La historia de José Jiménez Guisado, Pepe para sus amigos, parece escrita para cerrar uno de los capítulos del libro que lo acompañó durante tantas tardes en el monte. Este joven cazador de 26 años comenzó a cebar un apartado rincón de Peñascosa (Albacete) el pasado 8 de mayo. Lo eligió casi al azar durante una salida en bicicleta, sin imaginar que allí comenzaría una aventura de dos meses y medio.
Pepe, seguidor de Jara y Sedal, había crecido rodeado del ambiente cinegético de su pueblo. Desde los nueve o diez años acompañaba a las rehalas y recorría el monte atraído por una afición que no tardaría en apoderarse de él. Sin embargo, hasta ahora había practicado principalmente la montería y nunca había abatido un jabalí con una boca destacable.
Este año, mientras pasaba el verano en Peñascosa junto a su pareja, decidió dedicar más tiempo a las esperas y pronto descubrió que por aquel puesto se movía un viejo jabalí de extraordinaria astucia.
Un libro para acompañar las largas tardes de espera
Durante las semanas siguientes, el joven estudió los movimientos del animal. Algunos días aparecía a la una de la mañana; otros, a las cuatro o las cinco. Pepe tuvo que conocer sus horarios, interpretar cada entrada y aprender a permanecer inmóvil durante unas jornadas que, en ocasiones, se prolongaban durante cinco o seis horas.
En total, ocupó el puesto durante 17 noches. Para hacer más llevaderas las horas previas a la oscuridad se llevaba La espera del gran solitario, la novela de Isidro García en la que Nemesio, un veterano cazador, persigue a un astuto jabalí que ronda la sierra. «Iba leyendo hasta que caía el sol y estaba súper entretenido. La verdad que me sentía muy reflejado con Nemesio, que es el protagonista del libro», explica a Jara y Sedal. La coincidencia resultaba cada vez más evidente: tanto el personaje de ficción como el joven albaceteño aguardaban la aparición de su particular gran solitario.
Pero aquel jabalí real tampoco estaba dispuesto a facilitarle las cosas. En una ocasión se aproximó hasta quedarse a apenas cinco metros del cazador, pero no le ofreció una oportunidad segura. Otras noches detectaba su presencia, rodeaba el cebadero o se marchaba después de tomarle el aire.
Veinticinco minutos de máxima tensión
Durante las últimas semanas, el cochino comenzó a acudir algo más temprano. La oportunidad definitiva llegó la noche del 13 de julio, alrededor de las 22:15 horas, después de más de dos meses de seguimiento. El animal volvió a demostrar una cautela extraordinaria. En lugar de dirigirse directamente a la comida, permaneció oculto entre la vegetación, rodeó el bidón y llegó a acercarse a unos diez metros del puesto antes de retroceder. Durante cerca de 20 o 25 minutos, entró y salió de las matas tratando de descubrir cualquier peligro.
«En vez de entrar a comer, lo que hacía era que se quedaba a un metro del comedero escondido en las matas», recuerda Pepe. Finalmente, el jabalí ganó confianza y comenzó a mover las piedras que ocultaban el alimento. Al principio se colocó de espaldas, pero terminó ofreciendo el costado y el cazador pudo efectuar el disparo.
Pepe utilizó el rifle de su amigo Rubén, quien también le había prestado parte de su equipo y le había regalado el bidón empleado como comedero. «Gran parte del gorrino es de mi amigo Rubén. Si no es por él, la verdad que no lo hubiese cazado», reconoce agradecido.
Una búsqueda sin sangre y un último presentimiento
Convencido de haber acertado, Pepe regresó a casa, aunque fue incapaz de dormir. Con las primeras luces volvió al monte para buscar al jabalí. No encontró sangre ni otros indicios claros y recorrió durante aproximadamente una hora las camas cercanas sin localizarlo.
La decepción comenzó a apoderarse de él. Recogió todos sus enseres y se dispuso a abandonar el lugar, pero antes de marcharse decidió revisar por última vez la zona posterior del bidón. Sabía que el jabalí se había encamado allí en ocasiones anteriores. Apenas diez metros más allá encontró al gran macho. «La verdad es que se me saltaron las lágrimas, tenía los pelos de punta», admite. Era el primer jabalí con una boca destacable que abatía y el final de casi una obsesión que le había exigido paciencia, constancia y muchas horas de soledad.
El joven colocó al animal para fotografiarlo junto al mismo libro que había leído durante las esperas. Después permaneció varios minutos sentado a su lado, contemplándolo y acariciando su lomo. «Madre mía, lo que me has costado, lo que me has costado, dos meses y medio detrás de ti, que no querías entrar», recuerda que le dijo.
La lección que le dejó su gran solitario
Más allá del trofeo, Pepe asegura que esta experiencia le ha enseñado a esperar. Se define como una persona nerviosa e impaciente que, durante sus primeras noches, apenas soportaba tres o cuatro horas sentado. La persecución de este animal lo llevó a permanecer hasta seis horas en silencio, observando y aceptando que no siempre era posible disparar.
«Me llevo un aprendizaje de la paciencia, de que en la vida todo se consigue a base de paciencia, de empeño, de ir día tras día a buscarlo», reflexiona. También agradece la comprensión de su pareja, que durante semanas soportó sus desvelos, frustraciones y conversaciones constantes sobre el jabalí.
Las imágenes tomadas aquella mañana cierran una historia donde la realidad terminó pareciéndose a la ficción: un joven cazador, un libro abierto en el puesto y un viejo cochino que se resistió durante 17 largas noches. Pepe reconoce que podrá abatir en el futuro ejemplares mayores, pero duda que alguno llegue a ocupar el mismo lugar en su memoria.
