España atravesó en los últimos tiempos una situación especialmente delicada por la falta de precipitaciones. Con el campo mirando al cielo y los embalses bajo mínimos en muchas zonas, cualquier avance que ayudara a aprovechar mejor el agua se convirtió en una baza importante, sobre todo en el mundo rural y en la agricultura.
En ese contexto se conoció una propuesta tan llamativa como prometedora: el llamado agua en polvo, una tecnología que permitía almacenar la lluvia en el suelo y liberarla poco a poco según la planta lo necesitara.
No se trató de magia ni de ciencia ficción, sino de una solución basada en química aplicada y pensada para resistir justo donde más se sufre: en entornos de clima extremo y con riegos cada vez más complicados.
Una tecnología que transformó el agua en “sólida”
El responsable de este avance fue Sergio Jesús Rico Velasco, ingeniero mexicano del Instituto Politécnico Nacional, que descubrió una forma de retener el agua de lluvia y convertirla, de manera práctica, en un formato sólido.
Aquel “agua sólida” se presentó como un material biodegradable, no tóxico y con capacidad para conservarse durante años, lo que abría la puerta a mejorar el desarrollo de las cosechas incluso en periodos prolongados sin lluvias.
Según la información difundida, la aplicación de esta tecnología llegó a permitir una reducción de hasta un 90% del uso de agua en labores agrícolas, algo que, de confirmarse en explotaciones amplias, suponía un cambio enorme para cultivos dependientes del riego.
La base del invento fue un polímero biodegradable capaz de retener hasta 200 veces su peso en agua durante unas seis semanas. Se comercializó en forma de polvo, se hidrataba con lluvia y acababa convirtiéndose en un gel que almacenaba humedad durante alrededor de 40 días.
Así se usó el “agua en polvo” en el campo
El funcionamiento era relativamente sencillo: el polímero se enterraba en el suelo a la altura de la raíz y, cuando llovía, encapsulaba el agua y la mantenía retenida.
A partir de ahí, la planta iba tomando esa humedad en función de sus necesidades, sin depender de que volviera a llover o de que el agricultor pudiera regar con frecuencia. En la práctica, esto ayudaba a que la planta no sufriera tanto estrés hídrico y mantuviera un crecimiento más estable.
Cuando el gel se quedaba sin agua, el polímero regresaba a su estado inicial, preparado para repetir el proceso con la siguiente lluvia. Este ciclo podía mantenerse durante un periodo de entre ocho y diez años.
El propio Rico explicó que bastaban 25 kilos de producto por hectárea, con lo que se lograba ahorrar «el 80% de los costes de producción». Además, el invento también reducía gastos ligados a infraestructuras hidráulicas, ya que en muchos casos no hizo falta instalar sistemas de riego complejos para mantener el cultivo con vida.
