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Mientras los ecologistas estrenan camisetas para apoyar a la fauna, los cazadores llevan al campo toneladas de agua y comida

Un guarda rellena un bebedero de un coto de caza y la noticia de la campaña de SEO/Birdlife. © Israel Hernández y Google

En los últimos días, SEO/BirdLife ha anunciado el lanzamiento de una camiseta solidaria para apoyar la conservación del jilguero europeo, designado Ave del Año 2026. La iniciativa busca concienciar y recaudar fondos, pero coincide con un momento clave en el campo español: la llegada del calor, cuando miles de cazadores ya están trabajando para garantizar la supervivencia de esta y otras especies.

La organización ecologista ha puesto a la venta un pack con camiseta, bolsa y pegatina con un diseño exclusivo, seleccionado entre cientos de propuestas presentadas a su concurso anual. El objetivo es dar visibilidad a la situación del jilguero y promover su conservación a través de la difusión y el apoyo ciudadano.

Noticia publicada por SEO/Birdlife publicitando que estrenan camiseta para apoyar al jilguero europeo. © Google

Sin embargo, lejos de campañas y productos promocionales, en el medio rural la realidad es otra. Desde hace semanas, sociedades de cazadores de toda España han comenzado a activar sus sistemas de apoyo a la fauna, en una labor constante y silenciosa que se repite cada año.

El trabajo silencioso en el campo

Ya avanzada la primavera y la inminente llegada del verano, miles de cotos en España ponen en marcha los bebederos que mantienen, al menos, durante los meses más calurosos del año. Instalaciones que ellos mismos financian y que resultan vitales cuando las temperaturas suben y el agua escasea.

No se trata solo de abrir un grifo. En muchos casos, los cazadores transportan agua en cubas, reparan depósitos dañados y revisan diariamente los puntos de suministro. Todo ello para que especies como el jilguero, pero también otras aves y mamíferos, puedan beber y sobrevivir en los meses más duros.

A esta labor se suma la alimentación suplementaria. En numerosas zonas, especialmente donde la sequía aprieta, se aportan piensos y grano para garantizar que la fauna disponga de recursos suficientes. Una gestión que beneficia tanto a especies cinegéticas como protegidas.

Dos linces beben en un punto de agua. © Shutterstock

Una inversión que supera a otros colectivos

Este esfuerzo no es anecdótico. Según el informe elaborado por la Fundación Artemisan junto a Deloitte, los cazadores invierten cada año 320 millones de euros en conservación del medio ambiente, una cifra que los sitúa como el principal colectivo inversor privado en este ámbito.

De esa cantidad, 289 millones se destinan directamente a actuaciones sobre el terreno, como siembras, creación de puntos de agua o mejora de hábitats. Otros 31 millones se invierten en programas específicos de conservación de especies.

Los datos desmontan muchos de los discursos habituales. Mientras algunas organizaciones centran su acción en campañas de sensibilización, el sector cinegético mantiene una gestión directa y constante del territorio, con implicación económica y personal. Y lo más importante: poniendo en la mayoría de las ocasiones el dinero de su bolsillo.

Cuando el calor aprieta, la diferencia es el agua

El ejemplo más claro se repite cada verano. Cuando las olas de calor secan arroyos y fuentes naturales, los cazadores se movilizan para llevar millones de litros de agua al campo. Una labor que en 2023 supuso una inversión de 27 millones de euros solo en puntos de agua.

Esta acción no distingue especies. En los bebederos instalados por los cazadores beben desde perdices y conejos hasta aves protegidas o mamíferos como el zorro o el erizo. El agua se convierte en un recurso transversal que sostiene la biodiversidad en momentos críticos.

Dos tórtolas se refrescan en un bebedero instalado por cazadores. © FAC

Mientras tanto, iniciativas como la camiseta del jilguero cumplen una función divulgativa, pero contrastan con una realidad mucho más tangible: la de miles de personas que, sin campañas y con una escasa visibilidad, trabajan cada día para que la fauna no muera de sed o de hambre.

El debate, una vez más, se traslada al terreno de los hechos, no a un despacho. Y ahí, en el campo, la conservación tiene nombre propio: los cazadores.

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