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Los incendios de Guadalajara y Segovia vuelven a desbordar los medios de extinción: el campo lleva años advirtiendo del problema

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España vuelve a mirar con angustia hacia sus montes. El incendio iniciado en La Mierla (Guadalajara) continúa avanzando por la Sierra Norte tras arrasar unas 29.000 hectáreas, mientras que otro gran fuego declarado en Brieva (Segovia) ha obligado a evacuar ocho núcleos de población. Dos emergencias simultáneas que muestran hasta dónde pueden llegar las llamas cuando encuentran miles de hectáreas cargadas de combustible.

A primera hora de este martes, 21 de julio, el incendio de La Mierla seguía sin estar controlado y ya era considerado el más extenso registrado en Castilla-La Mancha. Su perímetro supera los 120 kilómetros y alrededor de 1.200 personas han tenido que abandonar sus casas desde que comenzó el fuego el pasado viernes. Las llamas han llegado a superar cortafuegos de 40 metros y, según los responsables del operativo, su comportamiento ha estado en varios momentos fuera de la capacidad de extinción.

Durante las últimas horas, el frente más próximo a Soria ha perdido intensidad, aunque se mantiene la alerta y continúan evacuados Barcones y una residencia de mayores de Retortillo. El fuego sigue amenazando un territorio castigado durante décadas por la despoblación y la desaparición progresiva de la ganadería y otros aprovechamientos tradicionales.

Ocho pueblos evacuados por el incendio de Brieva

La situación también es complicada en Segovia. El incendio de Brieva mantiene activado el nivel 2 del Índice de Gravedad Potencial y ha obligado a desalojar Tenzuela, Losana de Pirón, Carrascal de la Cuesta, La Cuesta, Aldeasaz, Berrocal, Caballar y Santo Domingo de Pirón.

En total, alrededor de 420 personas permanecen evacuadas y los vecinos de Pelayos del Arroyo han sido confinados. Las primeras estimaciones apuntan a unas 3.000 hectáreas afectadas, aunque se trata de una cifra todavía provisional. Varias carreteras provinciales han tenido que ser cortadas y decenas de medios terrestres y aéreos trabajan para intentar frenar el avance de las llamas.

A estos incendios se suma el declarado en Ejulve (Teruel), que ya afecta a alrededor de 1.100 hectáreas y ha obligado a evacuar Molinos y varias masías. La Unidad Militar de Emergencias se ha incorporado al dispositivo en una jornada marcada por una nueva ola de calor y un riesgo muy alto o extremo de incendios en buena parte del país.

Un monte que ya no se trabaja

Detrás de cada incendio hay un origen concreto que debe investigarse, pero su capacidad para transformarse en una emergencia de estas dimensiones depende también del estado en el que se encuentra el territorio. El abandono de cultivos, la desaparición del pastoreo, la pérdida de la extracción de leña y las dificultades para realizar desbroces y otros trabajos forestales han favorecido la acumulación de combustible.

Durante generaciones, buena parte de estos montes estuvieron atravesados por rebaños, vecinos, resineros, leñadores, agricultores y guardería rural. El aprovechamiento de sus recursos mantenía abiertas pistas, claros y zonas de discontinuidad que podían ralentizar el avance del fuego. Al desaparecer estas actividades, la vegetación crece sin control y conecta grandes superficies por las que las llamas pueden avanzar sin apenas obstáculos.

España cuenta con cerca de 28 millones de hectáreas forestales y esta superficie continúa aumentando, en buena medida por el abandono de terrenos agrícolas. Según los datos difundidos por Fundación Artemisan, cada año se incorporan alrededor de 150.000 nuevas hectáreas de superficie forestal, muchas de ellas sin una gestión posterior.

Cuando apagar el fuego ya no es suficiente

La combinación de temperaturas superiores a 30 grados, humedades inferiores al 30 % y vientos de más de 30 kilómetros por hora —la conocida como ‘regla del 3’»— puede convertir cualquier chispa en un incendio de comportamiento extremo. Si además existe una enorme continuidad de combustible vegetal, los medios de extinción pueden encontrarse ante frentes imposibles de atacar con seguridad.

Son fuegos capaces de propagarse a gran velocidad, generar focos secundarios a kilómetros de distancia e incluso modificar las condiciones atmosféricas de su entorno. La experiencia de La Mierla, donde el incendio ha conseguido avanzar a más de 60 metros por minuto y atravesar amplias líneas de defensa, demuestra que llega un momento en el que todos los recursos disponibles resultan insuficientes.

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Fundación Artemisan viene advirtiendo de que la política forestal española continúa demasiado centrada en la extinción. Según la entidad, cerca del 60 % de los recursos se destina a apagar incendios, frente a menos del 20 % dedicado a prevenirlos. Además, apenas una quinta parte de la superficie forestal española cuenta con instrumentos de ordenación.

Un nuevo Plan Forestal para recuperar los montes

La Fundación ya reclamó el pasado año la puesta en marcha de un nuevo Plan Forestal que facilite la gestión de los montes públicos e incentive la ordenación de los privados. También pedía revisar una normativa que, en determinados espacios protegidos, dificulta actuaciones preventivas como desbroces, podas, resalveos, pastoreo o quemas controladas.

En este trabajo también participa el sector cinegético. Las sociedades de cazadores y titulares de cotos invierten cada año alrededor de 54 millones de euros en medidas relacionadas con la prevención de incendios, entre ellas el mantenimiento de caminos y cortafuegos, podas, desbroces, vigilancia y mejoras forestales.

Los incendios de Guadalajara, Segovia y Teruel vuelven a recordar que la extinción resulta imprescindible, pero llega cuando el problema ya está ardiendo. Sin población, aprovechamientos tradicionales y una gestión continuada durante todo el año, los montes españoles seguirán acumulando el combustible que cada verano alimenta las llamas.

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