Con apenas 16 años, Aitor Yeves Resa ha vivido una de esas jornadas que cualquier cazador recuerda toda la vida. El pasado 29 de junio de 2026, durante un rececho en el coto de Higuera de las Dueñas (Ávila), consiguió abatir un corzo al que llevaba siguiendo desde hacía dos temporadas. No era un macho cualquiera. Su extraña cuerna, claramente defectuosa y muy desigual entre ambos lados, lo convertía en un ejemplar realmente singular y en un trofeo tan raro como difícil de olvidar.
No fue un encuentro fruto de la casualidad. Aitor conocía perfectamente a ese animal. Lo había visto en varias ocasiones durante la temporada anterior, aunque nunca llegó a presentarse la oportunidad de disparar. Desde entonces esperaba volver a cruzarse con él.
La ocasión definitiva llegó a finales de junio. Después de varios encuentros, el joven cazador pudo culminar su última intentona con éxito, poniendo fin a una espera que se había prolongado durante muchos meses.
Un corzo al que llevaba siguiendo desde el año pasado
El propio protagonista reconoce que el animal ocupaba un lugar especial entre los corzos que había observado en el coto abulense. «Lo vi el año pasado varias veces, pero no se presentó la ocasión de poder tirarlo. Y era un animal que llevaba tiempo siguiendo. Por suerte, este pasado 29 de junio de 2026 sí pude abatirlo después de varios encuentros. Fue una satisfacción poder abatirlo», reconoce.
La satisfacción fue doble cuando pudo examinar con detalle el trofeo. El macho presentaba una cuerna claramente asimétrica, con un desarrollo muy llamativo con múltiples puntas y unas grandes rosetas caídas, curiosidades que, aunque pueden producirse, no es frecuente encontrar y le añaden ese punto extra a un trofeo difícil de un animal probablemente de avanzada edad difícil de olvidar.
Un estreno inolvidable acompañado por su madre
Aitor afrontó este rececho utilizando un Benelli Argo calibre .30-06 Springfield, equipado con un visor Avistar 2,5-10×50 y munición Federal Fusion de 180 grains, un conjunto que le permitió disfrutar de este reto con eficacia.
Pero, más allá del aspecto cinegético, hay un detalle que convierte este lance en un recuerdo todavía más especial. El joven no estaba solo. Compartió la jornada con su madre, Marta Resa Blanco, también cazadora y socia del mismo coto, quien pudo vivir de primera mano uno de los momentos más importantes en la corta trayectoria venatoria de su hijo.
Para cualquier cazador, el primer gran trofeo suele ocupar un lugar privilegiado entre los recuerdos. En el caso de Aitor, además, ese primer gran corzo tiene un valor añadido. No solo representa el éxito de una espera de dos temporadas, sino también la culminación del seguimiento de un animal único cuya extraña cuerna difícilmente volverá a repetirse. Una pieza singular que permanecerá para siempre ligada a su estreno como cazador de corzos y a una jornada compartida con su madre en el campo abulense.
