El estreno de ‘La caza sin filtros’ ha dejado una de esas declaraciones que rompen esquemas. En el episodio dedicado a la Sociedad de Cazadores Crestagallo, en Almargen (Málaga), Antonio Marín, vinculado al ámbito ecologista local, lanza una afirmación poco habitual en determinados discursos: «Si no existieran los cazadores muchas especies desaparecerían».
La frase no surge en un plató ni en un debate encendido, sino sobre el terreno, en un contexto muy concreto: el de un coto que llegó a quedarse sin perdiz roja y que hoy vuelve a ver bandos completos levantar el vuelo tras años de gestión adaptativa.
El documental, impulsado por Mutuasport y Cazaflix, centra su primer capítulo en el trabajo desarrollado desde 2019 en el marco del Proyecto RUFA, coordinado por la Fundación Artemisan. Lo que comenzó como una situación crítica —temporadas sin poder cazar por falta de perdices— acabó convirtiéndose en un laboratorio de buenas prácticas.
Cuando la gestión sustituye al enfrentamiento
En Almargen, la recuperación no se basó en sueltas masivas, sino en decisiones prácticas. La directiva de Crestagallo optó por suspender la caza de la perdiz cuando los conteos evidenciaron su desplome. Después, los cupos y jornadas se fijaron en función de censos rigurosos, garantizando siempre una base reproductora suficiente en el campo.
La mejora del hábitat fue el otro pilar. Márgenes multifuncionales sembrados con mezcla de especies, instalación de bebederos y comederos, refuerzo de puntos de agua y colaboración directa con agricultores marcaron un antes y un después en las 5.000 hectáreas que gestiona la sociedad.
En ese contexto se produce la reflexión de Marín. Lejos de plantear un discurso ideológico, el documental muestra cómo en torno al proyecto se ha generado una alianza poco habitual entre cazadores, agricultores, Ayuntamiento y colectivos ecologistas.
Más allá de la perdiz roja
Los resultados no se limitan a la Alectoris rufa. La implantación de márgenes y la gestión coordinada han favorecido también a otras aves esteparias y granívoras que encuentran refugio y alimento en los cultivos gestionados bajo criterios agroambientales.
El propio proyecto ha servido para abrir espacios de diálogo en un municipio que, además, ha defendido su territorio frente a iniciativas que amenazaban con transformar suelo agrícola en superficie industrial. La conservación aquí se entiende en un sentido amplio, ligado al mantenimiento del paisaje y de la actividad rural.
