Mucho antes de que el debate sobre la caza se redujera a posturas enfrentadas y mensajes simplistas, Félix Rodríguez de la Fuente dejó por escrito una reflexión capaz de separar dos conceptos que a menudo se confunden. Para el naturalista burgalés, abatir una pieza no bastaba para convertir a alguien en cazador. La diferencia estaba en cómo se llegaba hasta ella.
Su mensaje apareció en el prólogo de la Enciclopedia de la caza, publicada por Editorial Vergara en 1967. Aquel texto, recuperado años después por su hija Odile Rodríguez de la Fuente, reunía buena parte de su pensamiento sobre la predación, la ética cinegética y el lugar que ocupa el ser humano dentro de la naturaleza.
Félix no hablaba como un observador ajeno al mundo venatorio. Había llegado al conocimiento de los animales siguiendo las sendas del cazador y encontró en la cetrería una de las grandes pasiones de su vida. Desde esa experiencia formuló una advertencia que continúa pasando de generación en generación: «No mates, caza. Porque no es lo mismo matar que cazar».
La diferencia entre conseguir una pieza y conquistarla
La frase no era un simple juego de palabras. En su prólogo, Félix explicaba que la caza debía exigir esfuerzo físico, inteligencia y capacidad para interpretar el terreno y el comportamiento de las especies. El valor de la jornada no dependía del número de animales cobrados, sino de todo cuanto el cazador había tenido que poner de su parte.
Una perdiz ganada después de ascender una ladera, un pato aguardado durante horas bajo el cierzo o una pieza conseguida tras estudiar cuidadosamente sus movimientos representaban para él una conquista más valiosa que decenas de animales abatidos con facilidad. La cantidad nunca podía sustituir al mérito ni al respeto por la presa.
Esta idea cobra especial sentido en una época en la que el éxito se mide con demasiada frecuencia mediante fotografías, cifras y resultados inmediatos. El pensamiento de Félix devuelve la atención a lo esencial: la dificultad, la incertidumbre, el conocimiento del campo y la aceptación de que muchas jornadas deben terminar sin apretar el gatillo.
También recordaba que el ser humano, situado en la parte superior de la pirámide de la vida, estaba obligado a respetar unas reglas. Cuando esas normas desaparecían y la muerte se convertía en el único propósito, dejaba de existir la caza tal y como él la entendía.
Un naturalista que conocía la caza desde dentro
Nacido el 14 de marzo de 1928 en Poza de la Sal (Burgos), Félix Rodríguez de la Fuente pasó buena parte de su infancia recorriendo el campo. Estudió Medicina y se especializó en Estomatología, aunque terminaría abandonando el ejercicio profesional para dedicarse a la cetrería, el estudio del comportamiento animal y la divulgación.
Su trabajo en radio y televisión cambió la forma en la que varias generaciones de españoles contemplaron la fauna. El hombre y la Tierra, emitida por TVE durante la década de los setenta, convirtió al lobo, al águila real, al azor o al lince en protagonistas de millones de hogares. En RNE dirigió La aventura de la vida, un programa que superó las 350 emisiones.
Ese conocimiento del depredador y de la presa explica que nunca presentase la caza como una actividad desligada de la naturaleza. La situaba dentro de ella, pero sometida a límites. Además de reclamar moderación al cazador, pedía respetar a las especies protegidas y alertaba sobre el daño irreparable que supondría hacer desaparecer cualquiera de ellas.
Un texto que continúa plenamente vigente
Odile Rodríguez de la Fuente recuperó el prólogo de su padre y lo definió como «un canto a la vida de gran altura y profundidad». Además, expresó su deseo de que sirviera de inspiración tanto a los cazadores como a quienes los juzgan sin matices. Décadas después, su reflexión conserva toda su fuerza porque no pretende justificar cualquier acción realizada bajo el nombre de la caza. Hace precisamente lo contrario: establece una frontera entre el cazador y quien únicamente busca matar. Una diferencia construida sobre el esfuerzo, la mesura y el respeto por la pieza.
Félix murió el 14 de marzo de 1980, el mismo día en que cumplía 52 años, al estrellarse en Alaska la avioneta en la que viajaba durante el rodaje de un episodio sobre una carrera de perros. Su legado audiovisual puede consultarse en el archivo de RTVE Play y sus programas radiofónicos en La aventura de la vida.
Entre todas las palabras que dejó, pocas condensan mejor su manera de entender el campo. No se trataba únicamente de cobrar una pieza, sino de merecerla: «No mates, caza».
