El paisaje agrario del interior de Sevilla está cambiando a una velocidad que pocos imaginaban hace solo una década. En municipios como Carmona, históricamente ligados al trigo, el girasol o las pipas, las tierras ya no se miden solo en cosechas, sino también en megavatios. El detonante ha sido una mezcla conocida: precios bajos en origen, costes al alza y una oportunidad económica difícil de rechazar.
El mismo sol que durante años castigó los secanos es ahora un aliado inesperado. Las plantas fotovoltaicas avanzan sobre parcelas donde antes se sembraba, y cada vez son más los propietarios que optan por alquilar sus fincas a empresas energéticas. El resultado es un campo distinto, tanto en lo visual como en lo económico.
No se trata de un fenómeno aislado ni anecdótico. La transición energética ha encontrado en el medio rural un terreno fértil, y muchos agricultores han visto en ella una tabla de salvación frente a la incertidumbre del mercado agrícola tradicional.
De la cosecha a la renta fija
Carmona se ha convertido en uno de los epicentros de este cambio. El propio alcalde reconocía en televisión que el municipio vive un auténtico boom solar, con 28 proyectos en tramitación sobre un término municipal que supera las 92.000 hectáreas agrícolas. Parte de ese suelo ya no produce grano, sino electricidad.
Uno de los testimonios que más ha llamado la atención es el de José Portillo, agricultor de toda la vida, que decidió dar el paso y firmar un contrato con una empresa fotovoltaica. Su explicación, en directo, fue tan sencilla como contundente: «Antes me llevaba 100 euros por hectárea durante la cosecha, ahora me pagan 1.900 euros».
El cambio no es solo una cifra sobre el papel. Portillo admitía que ese ingreso estable le ha permitido pensar por primera vez en algo más que sobrevivir campaña tras campaña. «Ese dinero me va a venir de maravilla para viajar y hacer cosas que nunca he podido», confesaba, sin esconder el alivio que supone dejar atrás años de cuentas ajustadas.
Un campo dividido
Sin embargo, no todos viven esta transformación con el mismo entusiasmo. En Carmona, como en otros pueblos agrícolas, la conversación se repite en bares y plazas. Hay quienes ven en las placas una oportunidad lógica y quienes sienten que se pierde algo más que tierra cultivable.
Un vecino resumía ese sentir en televisión al reconocer el impacto social del fenómeno: «Ha habido un revuelo grande porque de toda la vida la gente ha estado cultivando sus tierras y ahora te vienen dándote un dinero por estar…». Según explicaba, la superficie cultivada ya ha caído entre un 20 y un 30 %.
El debate va más allá del dinero. Para algunos, supone romper con una identidad ligada al trabajo de la tierra; para otros, es simplemente adaptarse para no desaparecer. Lo cierto es que el sol siempre ha marcado la vida en el campo andaluz. La diferencia es que ahora, además de quemar las espigas, paga facturas. Y en Carmona, guste o no, muchos asumen que este cambio ya es irreversible.
