«Todo el mundo fuera». Con esa orden urgente, pronunciada mientras señalaba hacia el monte, la alcaldesa de Santa Cruz de la Serós, Mari Fé Vinacua, pidió a los voluntarios que abandonaran la zona ante el avance del incendio de Las Peñas de Riglos. El fuego bajaba por Atarés y amenazaba con cerrar las vías de salida del municipio oscense.
«Están desalojando a todos los voluntarios de Santa Cruz de la Serós. El fuego está bajando por Atarés. Es una ratonera. Todo el mundo fuera», advirtió la regidora desde las inmediaciones del Hotel Aragón, convertido durante la emergencia en un punto improvisado de coordinación y acopio de materiales.
La escena, recogida en un vídeo difundido por Heraldo de Aragón, resume la angustia vivida por los habitantes de esta zona rural de Huesca. Tras varios días observando cómo las llamas avanzaban por la Sierra de San Juan de la Peña, el empeoramiento de la situación obligó a retirar también a quienes habían permanecido allí ayudando y vigilando el entorno. Las imágenes fueron publicadas por Heraldo de Aragón.
«Hemos pasado de ser un pueblo medieval a un pueblo de cenizas»
Visiblemente emocionada, Vinacua lamentó la situación en la que quedaba el municipio después del avance del incendio. «Con suerte, se van a quedar las casas, pero hemos pasado de ser un pueblo medieval construido por doña Sancha en el siglo X a un pueblo de cenizas», declaró al citado medio.
La alcaldesa expresó también su frustración por las limitaciones que, a su juicio, impiden actuar sobre el terreno antes de que llegue el fuego. «Si las políticas se hicieran en vez de desde una oficina de Zaragoza, Madrid o Bruselas… nos pidieran permiso y nos pidieran opinión a la gente que vivimos en los territorios seguramente esto no estaría pasando. Pero la vergüenza es que nos tienen que decir cómo vivir en nuestros territorios gente que no sabe ni tan siquiera dónde está», afirmó ante los vecinos concentrados en la zona.
No era la primera vez que la regidora reclamaba que la protección de los núcleos habitados recibiera la misma atención que el patrimonio monumental amenazado por las llamas. Días antes había advertido: «Sin pueblos y sin vecinos protegidos de poco sirven los monumentos».
Ganaderos y agricultores frente a las llamas
Mientras se ordenaba el desalojo, agricultores y ganaderos recorrían las carreteras y caminos con tractores y vehículos para colaborar allí donde fueran necesarios. Uno de los momentos más angustiosos se produjo cuando un rebaño de más de 400 ovejas tuvo que ser sacado de una nave ante el cambio de dirección del viento.
Máximo Bara, vecino de Santa Cilia de 84 años, observaba cómo su sobrino ponía a salvo los animales. «Esto no lo había visto nunca», aseguró. El veterano habitante recordaba otros incendios registrados en los alrededores de Alastuey y San Juan de la Peña, pero ninguno había alcanzado unas dimensiones semejantes.
Su diagnóstico coincidía con el de otros habitantes de la zona: la acumulación de vegetación había convertido el monte en un terreno extremadamente vulnerable. «Llueve mucho durante la primavera, pero llega el verano, se seca, y se convierte en dinamita. Se pone a arder y no hay quien lo pare», explicó.
@heraldodearagon 📢 “Están desalojando a todos los voluntarios de Santa Cruz de la Serós. El fuego está bajando por Atarés. Es una ratonera. Todo el mundo fuera”. ‼️ Así de contundente y de preocupada se ha mostrado la alcaldesa de Santa Cruz de la Serós, Mari Fé Vinacua, desde el Hotel Aragón, que está siendo utilizado como punto de organización por los propios voluntarios y vecinos desalojados que siguen en la zona vigilantes desde el pasado miércoles. 🗣️ Vinacua ha lamentado que “el pueblo está muy mal, se está quemando” y, a su juicio, “era de prever”. “Las leyes de Bruselas y Madrid generan impotencia”. 🔗 Puedes leer más en heraldo.es 🖋️ Daniel Cabodevilla
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El temor de que los pueblos no vuelvan a ser los mismos
La angustia se extendió también a Bernués, donde unas 70 personas recibieron en sus teléfonos móviles la orden de desalojo. Su alcalde, Daniel Grasa, aseguró que el fuego había alcanzado una pardina situada a alrededor de un kilómetro del casco urbano. «Nos dicen que son montes protegidos. No pueden entrar a pastar las vacas de mi hermano ni mis ovejas, pero luego se queman y no hay forma de apagarlos», lamentó. Para el regidor, el abandono de los usos tradicionales había dejado sin continuidad el trabajo realizado durante generaciones para cuidar el territorio.
El incendio de Las Peñas de Riglos llegó a movilizar alrededor de un millar de efectivos y entre 35 y 40 medios aéreos. El 16 de agosto se contabilizaban 19 núcleos evacuados y 1.046 personas afectadas por los desalojos, mientras la superficie quemada se estimaba provisionalmente en 16.600 hectáreas. El dispositivo contó también con refuerzos internacionales.
En medio de ese despliegue, la imagen de Mari Fé Vinacua pronunciando una orden tan breve como desesperada terminó poniendo voz al miedo de toda una comarca: abandonar el lugar para salvar la vida mientras las llamas devoraban el paisaje que sus vecinos habían conocido y cuidado durante generaciones.
