En muchos pueblos pequeños de Europa el abandono de terrenos agrícolas se ha convertido en una imagen habitual. Parcelas que durante décadas dieron fruta o alimento terminan cubiertas de maleza y sin uso. Eso era precisamente lo que ocurría en Clussais-la-Pommeraie, una localidad del oeste de Francia de apenas 560 habitantes, hasta que una familia decidió darle un giro completo al destino de una finca que llevaba años olvidada.
La familia Éprichard ha donado ese terreno agrícola al municipio con una condición muy concreta: que el espacio se convierta en un huerto comunitario abierto a todos los vecinos. La iniciativa, que ya ha comenzado a tomar forma, está despertando una enorme expectación entre los habitantes de esta pequeña localidad francesa.
El proyecto contempla la plantación de distintas variedades de árboles frutales y la creación de un espacio pensado no solo para producir fruta, sino también para convertirse en un punto de encuentro vecinal. El alcalde del municipio, Étienne Fouché, reconoció que al principio no aceptó la propuesta de inmediato debido al coste económico que suponía ponerla en marcha.
Finalmente, el Ayuntamiento decidió asumir el reto. Según han detallado distintos medios franceses y españoles, el desarrollo del huerto tendrá un coste aproximado de 10.000 euros, una inversión importante para una localidad de tamaño reducido.
Un huerto para compartir fruta y tiempo
Las primeras actuaciones ya se están llevando a cabo en la finca. En el terreno se han plantado cerca de cincuenta árboles frutales alineados donde antes apenas había vegetación útil. La intención del municipio es ampliar esa cifra hasta casi un centenar durante el próximo año.
Además de los árboles, el proyecto prevé incorporar flores, especies ornamentales y un seto campestre que delimite el espacio y ayude a protegerlo. La idea es que el lugar no sea únicamente productivo, sino también agradable para pasear o descansar durante el día.
El alcalde explicó cómo afrontarán los próximos años de trabajo: «Ahora los dejaremos crecer, vigilaremos las enfermedades, cuidaremos el suelo, y luego la gente vendrá a recoger sus propias manzanas para hacer mermelada o comerlas en rebanadas». Fouché también dejó claro que espera que el espacio se mantenga como un lugar cuidado y respetado por todos los vecinos. «Habrá una zona de relax, y espero que la gente respete este lugar», añadió.
Cuatro años de espera antes de la primera cosecha
Aunque la transformación del terreno ya es visible, todavía habrá que esperar bastante tiempo antes de ver resultados reales. Los responsables del proyecto calculan que pasarán alrededor de cuatro años hasta que puedan recogerse las primeras frutas. Pese a ello, la iniciativa ha sido recibida con entusiasmo entre los habitantes de Clussais-la-Pommeraie. Algunos vecinos ya imaginan el momento en el que puedan volver del huerto con fruta recién cogida de los árboles o preparar conservas caseras con productos del propio pueblo.
Uno de los residentes resumió así el sentir general: «Es un placer poder compartir esto con todos los vecinos del pueblo». Otro habitante destacó además el valor cotidiano del proyecto: «Es agradable poder hacer mermelada de vez en cuando y tener fruta directamente del árbol».
La propuesta se ha convertido en un ejemplo de cómo un terreno abandonado puede recuperar vida cuando detrás existe una idea colectiva. En una época marcada por el individualismo y el cierre de muchos servicios rurales, este pequeño municipio francés ha encontrado en un antiguo campo olvidado una nueva forma de hacer comunidad.
