Hace ahora siete décadas, el invierno de 1956 dejó una cicatriz que todavía hoy se percibe en muchos pueblos del Bajo Aragón y el Matarraña. Durante casi un mes, el termómetro no dio tregua y el campo, sostenido en buena medida por el olivar tradicional, quedó devastado. Aquel episodio marcó un antes y un después en la economía rural y precipitó la marcha de cientos de familias hacia las grandes ciudades.
El 2 de febrero, día de la Candelaria, comenzó una de las olas de frío más intensas del siglo XX en España. El extinto Hoja del Lunes tituló entonces: «España, bajo la ola de frío más rigurosa del siglo». No era una exageración. Durante semanas se sucedieron tres entradas de aire polar continental de origen siberiano que hundieron las temperaturas por debajo de los -17 ºC en amplias zonas y dejaron máximas que no llegaron a superar los cero grados.
El fenómeno afectó a buena parte del país, pero golpeó con especial crudeza al Matarraña, al Bajo Aragón, Andorra-Sierra de Arcos y el Bajo Martín. Allí, el olivo no era solo un cultivo: era el sustento de miles de familias.
Un golpe letal para el olivar
El periodista y escritor Lluís Rajadell documentó en su libro 1956, l’any de la gelada las consecuencias de aquella invasión de aire helado. «Fue demasiado para un cultivo mediterráneo como el olivar, que se malogró para siempre. En el Matarraña el principal apoyo de la economía del pueblo desapareció de golpe. La consecuencia más penosa fue una oleada de emigración que redujo la población un 16% entre 1950 y 1960», explica.
No se trató de una helada puntual. La persistencia fue la clave del desastre. El Agente de Protección de la Naturaleza Fernando Zorrilla lo resume así en un artículo de opinión publicado en La Comarca: «Un periodo tan continuado con temperaturas tan extremas y tan bajas fue lo que produjo en muchos casos la muerte de muchas oliveras. Una helada excepcional no tiene por qué suponer un problema, estos árboles están habituados a tolerarlo, pero no por un tiempo tan prolongado».
Aquel febrero dejó lo que se conoció como ‘heladas negras‘, provocadas por masas de aire extremadamente seco que no siempre dejaban escarcha visible, pero cuyos efectos resultaron demoledores para frutales y cultivos. Murieron olivos centenarios y se perdió no solo la cosecha de ese año, sino el arbolado completo.
El éxodo que vació los pueblos
Con el olivar arrasado, muchas familias se enfrentaron a una decisión imposible: replantar y esperar hasta quince años para recuperar la producción o marcharse. En un sector primario poco diversificado y sin alternativas reales, la segunda opción terminó imponiéndose para muchos.
«Ante las circunstancias generadas, y aunque el tiempo jugaba en contra, muchos decidieron continuar en el campo y volver a empezar. Pero también, debido a la falta de trabajo, especialmente para jornaleros y pequeños agricultores, un importante número de familias bajoaragonesas optaron por trasladarse a las grandes ciudades, iniciando un éxodo en busca de oportunidades. Una de las consecuencias fue la progresiva despoblación de muchas localidades afectadas por las heladas y un paulatino abandono del medio rural», señala Zorrilla.
El régimen franquista intentó reaccionar con planes para sustituir la variedad empeltre por otras más resistentes dentro del llamado ‘Plan Teruel’, pero nunca llegaron a ejecutarse. El hielo ya había hecho su trabajo. El desarrollismo posterior aceleró una emigración que en estas comarcas se adelantó varios años.
Setenta años después, la gran helada de 1956 sigue considerándose la más importante del siglo XX en el arco mediterráneo. Un mes de frío extremo que no solo heló los campos, sino también el corazón de una tierra que perdió población, paisaje y una parte de su identidad.
