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¿No tienen derechos las ratas de alcantarilla? Las paradojas del animalismo divino

@ Shutterstock

José Manuel Errasti Pérez, Universidad de Oviedo

En las siguientes líneas se plantea al lector la posibilidad de que el concepto de “animal” que se maneja dentro de lo que vagamente podríamos llamar hoy en día “animalismo” esté construido más a escala numinoso-religiosa que a escala estrictamente zoológica.

No es el animalismo un movimiento social claro ni distinto. Posee una dimensión académica cuyo inicio suele colocarse en “Animals’ Rights: Considered in Relation to Social Progress” de Henry Stephens Salt (1894), y llega hasta textos actuales del profesor Jeff McMahan, en donde se propone la extinción de todas las especies carnívoras para alcanzar así un planeta sin sufrimiento.

En cualquier caso, el animalismo al que nos referiremos tiene más que ver con sus manifestaciones populares, con figuras emocionales-psicológicas que ya están extendidas entre la ciudadanía de los países ricos: simpatizantes de partidos pro derechos de los animales, practicantes de dietas veganas, antiespecistas que proponen una misma consideración ética hacia todos los seres sintientes, al margen de su especie animal… En definitiva, posturas que pretenden ir un paso más allá del buen trato hacia los animales que nadie pone en cuestión.

El mito de la naturaleza

Para la defensa de esta tesis se hace necesario exponer brevemente el mito de la naturaleza como una de las artimañas ideológicas identificativas de la vida en la ciudad moderna.

Una vez vencido el mundo salvaje -al menos en buena parte: no morimos devorados por depredadores, no pasamos frío en invierno, la mayoría de las enfermedades infecciosas tienen tratamiento, tenemos luz por la noche…-, el burgués insatisfecho inventa una nueva idea de naturaleza como un ámbito de pureza, calma, salud y armonía del cual ha sido expulsado, en la enésima reedición del mito del paraíso perdido que se hace en Occidente.

Este anhelo por esa esencia es vivido bajo la figura emocional de la nostalgia, a pesar de que jamás existió, y el ciudadano suspira añorando una autenticidad que un día se fue (del verbo “ser”) y se fue (del verbo “irse”).

Pero esta naturaleza es, obviamente, una impostura. La jungla, los polos, la selva, el desierto, las cumbres, los océanos, ¿pureza, calma, salud y armonía? La práctica totalidad de las frutas que comemos, de las verduras que ponemos en la ensalada, son productos técnicos humanos, resultado de miles de años de ingeniería genética rudimentaria, en donde ya se han vuelto irreconocibles los tubérculos, bayas o frutos silvestres de donde proceden. Y un componente central en esta naturaleza impostada desde la ciudad resultan ser justamente los animales.

La misma distancia que media entre las bayas verdes y duras que encontraron los conquistadores del siglo XVI en Mesoamérica y los tomates de los supermercados actuales media entre los mamíferos que se representaban en las cuevas del paleolítico y esos lobos bonsái que hoy llamamos “perros”.

En la ciudad, la relación de las personas con los animales cambia respecto de otras épocas históricas y, consecuentemente, el modelo básico de animal deja de ser la bestia o el bruto y pasa a ser la mascota. Los dibujos animados se ocuparán de lo demás. Quimeras genéticas, fruto de siglos de cruces que terminan produciendo variedades sin más funcionalidad que el capricho, en donde se han seleccionado la mansedumbre y otros rasgos que recuerdan superficialmente a la emocionalidad humana, se muestran como el paradigma de la auténtica naturaleza más pura. Sólo cuando se ha eliminado hasta el último vestigio de la vida salvaje se puede reconstruir mentalmente la naturaleza de una forma tan infiel a la realidad.

Los animales como númenes

Por más que el animalista declare estar movido por una solidaridad fraternal hacia seres que, en tanto que sintientes como él, son esencialmente semejantes, la figura emocional de esta reivindicación de los animales -de estos nuevos animales reentendidos desde la ciudad- está más cercana a la relación religiosa con los númenes que a una postura panespecista zoológicamente coherente.

El concepto de “numen” adquiere protagonismo en la teología del siglo XX a través de la obra de Rudolf Otto -fundamentalmente Lo santo (1917)- como el contenido primario de las religiones, pero es en El animal divino (1985) de Gustavo Bueno donde se ensaya de forma más potente una filosofía materialista de la religión en donde las relaciones hombre-animal son vistas como el germen de la experiencia numinosa y, por extensión, del hecho religioso. Los númenes son seres dotados de voluntad, una cierta racionalidad y comportamiento propio, que revientan la dicotomía clásica hombre/objeto, ya que obviamente no pertenecen a ninguna de esas dos categorías.

Dioses, extraterrestres, animales mitológicos, nacerían del peculiar trato que el ser humano ha mantenido con algunos animales a lo largo de su historia como especie. Considerarlos personas lleva a infinidad de situaciones simplemente ridículas. Considerarlos objetos es incompatible con su evidente actividad propositiva.

No son númenes por sí mismos: lo que les convierte en númenes son sus relaciones con nosotros y, por tanto, necesitarán estar dados a una cierta escala operativa humana, -no podrán ser númenes los insectos, los dinosaurios o los peces abisales-. Si en su análisis de las religiones Bueno concluía que los númenes son animales, en nuestro análisis del animalismo cabe concluir que los animales son númenes.

‘Del total del reino zoológico, los animalistas recortan una pequeña parte, fundamentalmente mascotas y animales de granja, aquéllos con los que los humanos mantenemos relaciones’.
Shutterstock / Eric Isselee

¿Qué hacemos con los insectos?

Y así, del total del reino zoológico, con sus millones y millones de especies animales, los animalistas recortan una pequeña parte -fundamentalmente mascotas y animales de granja, aquéllos con los que los humanos mantenemos relaciones- para constituir el nuevo concepto de “animales”, ahora elaborado mediante una reconstrucción más numinosa que biológica.

Por ejemplo, a pesar de que los insectos poseen sistemas nerviosos sofisticados, receptores del dolor, organizaciones sociales complejas, y, sobre todo, constituyen más del noventa por ciento de los animales del planeta, ninguna reivindicación animalista ha intentado proteger los derechos de estos seres sin duda alguna sintientes, -las diferencias respecto de las sensaciones humanas no restarán legitimidad a dichas sensaciones a los ojos de un antiespecista-. ¡En un reciente programa de radio explícitamente animalista se daban instrucciones para desparasitar a los perros!

Anatomía interna del insecto: 1: cerebro; 2: ganglio occipital; 3: cuerpo alado; 4: cuerpo faríngeo; 5: aorta; 6: ganglio estomacal; 7: buche; 8: ventrículo; 9: válvula cardíaca; 10: mesenterón; 11: hemocele; 12: ventrículo; 13: corazón; 14: ostiolo; 15: recto; 16: ano; 17: vagina; 18: ganglio frontal; 19: anillo periesofágico; 20: epifaringe; 21: faringe; 22: ganglio subesofágico; 23: esófago; 24: ganglio ventral; 25: válvula pilórica; 26: tubos de Malpighi; 27: proctodeo; 28: ovariola; 29: ovario; 30: espermateca.
Wikipedia Commons / Giancarlo Dessì, CC BY

Tampoco se conocen iniciativas para rescatar a las ratas de las condiciones de hacinamiento, inmundicia y enfermedad que sufren en el alcantarillado, por más que los roedores se encuentren evolutivamente más cercanos a los primates -y, por tanto, serán más parecidos sus sistemas nerviosos- que los cánidos.

Animales y humanos

Desde la superioridad moral con la que acostumbran a presentarse -lo cual también acerca sus planteamientos al tono habitual de las religiones-, y en sintonía con la candidez que caracteriza a nuestra sociedad, no ven al ser humano como un ser esencialmente político (Aristóteles), racional (Descartes) o lingüístico (Hayes), categorías que no pueden ser aplicadas a una gallina o un cangrejo, sino como un ser que se agota en su dimensión sintiente, condición que sí comparte con el resto de los númenes. Pero ésta es una consideración ideológica, más deudora de la publicidad y del individualismo sentimentalista e infantil propio del capitalismo actual que de una posición materialista y progresista en el análisis de la condición humana. Su raigambre puritana se demuestra en que no sufren por el dolor animal allá donde se dé por las causas que sean, sino únicamente por aquél infligido por el ser humano.

Animales y humanos son seres sintientes, pero éstos, además, son sujetos históricos y políticos, características que no comparten aquéllos; sólo en el marco de esta condición histórica y política tiene sentido hablar de derechos. Es nuestro carácter normativo y conflictivo lo que hace inevitable la aparición de la historia, la política y las leyes en las sociedades humanas. Los derechos no son entidades naturales que brotan de la propia existencia de los individuos que los disfrutan, sino acuerdos sociales siempre enclavados en marcos jurídicos.

La pretensión de incluir a los animales en estas lógicas humanas -por ejemplo, convirtiéndoles en titulares de derechos o describiendo su maltrato con el nombre de los delitos contra la integridad de los seres humanos (asesinato de los toros, violación de las vacas)- es el resultado de una candidez emocional que se alimenta del mito de la naturaleza recaído sobre una consideración numinosa de algunos animales. El animalismo, así, aparece ahora como un movimiento de textura religiosa. La ciudad moderna, como escenario del que se ha retirado la presencia real de la vida salvaje, es el lugar idóneo para que esta farsa tenga lugar.

José Manuel Errasti Pérez, Profesor titular de Psicología de la Personalidad, Universidad de Oviedo

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

       
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