La ganadería extensiva no solo provee de alimentos y empleo al medio rural: también sostiene, literalmente, a uno de los grandes “equipos de limpieza” de la naturaleza. Un estudio liderado por el Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC–CSIC, UCLM, JCCM) ha colocado emisores GPS y acelerómetros a varios buitres leonados (Gyps fulvus) del norte de España para comprobar dónde y cuándo se alimentan. Y la sorpresa ha sido mayúscula: la mayor parte de la base de su dieta no está en los vertederos ni en los comederos artificiales –a los que también acuden–, sino en los pastos y explotaciones ligadas a la ganadería tradicional.
La importancia de esta cuestión va mucho más allá de la curiosidad científica. Los buitres cumplen un papel sanitario y ecológico clave: eliminan con rapidez cadáveres de animales domésticos y silvestres, ayudan a reducir el riesgo de transmisión de enfermedades y evitan costes y emisiones asociados a la retirada y destrucción de esos restos. Pero esa maquinaria natural depende de algo muy concreto: que existan recursos disponibles en el territorio y que el campo siga “funcionando”.
Un seguimiento milimétrico durante tres años
Para responder a una pregunta simple —¿qué comen de verdad los buitres y de dónde lo obtienen?— los investigadores equiparon a diez buitres leonados (Gyps fulvus) adultos con transmisores GPS y sensores de actividad. La combinación de posicionamiento y acelerometría permitió identificar miles de posibles eventos de alimentación y clasificarlos según el entorno en el que se producían.
El análisis distinguió cinco tipos de fuentes: pastos de montaña asociados a ganadería extensiva, explotaciones semi-extensivas, granjas intensivas, muladares (puntos de aporte controlado) y vertederos urbanos. Además, se dividió el año en fases del ciclo del buitre para ver si la dependencia cambiaba durante la reproducción: incubación y cuidados, cría y el periodo posterior.
El resultado es especialmente valioso porque no se basa solo en observaciones puntuales. Aquí se han acumulado datos continuos durante tres años completos, con miles de localizaciones, y con comprobaciones de campo para verificar que los puntos identificados correspondían realmente a restos consumidos por buitres.
El dato que lo cambia todo: el 64% llega del pastoreo
Los números dibujan un patrón muy claro: el 64% de los eventos de alimentación se produjo en sistemas ganaderos extensivos o semi-extensivos, con un peso especial de los pastos de montaña. Es decir: el alimento principal de esta población está ligado a la ganadería que aprovecha el territorio, con animales en el campo y recursos dispersos, naturales y menos “predecibles”.
En esas explotaciones, los buitres se alimentaron sobre todo de ovejas (Ovis aries) y caballos (Equus caballus), especies típicas de este modelo ganadero. En cambio, el 36% restante se repartió entre fuentes más artificiales: vertederos, comederos suplementarios y, en mucha menor medida, granjas intensivas. Estas últimas tuvieron un peso reducido y se asociaron casi exclusivamente a restos de porcino (Sus scrofa domesticus). La lectura es clara: cuando hay ganadería extensiva, el buitre encuentra alimento en el paisaje. Cuando ese paisaje se simplifica o se vacía, el buitre busca alternativas.
Incubación: cuando más importa el campo cercano
Uno de los hallazgos más relevantes aparece en la etapa de incubación, cuando los adultos deben permanecer más cerca de la colonia y tienen menos margen para desplazarse. En esos meses, el uso de vertederos y granjas intensivas disminuyó de forma notable. La alimentación se apoyó casi por completo en recursos cercanos, vinculados al territorio y al manejo tradicional del ganado.
Este detalle refuerza el argumento de fondo: las fuentes “artificiales” pueden ser accesibles en ciertos momentos, pero no reemplazan con la misma eficacia el mosaico de recursos que aporta la ganadería extensiva, sobre todo cuando la biología de la especie obliga a reducir distancias.
No todos se comportan igual: buitres “locales” y buitres viajeros
El trabajo también muestra que no existe un único “modelo” de buitre. Incluso dentro de la misma colonia hay diferencias: algunos individuos recurren más a recursos predecibles como vertederos, mientras otros dependen casi por completo del campo y de la ganadería extensiva o semi-extensiva.
Estas variaciones se relacionan con los movimientos. Los buitres que realizan desplazamientos largos terminan visitando con más frecuencia zonas donde la ganadería intensiva está más presente, mientras que los ejemplares más “locales” basan su alimentación en pastos y explotaciones tradicionales. Esa flexibilidad ecológica ayuda a la especie a adaptarse, pero también deja claro que no todas las fuentes de alimento son igual de seguras.
Vertederos e intensivo: una ventaja con riesgos
Comer en vertederos o entornos intensivos puede parecer una ventaja por la previsibilidad del recurso, pero el estudio recuerda los riesgos asociados: ingestión de residuos, exposición a fármacos veterinarios o sustancias tóxicas, y mayor probabilidad de problemas en paisajes humanizados con infraestructuras peligrosas.
Frente a eso, la ganadería extensiva ofrece algo difícil de replicar con medidas “parche”: alimento más natural, disperso, ligado a procesos ecológicos históricos y con menor dependencia de puntos concretos. Dicho de otro modo, sostiene al buitre y, a la vez, permite que el buitre siga prestando sus servicios al ecosistema.
El mensaje final es incómodo para quien mire la conservación solo desde el despacho: si cae la ganadería extensiva, no solo cae un modelo productivo. Cae también una red de equilibrio que sostiene biodiversidad, salud ambiental y especies clave como el buitre leonado.
