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Cazan en Burgos uno de los corzos más grandes de la temporada: un monstruo de monte de 12 puntas

Alejandro Lopez-Gasco con el gran corzo de 12 puntas. © A. L.

Todo empezó a mediados de febrero, durante una batida en un coto de la provincia de Burgos. Aquel día, un perrero con experiencia y una pared de trofeos considerable lanzó una afirmación que lo cambió todo: acababa de ver «seguramente el corzo más grande» de su vida. Aquella frase bastó para que el equipo de Buckdown Expedition encabezado por Alejandro Lopez-Gasco decidiera volcar todos sus esfuerzos en localizarlo.

Un animal imposible de interpretar

Durante semanas, el corzo fue poco más que una silueta fugaz. La primera observación clara llegó en la primera semana de marzo, aunque sin permitir una valoración precisa. No fue hasta alrededor del 10 de marzo cuando pudieron verlo con algo más de detalle, ya prácticamente limpio de terciopelo. Aun así, su comportamiento —limpiando la cuerna entre la vegetación— y la cantidad de restos vegetales acumulados sobre ella impedían entender realmente qué tipo de trofeo tenían delante.

El corzo contaba con una cuerna muy llamativa. © A. L.

El desconcierto era total. Incluso cuando lograron observarlo de perfil, con una roseta especialmente llamativa, el animal seguía sin revelar su verdadera dimensión. Fue entonces cuando empezó a conocerse como «el francesito», por una especie de cresta que recordaba a la de un gallo. Pero aquella denominación tampoco hacía justicia a lo que realmente era.

Tres semanas de vigilancia constante

La situación se complicaba por su proximidad al límite con el terreno vecino. El temor a que alguien más lo viera y se adelantara obligó a tomar medidas extremas. Durante tres semanas, el equipo organizó turnos constantes de vigilancia. Hubo personas durmiendo en el monte, controlando día y noche que el corzo no abandonara el coto y que nadie accediera a cazarlo.

El animal recién abatido. © A. L.

A pesar del seguimiento continuo, el animal seguía siendo un enigma. Las imágenes y observaciones no terminaban de encajar: puntas que parecían de un cuerno resultaban ser del otro, perfiles que confundían más de lo que aclaraban. No era solo difícil de valorar, era prácticamente imposible de interpretar.

El rececho y el comportamiento del corzo

Finalmente, el corzo fue adjudicado a un cazador apasionado y coleccionista. La intención inicial era cazarlo junto a su hijo, pero las circunstancias hicieron que solo acudiera el segundo el día 1 de abril. Aquella misma tarde tuvieron el primer encuentro, organizados en un dispositivo en el que tres observadores cubrían distintas posiciones con los prismáticos preparados mientras el cuarto avanzaba al rececho.

Alejandro junto al gran corzo. © A. L.

El corzo apareció desde una zona de coscojas cargadas de bellota, cruzó unas siembras y se internó en un monte más limpio donde podía seguirse su movimiento entre la vegetación. Aquel primer día el animal supo escapar pero al día siguiente, repitió el mismo patrón.

Esta vez, el cazador y su guía lograron acercarse hasta unos 20 o 30 metros. Sin embargo, el terreno —salpicado de sabinas y coscojas— dificultaba cualquier oportunidad clara de disparo. El comportamiento del corzo tampoco ayudaba: se mostraba extremadamente activo, moviéndose con tensión, como si estuviera patrullando su territorio en busca de un rival o de una hembra. No reaccionaba a la presencia humana, pero sí mostraba una actitud agresiva propia de un animal dominante. Las marcas en el cuello evidenciaban peleas recientes.

El momento de la verdad: un «corzopulpo»

El desenlace llegó entre el monte cerrado, cuando finalmente pudieron abatirlo a corta distancia. Fue entonces, al tenerlo en las manos, cuando comprendieron la verdadera magnitud del animal.

El animal contaba con una peculiar cuerna. © A. L.

Nada de lo que habían visto antes servía para describirlo. La cuerna era completamente distinta a lo que habían imaginado: doce puntas que emergían en todas direcciones, imposibles de interpretar en vida. Aquel corzo dejó de ser «el francesito» o «el gallo» para convertirse en el «corzopulpo».

El disparo se realizó con un rifle Proof Ascension en calibre 6,5 PRC, equipado con visor Nightforce. Pero más allá del equipo, lo que quedó fue la certeza de haber abatido un animal único, cuya complejidad había desconcertado hasta el último momento a quienes lo siguieron durante semanas.

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