2024 afectaron a la zona del Baix Llobregat. El bancal sin cobertura, con un suelo arcilloso y expuesto, quedó encharcado y después se compactó hasta formar una costra. El bancal cubierto con lana, en cambio, absorbió parte del exceso de agua y mantuvo una estructura más manejable.

Ese comportamiento es especialmente valioso porque la lana no solo parece útil cuando falta agua, sino también cuando llega de golpe. En periodos secos ayuda a conservar la humedad; en episodios de lluvia intensa, amortigua el exceso y lo va liberando de forma gradual. No sustituye a una buena gestión agronómica, pero puede convertirse en una herramienta sencilla para proteger el suelo frente a extremos cada vez más frecuentes.

El reto: llevarlo a grandes superficies

La principal dificultad está ahora en la escala. Colocar lana de forma manual puede funcionar en huertos, pequeñas parcelas, cultivos leñosos jóvenes o ensayos experimentales, pero no resulta viable si se pretende aplicar en grandes superficies agrícolas. Por eso Ferrer trabaja en el desarrollo de un manto de lana cruda mecanizado, con un formato similar al de otros acolchados comerciales, que pueda instalarse con maquinaria agrícola y competir en precio con alternativas como el biofilm.

Si ese paso se consolida, la repercusión podría ser importante para agricultores y ganaderos. Los primeros contarían con una cobertura natural, biodegradable y capaz de mejorar la eficiencia hídrica del cultivo. Los segundos podrían encontrar una salida para un material que hoy apenas tiene valor y que, en muchas explotaciones, representa más un problema que un ingreso.

La propuesta conecta así dos necesidades urgentes del campo español. Por un lado, la ganadería ovina necesita recuperar valor para uno de sus productos históricos. Por otro, la agricultura busca soluciones que permitan producir con menos agua, proteger el suelo y resistir mejor los golpes de calor, las sequías prolongadas y las lluvias torrenciales.

La lana, que durante años ha ido perdiendo sitio en el mercado, podría encontrar una nueva función precisamente donde nació: en el campo. Esta vez no para vestir a las personas, sino para cubrir la tierra, proteger las raíces y ayudar a que los cultivos salgan adelante en un clima cada vez más difícil.

Salir de la versión móvil