La primavera ha transformado por completo el paisaje agrícola del noroeste peninsular. Tras varios días consecutivos de lluvia, los campos situados entre Zamora y León muestran una imagen muy distinta a la de semanas atrás: cultivos altos, lindes cubiertas de vegetación y una explosión de verde que ofrece alimento y refugio a los corzos (Capreolus capreolus) en prácticamente cualquier rincón del terreno. Ese escenario, tan atractivo para la fauna como exigente para el cazador, es el punto de partida del nuevo episodio de Tierra de corzos, la serie de Cazaflix dedicada a una de las especies más emblemáticas y seguidas de la caza española.
En esta ocasión, el capítulo se desplaza hasta la comarca de Benavente para acompañar a Carlos Vignau, redactor de Jara y Sedal y director de contenidos de Cazaflix, durante una jornada de rececho junto a Alejandro López-Gasco, guía profesional y responsable de Buckdown Expeditions. La elección del terreno no es casual. Esta zona, situada entre las provincias de Zamora y León, combina amplias superficies agrícolas, abundancia de alimento y una elevada densidad de corzos, pero también plantea una dificultad añadida en plena primavera: los animales encuentran tanta cobertura en los cultivos que localizarlos se convierte en un ejercicio constante de paciencia, observación y conocimiento del campo.
El episodio no busca únicamente mostrar un lance de caza. Desde los primeros minutos, la producción introduce al espectador en una forma de entender el rececho en la que pesan tanto la lectura del terreno como la conversación entre cazador y guía. La hierba alta obliga a mirar despacio, a detenerse en cada movimiento y a interpretar detalles que a simple vista pasarían desapercibidos. En ese contexto, la experiencia de Alejandro resulta determinante para entender por dónde se mueven los animales, qué zonas pueden ofrecer una oportunidad y qué ejemplares encajan realmente dentro de una gestión responsable del coto.
Una jornada condicionada por la vegetación
Las lluvias de los días previos han dejado el campo en unas condiciones tan buenas para la fauna como complicadas para la caza. A diferencia de otros recechos en los que el reto principal consiste en acercarse al animal sin ser detectado, aquí el primer problema es mucho más elemental: encontrarlo. Los corzos permanecen durante buena parte de la jornada ocultos entre los cultivos, aprovechan cualquier depresión del terreno para desaparecer y obligan a los cazadores a revisar con calma cada linde, cada claro y cada mancha de vegetación.
Durante la jornada, Carlos y Alejandro recorren una zona con abundante alimento y refugio, dos factores que explican la buena presencia de corzos en el territorio. Sin embargo, esa misma riqueza vegetal dificulta enormemente las observaciones y convierte cada avistamiento en una oportunidad que debe analizarse con cuidado. No se trata solo de ver un macho, sino de valorar su edad, su estado, sus características y su conveniencia desde el punto de vista de la gestión cinegética.
Tras varias horas de búsqueda aparece finalmente un macho acompañado por dos hembras. La escena obliga a detenerse, observar y decidir sin prisas. Alejandro analiza la cuerna y determinados rasgos morfológicos del animal antes de considerar que se trata de un ejemplar adecuado para una actuación de gestión dentro del coto. Esa decisión, explicada durante el capítulo, permite mostrar una parte fundamental del rececho que muchas veces queda fuera del foco: la selección del animal no responde solo al tamaño del trofeo, sino a criterios técnicos vinculados al equilibrio de la población.
Con el viento a favor y después de una aproximación medida, Carlos Vignau realiza el disparo con un Sauer 505 Iconic en calibre .308 Winchester. El impacto resulta efectivo y el corzo cae pocos metros después entre la hierba alta. La secuencia está resuelta con sobriedad, sin convertir el lance en el único centro del capítulo, porque el documental mantiene en todo momento una idea de fondo: la caza empieza mucho antes del disparo y continúa después con el análisis del animal, el aprovechamiento de la carne y la reflexión sobre lo vivido en el campo.
Más allá de la medalla y la foto
Uno de los aspectos más interesantes del episodio es la reflexión que el propio Carlos plantea sobre la forma en que muchos cazadores afrontan hoy la temporada del corzo. Las redes sociales, las mediciones, las homologaciones y la búsqueda de reconocimiento han ganado un peso enorme en torno a esta modalidad, hasta el punto de que en ocasiones parecen desplazar lo esencial: disfrutar del campo, aprender del territorio y entender cada salida como una experiencia que no puede reducirse a una puntuación.
Tanto Carlos como Alejandro defienden durante el capítulo una visión más reposada y auténtica de la caza del corzo. La conversación entre ambos sirve para recordar que no todos los recechos tienen que terminar en un gran trofeo, ni todas las jornadas deben medirse por una medalla. Hay animales cuya caza tiene sentido desde la gestión, días en los que el verdadero valor está en lo aprendido y lances que ayudan a comprender mejor el comportamiento de una especie cada vez más abundante en muchas zonas de España.
El análisis posterior del ejemplar abatido refuerza ese mensaje. Lejos de presentar el corzo como una simple pieza cobrada, el capítulo explica por qué ese animal concreto encajaba dentro de la gestión del coto y cómo este tipo de decisiones contribuyen a mantener poblaciones equilibradas. En un momento en el que la caza se juzga muchas veces desde fuera con enorme desconocimiento, este enfoque ayuda a mostrar una realidad que los cazadores conocen bien: gestionar también implica seleccionar, observar y tomar decisiones responsables sobre el terreno.
La producción acierta al alejarse del tono triunfalista y al colocar el foco en una caza vivida con naturalidad. El rececho aparece como una modalidad silenciosa, exigente y profundamente ligada al conocimiento del paisaje. Cada espera, cada aproximación y cada conversación forman parte de una experiencia en la que el disparo es solo una parte del conjunto, no el principio ni el final de la historia.
La caza como parte viva del mundo rural
La parte final del episodio amplía la mirada y conecta la jornada de caza con una realidad que afecta a numerosos municipios del interior peninsular: la despoblación rural. Las imágenes de pequeños pueblos, campos agrícolas y amplios paisajes abiertos sirven para recordar que la actividad cinegética no se desarrolla en un vacío, sino en territorios donde cada visitante, cada alojamiento ocupado y cada comida en un restaurante local tiene un impacto real sobre la economía de la zona.
La llegada de cazadores durante la temporada genera movimiento en comarcas que muchas veces sufren la falta de oportunidades y la pérdida progresiva de población. Guías, casas rurales, bares, gasolineras, carnicerías y pequeños negocios encuentran en la caza una fuente de actividad que ayuda a mantener vivo el tejido económico local. El episodio no lo plantea como un discurso añadido, sino como una consecuencia natural de lo que se ve en pantalla: detrás de cada jornada hay personas, pueblos y territorios que dependen en parte de que el campo siga teniendo usos y valor.
La jornada concluye con el aprovechamiento de la carne obtenida durante el rececho, una escena sencilla pero muy significativa. La caza no termina con el disparo ni con la fotografía. Continúa en el respeto por el animal, en el uso responsable de sus recursos y en la conexión con una forma de vida que entiende el campo como algo más que un paisaje para contemplar. En ese gesto final se resume buena parte del mensaje del capítulo: cazar también es aprovechar, compartir y mantener un vínculo real con el territorio.
