La provincia de Ávila ha vuelto a dejar una de esas historias difíciles de olvidar para cualquier cazador. Lo que comenzó como un avistamiento fugaz semanas atrás terminó convirtiéndose en una jornada cargada de tensión, nervios y emoción, con el desenlace de un lance que su protagonista difícilmente borrará de la memoria. El protagonista es un corzo peluca, una anomalía tan rara como impactante y muy codiciada por los aficionados a la caza del pequeño cérvido.
El afortunado que tuvo ocasión de cazarlo, Alfredo González Sánchez, se puso en contacto con Jara y Sedal para relatar cómo vivió este episodio en un coto social de Santa María del Tiétar. Según explica, todo empezó con la aparición repentina de un gran corzo acompañado de dos hembras, un animal esquivo que desaparecía cada vez que intentaban acercarse. Aquella presencia constante, casi fantasmal, fue alimentando la expectación.
Días después, la oportunidad llegó casi sin aviso. En una parada previa al rececho, el destino puso al animal frente a ellos. «Como por arte de magia allí salió entre unas zarzas haciendo movimientos atípicos, enseguida nos percatamos de que algo le pasaba, un peluca le dije a mi compañero».
Un animal único y gravemente afectado
Como muchos cazadores saben, los corzos peluca son el resultado de una deficiencia de testosterona, causada en la mayoría de los casos por un traumatismo en los testículos, infección renal o casos de hermafroditismo. Esa ausencia de hormonas impide que las cuernas se osifiquen con normalidad, por lo que, en lugar de frenar su crecimiento, la borra o correa sigue desarrollándose, creando masas deformes que en algunos casos pueden llegar a impedir la visión del animal. Esta crece deformada, cubierta de borra o correa de forma permanente, generando masas irregulares que en casos extremos pueden parecer otra cabeza.
Eso es exactamente lo que ocurría con este ejemplar abulense. La cuerna había crecido de forma descontrolada hasta el punto de afectar gravemente a su salud. «El corzo apenas podía ver por un ojo ya que le tapaba casi por completo la peluca y el otro lo tenía totalmente cerrado», relata Alfredo. El animal, además, estaba visiblemente debilitado y presentaba una situación crítica: «Estaba algo delgado y presentaba muchísimos gusanos».
Lejos de tratarse solo de un trofeo singular, el abatimiento del animal evitó un sufrimiento evidente. Este tipo de casos suelen estar asociados a lesiones en los testículos o alteraciones hormonales severas, lo que provoca un crecimiento continuo y patológico de la cuerna.
Un lance rápido y un rastreo muy especial
El momento del disparo llegó cargado de tensión. «A toda prisa y con temblores de ver lo que teníamos delante encaré y sin pensarlo disparé», recuerda el cazador. El impacto del proyectil fue efectivo, pero el corzo logró internarse en la vegetación. Ahí entró en juego otra de las claves de esta historia: los perros de rastro. Alfredo no es un aficionado cualquiera en este sentido. Lleva más de dos décadas criando teckel con el afijo de la Gongosadeca.
«Llevo con mis teckel la friolera de 22 años seleccionando ejemplares para rastro y cuando inviertes tanto tiempo y ves cómo perros tuyos consiguen grandes cobros es algo muy especial», asegura aún emocionado Alfredo. El deseo de disfrutar de uno de esos cobros para enmarcar se cumplió en uno de los momentos más intensos de la jornada. «Fue un momento mágico escuchar marcar a un perro tuyo un corzo peluca», recuerda.
El rastro condujo finalmente hasta el animal, cerrando así un lance que combinó experiencia, nervios y una dosis de fortuna.
Un trofeo irrepetible que quedará para siempre
El corzo, de entre 4 y 5 años según ha revelado el desgaste de la dentadura, ha sido trasladado a Taxidermia Galán, donde ya trabajan en su preparación. El proceso, según adelanta el propio cazador, está revelando aún más detalles sorprendentes. Entre ellos, un orificio en el cráneo que podría explicar la proliferación de gusanos y el deterioro del animal. Un hallazgo que añade todavía más singularidad a una pieza ya de por sí excepcional.
Este tipo de ejemplares son extremadamente raros en el campo. Su aspecto, a medio camino entre lo fascinante y lo inquietante, los convierte en piezas únicas, pero también en animales que suelen arrastrar graves problemas de salud. Para Alfredo, más allá del trofeo, queda la experiencia. Una de esas jornadas que justifican años de esfuerzo y dedicación. Una historia que, como tantas en el monte, mezcla azar, conocimiento y emoción en estado puro.
