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Ética, moral y caza

El autor, disparando con un rifle. © Ángel Vidal

Es frecuente que cada cierto tiempo surja un desencuentro en nuestra familia cazadora que provoque encendidos debates e, incluso, críticas en torno a alguna modalidad o forma de caza. Diferentes puntos de vista que muchas veces se convierten en furibundos ataques cuando estas ideas se expresan a través de las deshumanizadas redes sociales. De esta forma, golpeamos insistentemente la pantalla de nuestro teléfono móvil o nos dejamos la bilis en el teclado del ordenador para demostrar que nuestro punto de vista es el que debe prevalecer. Que nuestra forma de entender la caza es la correcta. Y no nos tiembla el pulso. Damos como españoles, a goyescos garrotazos.

Ya sea caza mayor o menor, nunca falta una excusa para el fuego amigo. Y esto sucede, en mi opinión, porque a menudo confundimos la ética con la moral. Aunque ambas tratan de discernir lo que está bien de lo que está mal, la primera se adquiere por reflexión mientras que la segunda suele ser por imposición. La ética se basa en los principios que guían el comportamiento del individuo, la moral en las costumbres de un grupo que establecen qué es correcto y qué es incorrecto. En la ética, los principios son abstractos y se pueden adaptar a las diferentes realidades que se presentan. En la moral, son concretos e inamovibles, fruto de la ideología. La eterna de batalla entre la razón y el sentimiento.

«Disparar a un corzo a 300 metros con un rifle y una óptica precisas puede ser escrupulosamente ético mientras que tirarle a 40 con una vieja paralela no»

Por eso, desde el prisma de la ética, nadie puede establecer la distancia a la que deja de ser correcto apretar el gatillo, o el momento en el que los desarrollos tecnológicos comienzan a estar proscritos. Todo depende de cada caso concreto. En cambio, si hablamos de moralidad, sí.

Disparar a larga distancia para abatir un animal puede respetar escrupulosamente la ética cinegética si el que empuña el arma ha entrenado, conoce su equipo tanto como para saber dónde y con qué energía va a impactar la bala, selecciona el ejemplar adecuado y, lo más importante, es capaz de dar una muerte instantánea e indolora al animal. En cambio, los principios de muchos moralistas nunca aprobarán esto. De esta forma, disparar a un corzo a 300 metros con un rifle y una óptica precisas puede ser escrupulosamente ético mientras que tirarle a 40 con una vieja paralela no. Curiosamente, el primer supuesto no sería aprobado por la moral conservadora, mientras que el segundo, muy posiblemente, sí.

Esto no significa que todo empleo de ventajas tecnológicas sea ético, ni mucho menos. Precisamente una de las virtudes de la ética frente a la moral es su capacidad de analizar cada caso. Mientras la moral sirve café para todos, la ética va a la carta.

«Los límites de la caza solo los puede poner cada uno, a través de esa ética reflexiva, en cada momento»

La caza es una actividad pasional. Y como la mayor parte de las cosas que hacemos pasionalmente, es también un ejercicio de intimidad. Por eso, los límites de la caza solo los puede poner cada uno, a través de esa ética reflexiva, en cada momento. En ese ejercicio de libertad que nunca nos debe faltar, cada uno sabe qué decisión debe tomar y hasta dónde quiere llegar.

En Jara y Sedal publicamos mucho contenido cada día. Y somos conscientes del peligro de los moralismos. Un artículo explicando cómo cortar correctamente una carpa para consumirla puede suponer un aluvión de mensajes de amantes del carpfishing, partidarios del ‘captura y suelta’, descontentos por fomentar la muerte del pez. Un bodegón de una liebre cazada con una vieja paralela levanta las iras de aquellos galgueros para los que solo hay una forma de avasallar a una rabona.

Un cochino muerto con el auxilio de la visión térmica es, para muchos, poco menos que herejía. Por eso basamos nuestro contenido en lo que entendemos es ético y correcto, que generalmente suele coincidir con el respeto por la pieza. Nuestra percepción puede estar perfectamente equivocada, pero jamás tratamos de imponer una superioridad moral al resto.

Nuestras decisiones se basan en la razón, no en la ideología. Y tampoco renunciamos a la época en la que nos ha tocado vivir, repleta de herramientas que nos hacen mucho más eficientes a la hora de dar una muerte rápida al animal que después nos va a alimentar.

Por tanto, la ética cinegética no es una bandera en la fachada, es una forma de entender y afrontar una realidad llena de grises que a menudo choca con el blanco y negro de la moral.

       
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